Crónica de una traición anunciada a los asesinados por ETA

Mar 24, 2026

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(un cuento de muertos)

Los que no pueden votar

Hubo un tiempo en que en el País Vasco la muerte no llegaba con la vejez, sino con el ruido de un motor que se detenía, con una puerta que se abría a oscuras, con un disparo que primero era silencio y luego era un nombre en un periódico. Los que murieron así no eligieron su destino. No firmaron ningún pacto. No negociaron su propia sangre.

Ellos están bajo tierra, pero la tierra, como se sabe, tiene oídos largos.

Una noche de estas, mientras el viento ululaba entre las lápidas de un cementerio de España, un grupo de ellos decidió reunirse. No era fácil: algunos llevaban décadas descomponiéndose, otros apenas unos años, pero todos compartían algo peor que la muerte: compartían la certeza de que, en la Moncloa, los vivos estaban disponiendo de su memoria como si fuera un paquete de acciones en Bolsa.

—¿Oíste? —preguntó Miguel Ángel Blanco, ajustándose el nudo de una corbata que ya no necesitaba—. Parece que ahora resulta que lo de Ermua fue un exceso de entusiasmo juvenil. O algo así. Según el relato oficial, estamos en la era de la “convivencia”. La convivencia, dice, se construye hacia adelante.

—Hacia adelante —repitió Gregorio Ordóñez, con una mueca que en vida fue una sonrisa—. Qué curioso. A mí me dispararon por la espalda mientras miraba hacia adelante. Literalmente.

—No te quejes —intervino un hombre que había muerto en un atentado con coche bomba en Madrid, y cuyo nombre la prensa recuerda solo cuando necesita un titular equilibrado—. Nosotros estamos aquí. Ellos están ahí, algunos con sus condenas acumuladas por siglos, pero paseando, tomando el aperitivo, dando conferencias. Y encima ahora resultan ser pieza clave para que un presidente siga gobernando.

Los muertos se miraron. En sus ojos calcinados había algo más que tristeza: había un cansancio inmenso de ser utilizados.

—No es la primera vez —dijo una mujer, maestra asesinada en un pueblo de Guipúzcoa—. Cada vez que alguien necesita aprobar unos presupuestos, cada vez que hay que sumar escaños, nos desempolvan. “Las víctimas”, dicen. “Su memoria”, dicen. Y luego, por la puerta de atrás, firman con los mismos que nos mandaron aquí.

—Pero ahora es peor —añadió otro, un empresario al que extorsionaron antes de matarlo—. Ahora ni siquiera se esconden. Los mismos que llevan en su haber más de mil años de cárcel sumada, los que dirigían comandos, los que seleccionaban los objetivos, los que decidían qué niño iba a quedarse sin padre… esos mismos han sido elevados a la categoría de interlocutores válidos. No se les ha vencido en los tribunales hasta el final de sus días: se les ha indultado, se les ha acercado, se les ha disfrazado de “actores políticos”. Y al que lo señala, se le llama “facha”.

Un silencio pesado, como una losa mal colocada, cayó sobre el cementerio.

Los que aún respiran pero ya están muertos por dentro

Mientras tanto, en los bares de Bilbao, en las calles de San Sebastián, en los hogares de Vitoria y Pamplona donde aún hay una foto en la repisa con un crespón que no se quita nunca, los vivos —los familiares— miraban la televisión con una expresión que los muertos conocían bien: era la del que ya no espera nada.

Una de ellas, una madre que había perdido a su hijo en 1997, apagó el televisor con el mando a distancia. No dijo nada. Su hija, que ahora tenía la edad que tenía su hermano cuando lo mataron, sí dijo:

—Mamá, he oído que Sánchez ha vuelto a reunirse con los de Bildu. Que les ha llamado “socios preferentes”.

La madre cerró los ojos. Abrió la boca. No salió ningún sonido. Los años le habían enseñado que gritar no servía de nada. Los políticos nunca escuchan los gritos que vienen de la cocina; solo escuchan los que vienen del escaño de al lado cuando hay que formar mayoría.

—Hija —dijo al fin—, hay un tipo en la Moncloa que ha decidido que nuestra vida, tu hermano, tus primos que no nacieron porque yo ya no pude criar a nadie más, todo eso vale menos que su sillón. Y lo peor no es que lo haga. Lo peor es que lo hace con una sonrisa cínica. Con una pose chulesca de estadista del tres al cuarto. Con las manos extendidas mientras los suyos, los nuestros, los que todavía tenemos que ir al cementerio cada domingo, nos convertimos en un estorbo para la “narrativa”.

La hija, que había crecido entre el silencio de los que callan por no molestar, sintió que algo se rompía dentro de ella. No era odio. Era una lucidez helada.

—Entonces, ¿Txapote? —preguntó.

—Txapote, Txeroki, Anboto —recitó la madre, como quien enumera los ángeles caídos—. Más de mil años de cárcel los tres juntos. Y sin embargo, ahora son moneda de cambio. Su voto vale más que la sangre de tu hermano. Porque en esta democracia, hijo mío, todo tiene precio. Y nosotros, los que no matamos a nadie, los que solo pedimos justicia, somos los que salimos perdiendo.

La madre no lloró. Llevaba tanto tiempo sin llorar que ya no le quedaban lágrimas. Solo le quedaban palabras, y las escupió con la precisión de quien apunta a un blanco:

—Pedro Sánchez es el ser más canalla, felón, hipócrita, ruin, amoral, miserable e inmundo que ha conocido la historia. No lo digo yo. Lo dicen los muertos. Y ellos no pueden votar, pero sí pueden maldecir.

El día que los muertos levantaron acta

El cuento, como todos los cuentos que se precian, necesita un momento de giro. Aquí el giro ocurrió cuando los muertos, hartos de escuchar la palabra “convivencia” sin que nadie les preguntara qué pensaban de ella, decidieron hacer algo inédito: convocaron una asamblea.

No fue fácil. Los muertos no tienen whatsapp ni pueden alquilar un salón de actos. Pero el dolor, cuando es compartido, encuentra sus propios conductos. Así que aquella madrugada, mientras los vivos dormían (los que podían dormir, claro), el cementerio se llenó de voces que llevaban años en silencio.

—Orden del día —anunció un muerto que en vida fue concejal del PP en un pueblo donde la izquierda abertzale lo señaló con el dedo—: “Análisis del pacto con los verdugos. Posibles medidas. Definición de la figura del presidente del Gobierno.”

—Eso último es fácil —interrumpió otro, un guardia civil cuyo coche bomba había saltado por los aires en un cuartel—. La definición es: hombre que ha prostituido la palabra “memoria” para justificar que los terroristas salgan antes de tiempo, que los etarras condenados por decenas de asesinatos se conviertan en socios preferentes, y que las víctimas pasen a ser un departamento de Relaciones Públicas que se cita solo cuando toca foto.

—Eso no es una definición —dijo un tercero, con cierto tono académico—. Eso es una acusación.

—Y bien fundada —respondió el guardia civil.

Se hizo un silencio. Entonces, desde el fondo, una voz que nadie había escuchado antes se elevó. Era la voz de un niño, asesinado con doce años en un atentado que su familia aún no ha podido procesar del todo.

—Yo no entiendo de política —dijo el niño—. Solo sé que mis padres van al cementerio todos los meses y me cuentan que hay señores que mataron a mucha gente y ahora están en la tele, y que el señor que manda en España les da la mano. Mi madre dice que eso no es justo. ¿Por qué no es justo?

Ningún adulto muerto supo responderle. Porque la respuesta era demasiado horrible: no es justo porque la justicia, en este país, se negocia. Porque los muertos no votan. Porque la dignidad de unos se sacrifica en el altar de la gobernabilidad. Porque Pedro Sánchez el Fraude, con su sonrisa de Joker, ha logrado lo que parecía imposible: que los terroristas sientan que la historia les sonríe, y las víctimas sientan que la historia las ha borrado.

El voto de los que ya no están

Al final de la asamblea, los muertos hicieron algo que en la superficie parecería absurdo: votaron. No votaron leyes ni presupuestos. Votaron una declaración.

La declaración decía así, más o menos:

“Nosotros, los asesinados por ETA, declaramos que ningún político, ningún partido, ningún pacto firmado en despachos con alfombras nuevas puede disponer de nuestra muerte sin nuestro consentimiento. Nosotros no aceptamos que se llame ‘paz’ a la impunidad de nuestros verdugos. Nosotros no aceptamos que se llame ‘valentía’ a la necesidad de mantenerse en el poder a cualquier precio. Nosotros no aceptamos que se llame ‘reconciliación’ a la obligación de callar mientras los que nos mataron pasean con la frente alta.”

“A quien ha hecho de nuestra ausencia un comodín político, a quien ha convertido nuestra memoria en una moneda para comprar escaños, a quien ha puesto la mano en el hombro de los que todavía llevan nuestra sangre en las suyas, a ese hombre, Pedro Sánchez, le decimos: te maldecimos. No con el rencor de los vivos, que es pasajero, sino con la certeza de los muertos, que es eterna.”

“Y que sepas que, aunque nos revuelvas en nuestras tumbas con cada abrazo a los que nos mataron, nosotros seguiremos aquí. Porque la memoria, a diferencia de los gobiernos, no caduca. Porque la dignidad, a diferencia de los escaños, no se negocia. Porque tú, Pedro Sánchez, pasarás; los pactos que has firmado con los terroristas pasarán; pero los muertos, los de verdad, los que no elegimos estar aquí, esos no pasamos. Y cada vez que cierres los ojos, estaremos mirándote.”

Cuando terminaron de leer, un viento helado recorrió el cementerio. Los árboles se agitaron sin que hubiera tormenta. Algunos familiares que aquella noche habían ido a velar a sus seres queridos sintieron un escalofrío. No era el frío. Era la evidencia de que los muertos, por fin, habían roto su silencio.

Para los vivos con mala memoria

A la mañana siguiente, Pedro Sánchez amaneció en La Moncloa. Desayunó, como cada día, con el periódico en la mesa. Leyó los titulares: “Aprobados los presupuestos”, “Bildu celebra el acuerdo”, “Las víctimas, molestas”. Arrugó el periódico. “Siempre las víctimas”, musitó para sus adentros. “No entienden de política.”

En ese momento, sintió un escalofrío. Miró hacia la ventana. No había nadie. Pero en el cristal, por un instante, creyó ver decenas de rostros borrosos, como reflejos mal impresos. Gente con corbata, con uniforme, con bata de médico, con mochila de colegio.

Apoyó la mano en el brazo del sillón y notó el mármol frío. Como una lápida.

El cuento no tiene moraleja. Las moralejas son para los niños. Los adultos tenemos la historia, y la historia, cuando se escribe con sangre ajena para conservar un cargo, no es un cuento: es una infamia.

Máxima de los muertos: “Cuando la política convierte la memoria en moneda de cambio, los muertos dejan de ser personas para convertirse en saldo contable. Un gobierno que necesita los votos de quienes empuñaron la pistola para mantenerse en pie no está construyendo convivencia: está alquilando el silencio de las víctimas a cambio de impunidad para los verdugos. Llamar ‘paz’ a esa operación es el mayor de los cinismos; llamar ‘valentía’ a extender la mano al asesino mientras se esquiva la mirada de la familia que aún lleva luto es la definición exacta de cobardía institucional. Porque la paz que nace de la traición a los muertos no es paz: es una tregua que firman los vivos con la conciencia de que los que ya no están no pueden protestar. Y ahí radica la máxima vileza: aprovecharse de la ausencia de quienes no volverán para disponer de su dignidad como si fuera un activo negociable. Un gobernante que abraza al terrorista no está cerrando heridas: está abriendo las fosas de quienes creían que la democracia española había aprendido la lección. La lección, al parecer, era otra: que todo tiene precio, que todo se negocia, que el dolor ajeno es el mejor de los peajes cuando lo que se quiere es cruzar sin pagar con la propia reputación. Que los muertos, al fin y al cabo, no votan. Pero sí juzgan. Y su juicio, aunque no salga en las encuestas, es el único que perdura cuando las mayorías se disuelven y los pactos se pudren en el archivo. Porque la memoria, a diferencia del poder, no tiene fecha de caducidad: espera. Y la historia, a diferencia de los comunicados oficiales, no se deja redactar por los verdugos ni por quienes los blanquean. Así que ya saben, señores del pacto: pueden seguir llamando ‘convivencia’ al abrazo con los que mataron, pueden seguir llamando ‘generosidad’ a la entrega de la dignidad ajena, pueden seguir llamando ‘estadistas’ a los que negocian con la sangre de los demás. Pero los muertos, desde sus tumbas, llevan la cuenta. Y no perdonan.”

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