La ficción se vuelve realidad
Cuando vi aquella película de ficción, El Reino del Planeta de los Simios, nunca imaginé que se podría hacer realidad. No por los primates dominando el mundo con puños alzados y miradas desafiantes, sino porque la política nacional parece empeñada en superar cualquier distopía imaginable. Aquellos carteles promocionales con simios colocados sobre la Sagrada Familia o la Cibeles ya no parecen tan descabellados: al fin y al cabo, el espectáculo que estamos presenciando en la primera línea política española supera en absurdo a cualquier guion de Hollywood. Si los directores de la saga hubieran querido ser realistas, habrían rodado un spin-off en el Congreso de los Diputados.
El ministro que lanza el balón y niega el tiro
El pasado fin de semana, el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, utilizó un símil baloncestístico digno de un pívot en el último cuarto para anunciar, sin anunciarlo, que está listo para suceder a Pedro Sánchez al frente del PSOE y, por extensión, de la Moncloa. Dijo, con esa mezcla de falsa modestia y calculada contundencia que le caracteriza, que si el balón le llegara en los últimos segundos, no lo pasaría. Una declaración que, según fuentes consultadas en los pasillos de Ferraz, fue impulsada durante los famosos cinco días de reflexión del presidente por el entonces todopoderoso secretario de Organización, Santos Cerdán. El propio Cerdán, en un ejercicio de ingeniería política digna de mejor causa, le garantizó a Puente el apoyo explícito de Óscar López —actual ministro para la Transformación Digital— y de Antonio Hernando —histórico hombre de confianza del sanchismo— para que la sucesión fuera un camino de rosas y no una guerra civil interna.
El plan perfecto: Zapatero, Sánchez y… ¿Puente? para acabar con España
Es decir, que si el plan sale bien —y todo apunta a que los hilos ya se están moviendo con la discreción de un elefante en una cacharrería—, después de José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez, ya solo faltaba Puente para rematar la faena. Porque el guion ya está escrito con tinta indeleble: el exsecretario de Organización mueve fichas discretamente, los barones territoriales callan y tragan saliva, el aparato del partido engrasa la maquinaria, y el ministro de Transportes se perfila como el elegido para culminar lo que otros empezaron. El problema, como siempre, es que nadie preguntó a los ciudadanos si les apetece otro capítulo de esta serie titulada «Así se destruye España desde dentro». Pero, ¿para qué preguntar cuando ya tenemos el spin-off perfecto?
«Nunca he pensado en ser líder» (dijo el aspirante)
Aparentemente, el ministro de Transportes ha descubierto la fórmula del «postularse sin postularse»: negar la mayor mientras se coloca en la pole position, como un corredor que dice no querer ganar pero ya está calentando en la primera línea de salida. «Nunca he pensado en ser líder del PSOE», aseguraba este mismo jueves con una sonrisa que delataba justo lo contrario, mientras su propio entorno ya hace números para unas hipotéticas primates, perdón primarias y en Moncloa se debate entre el enfado más absoluto y la incredulidad más profunda. «Ha dado por muerto a Sánchez», susurran en privado algunos de los leales al presidente, como si el propio Pedro Sánchez no hubiera construido durante años un relato de fidelidad inquebrantable que ahora se desmorona como un castillo de naipes. Lo que el líder socialista construyó como un régimen de lealtad absoluta y blindaje personalista, Puente lo percibe como un trampolín listo para ser usado, como si la sucesión fuera un derecho adquirido y no una decisión que debería pasar por las urnas o, al menos, por un debate mínimo de ideas.
El verdadero problema no es Puente, es el sistema que lo permite
Porque este es el verdadero meollo, la cuestión de fondo que debería hacer reflexionar a más de uno: el problema no es que Óscar Puente quiera ser presidente del Gobierno —que es un escenario tan aterrador como profundamente cómico, digno de un sketch de la televisión pública—, sino que después de más de una década de sanchismo, a la cúpula del PSOE le parezca una opción plausible, e incluso deseable, para liderar el partido y, por ende, el país. Este ecosistema político, tan endogámico como desconectado de la realidad social, ha seleccionado sistemáticamente a sus dirigentes por su agresividad en las redes sociales y su fidelidad inquebrantable al líder de turno, vaciando el partido de cualquier atisbo de densidad intelectual, de debate interno y de pensamiento crítico. El resultado es un «elenco de cortesanos» —como acertadamente los definió algún analista— peleándose por la herencia mientras el país se desangra en problemas estructurales que nadie aborda. Es la victoria del ruido sobre la sustancia, del tuit sobre la propuesta.
La trinchera digital no es un currículum
Lo que estamos viendo no es solo una ambición personal desmedida, sino la confirmación definitiva de que el partido se ha convertido en una maquinaria de poder personalista, donde los cargos se reparten por afinidad y lealtad, no por capacidad o mérito. Puente no es más que el producto más pulido de esa fábrica de dirigentes de usar y tirar: el mejor bravucón de combate, el mejor «inutil» del sanchismo, ese que confunde la notoriedad en la trinchera digital —esa habilidad para soltar pullas y generar trending topic— con una auténtica capacidad de liderazgo y de gestión. Pero, permítanme la pregunta retórica: ¿de verdad creemos que alguien cuya principal virtud es saber insultar con gracia en Twitter está preparado para negociar con Bruselas, gestionar una crisis económica o representar a España en la escena internacional? La respuesta, por obvia, da miedo. Y más miedo da que haya quien lo considere seriamente.
El debate nacional: ¿Puente o Bolaños? (Como entre dos fenómenos de circo)
En un país que necesita resolver problemas reales —la vivienda, la inflación, la sanidad pública, la educación, la productividad, el empleo digno—, el debate principal en las élites socialistas parece reducirse a «¿Puente o Bolaños?», como si estuviéramos eligiendo entre dos números de variedades para dirigir el destino de España. Por un lado, el ministro de Transportes, un primate experto en golpes de efecto y en crear polémica estéril; por otro, el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, más sutil pero igualmente producto del mismo sistema de castas. Es la versión socialista del «¿quién es más guapo?» aplicado a la política de Estado. Una metáfora perfecta para una realidad que, visto lo visto, ya es peor que cualquier película de simios. Porque al menos en el cine, los primates tenían un plan para reconstruir la civilización. Aquí, el único plan parece ser repartirse el pastel antes de que el pastel se deshaga.
España no necesita otro líder de cartón piedra
Al final, lo más triste de todo este culebrón no es que Óscar Puente quiera ser presidente, ni que Cerdán mueva los hilos, ni que Sánchez observe en silencio mientras su legado se convierte en una guerra de sucesión digna de la Roma antigua. Lo más triste es que, mientras tanto, España sigue esperando líderes a la altura de sus problemas, y no titiriteros que confunden la política con el espectáculo. Porque si después de Zapatero y Sánchez —dos líderes que dejaron su huella, para mal— el relevo natural es un ministro que basa su carrera en la confrontación y el ruido, entonces estamos asistiendo al declive definitivo de una forma de hacer política. Y lo peor es que, a diferencia de las películas de simios, aquí no hay un final feliz con humanos recuperando el control. Aquí, los simios ya han ganado. Y se llaman Óscar Puente y compañía.








