Cuando el cargo es un cetro y la gestión, un monólogo
Hay una estirpe de políticos que confunden el cargo con un cetro, la investidura con una unción divina y la gestión con un monólogo de tres cuartos de hora en prime time. Pedro Sánchez, nuestro presidente perenne, parece haber sido esculpido en el mármol de la propia narcosis: ese estado de duermevela donde uno cree que el sol gira a su alrededor y que las olas del Mediterráneo rompen únicamente para besar sus pies. Pero el 31 de julio de 2026, las olas no vinieron a rendir pleitesía; vinieron a devorar la frontera, a escupir cadáveres en las playas de Ceuta y a demostrar que la fe ciega en uno mismo no es una virtud, sino un pasaporte directo al desastre.
Tres semanas de plazo y una agenda de mármol: la crónica de una negligencia anunciada
La crónica de la tragedia está escrita con tinta invisible para los ojos del engreído. Tres semanas. Desde el 8 de julio, el Tribunal Supremo había dejado claro que las devoluciones en caliente eran ilegales. Tres semanas tuvo Sánchez para leer el fallo, para entender que las mafias no necesitan calendario, para desplegar medios, para llamar a Marruecos con algo más que esa «cooperación constante y fluida» que suena a eslogan de oficina de turismo. Pero no. El presidente estaba ocupado. Ocupado en defensas judiciales de su hermano, en justificar el origen del tesoro de Zapatero (que no se sabe si es un cofre del siglo XVI o una metáfora de sus propias rentabilidades políticas), en colocar a Yolanda Díaz en un sueldazo en la OIT –porque, ¿qué mejor momento para recolocar a la vicepresidenta que cuando el mapa de Europa arde?– y, cómo no, en preparar sus vacaciones en La Mareta. Que el mundo se hunda, pero que el chalet de Lanzarote tenga las persianas recién pintadas.
Narciso frente al estanque: la reacción de un presidente que no ve más allá de su reflejo
Cuando la marea humana –más de 60.000 personas en cuestión de horas– llegó a la valla, Sánchez reaccionó con la misma previsión que Narciso mirándose en el estanque: embelesado, inmóvil y completamente ajeno a que su reflejo no va a salvar a nadie. Mientras los cuerpos de más de cien personas teñían de rojo la orilla, el presidente hablaba de «mafias» y de una sentencia «instrumentalizada». Por supuesto. Todo es culpa de los demás, de los jueces, de las redes, de la geopolítica, de Mercurio retrógrado. Nunca de su negligencia. Nunca de esa arrogancia que le impide declarar el estado de emergencia nacional, aunque el presidente de Ceuta lo suplique y aunque la frontera se parezca más a un colador que a una línea de defensa. Pero el ministro del Interior, fiel escudero, dice que no, que esto se arregla con comparecencias y con el parte meteorológico de las declaraciones institucionales.
Soberanía herida o incompetencia descarnada: la retórica del que no sabe mirarse al espejo
Y mientras los medios internacionales mostraban las imágenes dantescas, mientras las fuerzas auxiliares marroquíes se retiraban como por arte de birlibirloque justo en el momento crítico, Sánchez se aferraba a su única tabla de salvación: la retórica de la soberanía herida. «Ataque a la integridad territorial», clamaba. Y uno se pregunta: ¿ataque? ¿O simple y llana incompetencia? Porque no hay enemigo externo más devastador que un presidente que confunde su reflejo con un plan de contingencia. Como enseñó Sócrates –ese pesado que siempre está en desacuerdo con los tiranos–, el primer paso de la sabiduría es reconocer la propia ignorancia. Pero Sánchez, que lo sabe todo, que todo lo ha previsto, que todo lo controla, es incapaz de articular la frase más sencilla y más humana: «No lo vi venir. Fallé. No estoy a la altura».
El manual del narcisista: negación, chivo expiatorio y esperar que su voz acalle los gemidos
No, no lo hará. Porque su manual de resistencia no es otro que el del narcisista herido: atrincherarse en la negación, señalar a los chivos expiatorios de turno y esperar que el sonido de su propia voz acalle los gemidos de los ahogados. La arrogancia de Sánchez no es un defecto menor, un desliz de carácter. Es la esencia de su gobierno. Es esa incapacidad para imaginar el fracaso la que convierte cualquier crisis en un desastre, cualquier error en una mentira, cualquier advertencia en una conspiración.
En La Mareta: los cuerpos siguen en la playa, el presidente sigue en su estanque
El 31 de julio de 2026 pasará a la historia como el día en que el Mediterráneo devolvió a España lo que nuestra soberbia le había escupido. Pero no se engañen: para Sánchez será simplemente un contratiempo, un mal día de comunicación, un titular incómodo entre la defensa de Marruecos y la siesta en La Mareta. Porque los narcisos no se marchitan; solo cambian de estanque. Y mientras tanto, los cuerpos siguen en la playa, las familias lloran y la frontera sigue abierta. Pero no se preocupen: el presidente tiene un viaje a Ceuta –ahora sí, ahora que ya no sirve de nada– para gestionar la crisis. Es decir, para mirarse en el espejo de la ciudad autónoma y preguntarse, con esa santa inocencia de los elegidos: «¿Pero qué ha podido salir mal?» Todo, señor presidente. Todo ha salido mal. Y el único que no lo ve es usted.








