La ciudad autónoma, desbordada, pide auxilio mientras el Gobierno central responde con diplomacia de salón y elogios a Marruecos
Miles de personas cruzaron a nado desde Marruecos hacia Ceuta este jueves. No fue una grieta en la valla. No fue un fallo tecnológico. Cruzaron porque alguien del otro lado decidió no detenerlos. Cruzaron porque la frontera no se rompió: se abrió. Y quien la abrió no fue un traficante de personas. Fue un Estado .
La imagen es brutal. Alrededor de 20.000 migrantes habrían accedido a Ceuta de manera irregular en una sola jornada . Al menos catorce personas murieron en el intento . Los centros de acogida están colapsados con una sobreocupación del 2.400% en menores . Los comercios cerraron sus persianas por miedo. La Guardia Civil, desbordada. La ciudad, en estado de shock.
Y mientras todo esto ocurre, el Gobierno de Pedro Sánchez responde con comunicados tibios y elogios a la «colaboración bilateral» con Marruecos . Es como si alguien te robara en casa y tú le ofrecieras un café mientras el ladrón vacía el armario.
La «colaboración» que no existe
Los sindicatos policiales españoles denunciaron sin ambigüedades: Marruecos «no está haciendo absolutamente nada» para impedir las entradas. La colaboración marroquí fue descrita como «superficial» por fuentes de la Guardia Civil . La Gendarmería marroquí, entrenada y equipada por España y la UE, de repente «no puede» contener a unos miles de jóvenes .
Sin embargo, los comunicados de Moncloa dedicados a Marruecos no contienen un solo reproche. El Gobierno marroquí, escribía Interior, coopera «de manera leal y permanente» con España . El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, tenía en la agenda la recepción que la embajadora de Marruecos ofrecía en Madrid por el aniversario de la entronización de Mohamed VI . Halagos y copas de vino mientras la ciudad arde.
El chantaje migratorio, una estrategia documentada
Lo que ocurrió este jueves no es una «crisis migratoria». Es una operación geopolítica. Es un mensaje escrito con cuerpos humanos . El Centro de Investigación de Políticas Internacionales (CIDOB) ya lo documentó en 2021: «Con la entrada irregular en Ceuta de más de 8.000 personas, el gobierno marroquí ha querido poner en evidencia qué pasaría si el gobierno español no contara con su cooperación en materia migratoria. Es un ejemplo más de cómo las migraciones se utilizan como arma política».
España cometió un error estratégico en 2022 que ahora paga con intereses. Pedro Sánchez, presionado por Marruecos, cambió la posición histórica española sobre el Sáhara Occidental y apoyó la propuesta marroquí de autonomía . Traicionó a los saharauis, abandonó el derecho internacional, y creyó que compraría paz con Rabat. Compró sumisión.
Ahora, en 2026, España mejoró sus relaciones con Argelia —el enemigo regional de Marruecos— y la respuesta de Rabat fue inmediata: miles de jóvenes marroquíes dirigidos hacia la frontera, una puerta que se abre misteriosamente.
Meloni da una lección que Sánchez no entiende
Y entonces llega el golpe de gracia: Italia. La primera ministra Giorgia Meloni ha propuesto cerrar el espacio Schengen con España . No es una bravata, es un acto de supervivencia. «Las imágenes que llegan desde Ceuta son impresionantes y demuestran, una vez más, que la inmigración clandestina fuera de control representa una amenaza concreta para la seguridad de las fronteras europeas», ha dicho Meloni . «Estamos preparados para intervenir también con instrumentos extraordinarios para defender las fronteras […] como la suspensión del espacio Schengen con España».
El ministro de Exteriores italiano, Antonio Tajani, fue más lejos: «Estoy a favor del cierre del espacio Schengen con España. La inmigración irregular e incontrolada representa un peligro para la seguridad nacional» . Vinculó la crisis a la decisión del Gobierno de Madrid de regularizar a más de 500.000 inmigrantes irregulares, calificando esa política como «profundamente errónea».
Mientras tanto, la respuesta de Sánchez fue convocar al embajador de Italia. Ni un ultimátum a Rabat, ni una declaración de emergencia nacional, ni un refuerzo militar serio. Sólo la diplomacia de salón y el agravio .
La emergencia que no se declara
El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, pidió al Gobierno central que declarara la emergencia nacional y asumiera el control bajo un «mando único» . La Junta de Portavoces de la asamblea de la ciudad, donde están representados todos los grupos, había acordado por unanimidad pedir al Estado una respuesta extraordinaria .
La respuesta de Interior fue negativa. El argumento: la ley del Sistema Nacional de Protección Civil enumera los riesgos que permiten activarla —inundaciones, terremotos, incendios— y las llegadas de migrantes no figuran en esa lista . Muertos, colapso, caos, y el Gobierno se escuda en un tecnicismo.
Los muertos, daños colaterales de la negligencia
Más de 35 personas han muerto en el último año intentando alcanzar Ceuta. Catorce fallecidos solo este jueves. Y el Ejecutivo en modo «siga, siga», sin asumir ni una pizca de responsabilidad. Porque claro, la culpa siempre es de otros: del cambio climático, de las mafias, de la ultraderecha, de Marruecos, de todo menos de su propia miopía estratégica.
Marruecos juega al póker, y Sánchez aplasta con un flan
Marruecos ha jugado sus cartas con maestría: primero el Sáhara, después Ceuta, mañana quizás Melilla o las aguas de Canarias. Y el presidente ha respondido con la misma firmeza con que un flan responde a un martillo. Porque su única estrategia es aguantar el chaparrón y esperar que pase, como si la seguridad nacional fuera una tormenta de verano . Cada concesión engendra una nueva exigencia, cada debilidad invita a un nuevo ataque. Y cuando finalmente quiera reaccionar, será demasiado tarde.
España se ha convertido en el hazmerreír de Europa. Ahora mismo, en Bruselas, en Washington, en Roma, se preguntan lo mismo: «¿Pero este Gobierno español tiene algún límite?» . Porque han visto cómo entrega soberanía, cómo permite que su frontera sea violada, cómo ignora a sus socios europeos y cómo, encima, sonríe mientras todo arde.
Sánchez no es un estadista, es un iluso que cree que la política exterior se basa en gestos simbólicos y no en poder real. Y el poder real, señor Sánchez, se demuestra defendiendo lo tuyo, no regalándolo.








