Una mujer trans casi pierde un ojo a botellazos por usar un baño. Un sacerdote es expulsado de un hospital por llevar alzacuellos. Dos caras de una misma moneda: una sociedad que ha normalizado la violencia como respuesta a lo que no entiende, y una clase política que se frota las manos mientras las víctimas sangran
España es un país que se cree civilizado. Que se enorgullece de su convivencia, de su capacidad para el diálogo, de haber dejado atrás siglos de furia. Y luego ocurre lo que ocurre, y la máscara se cae.
La semana pasada, Bianca Lizbeth Fernández, Miss Trans Zamora, salió a divertirse. No volvió con un ojo. Una decena de personas la esperaron fuera de un pub para recordarle, a botellazos y patadas en la cabeza, que su existencia les ofende. «Travelo de mierda», le gritaron mientras la pateaban en el suelo. Diez contra una. La cobardía en manada, el odio como deporte.
Ese mismo fin de semana, el padre Carlos María Fortes acudió al Hospital Regional de Málaga a visitar a su padre enfermo. Llevaba alzacuellos porque luego oficiaba misa. Una enfermera le gritó, le echó del pasillo, llamó a seguridad para que lo sacaran como si fuera un alborotador. Su delito: que se le viera la condición de cura. El sacerdote se pregunta si con una chilaba el trato habría sido el mismo. Sabe la respuesta, y por eso duele más.
Dos historias, dos violencias
Dos historias. Dos violencias de distinta naturaleza. Una es brutalidad física directa; la otra, un abuso de poder revestido de protocolo sanitario. Pero ambas son el mismo síntoma de una misma enfermedad: una sociedad española que ha convertido la diferencia en un campo de batalla, donde el otro —la mujer trans, el cura, el musulmán, el independentista, el españolista, el de la acera de enfrente— no es un ciudadano con derecho a existir, sino un blanco al que hay que señalar, excluir o, directamente, destruir.
Y mientras tanto, los partidos políticos, esos empresarios del odio, se frotan las manos.
La izquierda utiliza el cuerpo de Bianca
La izquierda, esa que dice defender a los colectivos vulnerables, utiliza el cuerpo de Bianca como reclamo electoral pero se cuida muy mucho de poner en cuestión a los sectores de su propio espacio que han pasado años insistiendo en que las mujeres trans no son «mujeres de verdad». La izquierda condena la violencia, pero ha permitido que en su seno crezca una transfobia de salón que ahora, como era inevitable, ha saltado a la calle con una botella rota.
La derecha utiliza la humillación del padre Fortes
La derecha, por su parte, ha encontrado en el vídeo del padre Fortes su particular affaire para azuzar a los suyos. «Persecución religiosa», «fanatismo de izquierdas», «la España que odia a los curas». Los mismos que llevan años utilizando a las personas trans como moneda de cambio electoral —con bulos sobre baños y «leyes que destruyen la familia»— ahora se rasgan las vestiduras porque a un sacerdote le han gritado en un hospital. La hipocresía sería hilarante si no fuera porque detrás hay un hombre humillado y una enfermera que convirtió un protocolo en un acto de sectarismo.
El odio en España
Pero señalar solo a los partidos sería quedarse en la superficie. Porque no es solo un producto que la clase política nos vende; es un producto que la ciudadanía compra con entusiasmo.
Miren las redes sociales cualquier día. Busquen los comentarios bajo las noticias sobre Bianca. Encontrarán a quienes la llaman «un hombre disfrazado» y justifican la paliza como «defensa de los espacios femeninos». Luego busquen los comentarios bajo el vídeo del padre Fortes. Encontrarán a quienes celebran que «por fin le han dado su merecido a un cura», como si llevar alzacuellos fuera un delito o la religión católica un peligro social. El odio no es patrimonio de un bando: es un idioma que hablan los extremos de todas las trincheras.
Y lo más grave: ese odio ya no es marginal. Se ha vuelto respetable. Se viste de activismo, de feminismo, de laicismo, de defensa de la tradición, de cualquier cosa que le dé cobertura moral para no llamarse por su nombre. Porque nadie se define como «odioso». Todos creen estar del lado de la justicia. Y mientras tanto, las víctimas reales —Bianca con un ojo casi perdido, el padre Fortes humillado delante de su padre enfermo— se convierten en piezas de museo que unos y otros exhiben para demostrar que el mal siempre está en el otro.
Impunidad moral con la que una parte de España ha aprendido a deshumanizar al que no piensa como ellos
La Guardia Civil investiga la paliza a Bianca. El hospital dará respuesta al escrito del sacerdote. Es lo que toca. Pero la justicia penal no cura la podredumbre social. No cura la impunidad moral con la que una parte de España ha aprendido a deshumanizar al que no piensa como ellos, al que no es como ellos, al que les incomoda con su mera presencia.
España lleva décadas diciéndose que ha dejado atrás la violencia. Pero la violencia no es solo la de ETA o la del 23-F. La violencia también es esta: la que se ejerce en manada contra una mujer trans porque se atrevió a usar un baño; la que se ejerce desde una posición de poder contra un sacerdote porque su vestimenta ofende la sensibilidad laicista de alguien. La violencia es el síntoma de una sociedad que ha perdido la capacidad de convivir con lo diferente y ha sustituido el diálogo por el linchamiento, ya sea físico o moral.
Y aquí, en esta deriva, los partidos políticos tienen una responsabilidad central. Porque son ellos quienes han convertido cada diferencia en una trinchera. Ellos quienes han descubierto que el odio es rentable electoralmente. Ellos quienes, en lugar de bajar la temperatura, han subido la apuesta una y otra vez, esperando que el fuego no les queme a ellos.
Pero el fuego siempre quema. Y esta semana quemó en la cara de Bianca y en la dignidad del padre Fortes. La semana que viene quemará en otro lado. Y mientras tanto, seguiremos debatiendo sobre si la culpa es de la «ideología de género» o del «fanatismo laicista», como si el problema fuera la ideología y no la violencia. Como si el debate no fuera precisamente el combustible que alimenta las llamas.
El odio en España no es un estallido: es una industria. Lo fabrican los políticos que lo convierten en eslóganes, lo distribuyen los medios que lo disfrazan de debate, lo consumen los ciudadanos que se sienten virtuosos señalando al otro, y lo pagan —siempre, invariablemente— los mismos: los que tienen el cuerpo para recibir los botellazos, los que soportan la humillación en los pasillos de los hospitales, los que un día salen de casa y no vuelven con los dos ojos abiertos. Mientras sigamos comprando el producto, seguirán fabricándolo. Y mientras lo fabrican, seguirá habiendo víctimas. La única pregunta que merece la pena hacerse hoy no es de qué bando es el odio, sino por qué seguimos permitiendo que nadie tenga que pagar por él. Porque si no pagarán los que siembran, seguirán pagando los que cosechan. Y la cosecha, esta semana, ha sido un ojo casi arrancado y un cura humillado. La semana que viene, quién sabe. Pero será alguien. Siempre es alguien.









