El panorama en Sumar es tan desolador que da pena, pero de esas penas que dan risa. Tras cosechar batacazos electorales que harían dimitir a cualquier formación con un mínimo de dignidad —algo de lo que este grupo de trepadores carece por completo—, sus principales figuras están inmersas en un debate existencial de altura: ¿seguimos cobrando del erario público o nos vamos a vivir de la generosidad de nuestros seguidores en redes sociales? Mientras, los votantes, esos ilusos que aún les quedan, asisten atónitos a la danza de los que sólo se preocupan por una cosa: su propio pellejo.
Esto es Sumar, el refugio de la izquierda que se creía imprescindible y que hoy es más bien un estorbo. Un polvorín donde las únicas chispas que saltan son las que provocan las ansias de poder de una cuadrilla de sectarios que confunden la política con un plan de empleo. Las elecciones autonómicas les han pasado por encima como una apisonadora, y lo único que les preocupa es cómo salir del atolladero sin tener que devolver el sueldo.
Aquí no hay proyecto político, ni ideología, ni puta idea de qué hacer con el país. Lo único que existe es un puñado de ministros agarrados a su poltrona como lapas a un casco de barco en el Titanic, discutiendo acaloradamente sobre la mejor manera de no mojarse mientras el agua ya les llega al cuello.
Yolanda Díaz: La que se sacrifica por el equipo (y por la nómina)
Ahí la tenemos, a la vicepresidenta segunda, la lideresa que renunció a liderar para no tener que pasar por el trago de unas primarias que habría perdido hasta contra su sombra. Yolanda Díaz ha hecho un «sacrificio» enorme: apartarse de la candidatura a cambio de seguir siendo ministra de Trabajo y vicepresidenta. Vamos, lo que toda su vida había soñado: poder seguir dictando cátedra sobre la precariedad laboral desde la comodidad de un despacho con aire acondicionado y coche oficial.
Su argumento para no salir del Gobierno es un poema: «Debilitaríamos al Ejecutivo». ¡Pero si el Ejecutivo ya está más débil que un chihuahua con anorexia! Lo que realmente quiere decir es: «Si nos vamos, ¿de qué coño voy a vivir yo?». Porque resulta que fuera del Gobierno, Yolanda Díaz es simplemente Yolanda, una abogada laboralista con un discurso aprendido y una popularidad que se desploma a la velocidad de la luz. Así que su postura es clara: aguantar el tirón, aguantar las risas, aguantar las encuestas que les dan el 6% de los votos, y seguir cobrando hasta que el cuerpo aguante. Una verdadera heroína de la resistencia… resistente a dejar el cargo.
Ernest Urtasun: El ministro fantasma (que no es de nadie)
Pasamos a Ernest Urtasun, el ministro de Cultura. ¿Alguien ha visto alguna medida cultural relevante de este hombre? ¿Alguna? No, yo tampoco. Pero lo suyo no es la cultura, lo suyo es la «habilidad estratégica» y la «capacidad de aguante». Traducción: es un tipo con una paciencia infinita para aguantar que le ninguneen, que le ignoren y que le pregunten siempre lo mismo. Su proyecto de vida es «seguir siendo ministro». Da igual de qué, da igual cómo, da igual a costa de qué. Él quiere seguir apareciendo en las fotos y codeándose con la crema de la progresía.
Urtasun ha rechazado todas las voces que le animan a liderar la coalición. ¿Para qué coño quiere liderar un cadáver político si puede seguir siendo ministro? Él no es tonto. Sabe que liderar es un coñazo lleno de riesgos, mientras que ser ministro de Cultura es un chollo: poca visibilidad, cero responsabilidades y un sueldo estupendo. Su «perfil bajo» es en realidad un perfil de cobarde, de tipo que se esconde mientras los demás se pelean, esperando recoger los despojos cuando todo haya pasado.
Sira Rego: La marioneta de Izquierda Unida
Y luego está Sira Rego. Pobrecita. La ministra de Juventud e Infancia, un ministerio que parece creado para que nadie le exija nada, está más perdida que un pulpo en un garaje. Su postura política es la que le dicen desde Izquierda Unida. Ella, por sí misma, no tiene ni puta idea. ¿Que IU dice que hay que irse? Pues se va. ¿Que dicen que hay que quedarse? Pues se queda. Un verdadero ejemplo de liderazgo femenino.
El problema es que en IU están que trinan. Antonio Maíllo, el coordinador federal, tiene las elecciones andaluzas en el horizonte y ve cómo el muerto de Sánchez le lastra. Y claro, el hombre se pone nervioso. Porque si en Andalucía les dan un repaso, la culpa no será de su programa, ni de su discurso, sino de «las políticas del PSOE» y de «estar en el Gobierno». Así que está sopesando la posibilidad de dar un «golpe de efecto»: salirse del Gobierno y dejar a Sánchez tirado como a un colilla. Y Sira, obedientemente, espera la orden para hacer la maleta o deshacerla. Una pieza de museo de la coherencia política.
El miedo a la realidad: volver a la nada
En el fondo, el verdadero debate no es ideológico. No es sobre si hay que apoyar a Sánchez o no. Es un debate mucho más primario y visceral: el miedo a volver a ser nadie. El miedo a despertarse un día y darse cuenta de que no tienen ministerio, ni coche oficial, ni asesores, ni aparecen en los telediarios. El miedo a volver a ser esos tipos que daban mítines en un centro cívico de Usera ante cuatro abuelos y un perro.
Por eso, mientras unos como Mónica García piden subir la tensión para seguir siendo noticia, y otros como Pablo Bustinduy coquetean con la ruptura para ver si así remontan, la realidad es que todos ellos son lo mismo: una panda de vagos, sectarios y analfabetos funcionales que han descubierto que la política es el mejor de los negocios. No tienen proyecto, no tienen ideas, no tienen futuro. Sólo tienen un presente que defender: su presencia en la nómina del Estado.
El dilema de Sumar no es si se van o se quedan. El dilema es: ¿de qué van a vivir estos parásitos cuando los echen de una puta vez? Porque, con el 6% de intención de voto y la que está cayendo, el futuro se les presenta más negro que sus conciencias. Y eso, queridos lectores, es el único espectáculo que realmente merece la pena presenciar.









