El veredicto culpable es una burla: penas risibles para una trama que compró a un general de la Guardia Civil y desnuda la impunidad estructural de la corrupción en España
El Tribunal del Jurado ha rubricado, con su veredicto de culpabilidad, lo que solo puede calificarse como una pantomima judicial. La primera pieza del ‘Caso Mediador’ concluye no con un escarmiento, sino con la consagración de la impunidad de bajo coste. Un general retirado de la Guardia Civil, un empresario voraz y un intermediario profesional son declarados culpables de cohecho continuado y el Estado, a través de su fiscal anticorrupción, les responde con la amenaza de… un año de cárcel. Quizás ni eso.
Esto no es justicia. Es el manual de instrucciones para delinquir en la España de las influencias: si vas a corromper, hazlo a lo grande, pero dentro de los delitos “de año”. El sistema te garantiza que, al final, el castigo será simbólico, la pena probablemente suspendida, y tu estatus social, apenas arañado. El mensaje es nítido: cohecha, que no pasa nada.
La Infamia de la Pena Máxima: Un Escarnio a los Ciudadanos
El fiscal Serrano-Jover se aferra a su petición de un año de prisión, la “máxima” prevista, como si de un triunfo del Estado de Derecho se tratara. Es la confesión de un fracaso monumental: nuestro Código Penal trata con una benevolencia obscena los delitos que más cáncer roen a la democracia – la corrupción – mientras castiga con saña otros de menor daño social. Que un alto mando de un cuerpo armado, símbolo de la autoridad del Estado, sea condenado a la misma pena que un ladrón de bicicletas es la demostración perfecta de que las élites se han blindado con leyes a su medida.
Y aún hay más cinismo: el propio fiscal no se opone a que ni siquiera pisen la cárcel. Sugiere la suspensión de la pena para el empresario, y la extiende como un caramelo al general retirado. Es decir, se pide el máximo para la foto, pero se activa el mecanismo para que el castigo sea virtual. El jurado, en un destello de coherencia, solo avaló la suspensión para uno, pero la maquinaria judicial ya está preparada para vaciar de contenido el veredicto.
El Jurado Culpabiliza, el Sistema Absuelve
Aquí yace la verdadera trama: la ciudadanía, representada en el jurado, hace su trabajo. Escucha, delibera y declara culpables a quienes sobornaron o se dejaron sobornar. Pero acto seguido, el engranaje judicial – fiscalía incluida – se encarga de suavizar, suspender y minimizar las consecuencias. La defensa ya trabaja en ello: piden nueve meses, cinco meses… convirtiendo el proceso en un regateo de mercadillo. ¿Dónde está la ejemplaridad? ¿Dónde la reparación a la confianza pública traicionada por un general?
Una Pieza Separada para un Fraccionamiento de la Culpa
El argumento más vomitivo lo esgrime la defensa del mediador: que esto no está conectado con el resto del ‘Caso Mediador’. Es la estrategia perfecta. Trocear la corrupción en delitos minúsculos, juzgarlos por separado, y lograr que cada sentencia sea un guantazo sin fuerza. Así, nunca se verá el monstruo completo, solo alguna de sus uñas. La justicia se conforma con perseguir las migajas del festín corrupto, mientras los mecanismos de poder que lo permitieron siguen intactos.
No es una Victoria, es la Evidencia de la Derrota
Celebrar este veredicto como un éxito es puro autoengaño institucional. Es el sistema limpiando su conciencia a bajo coste. Se procesa a algunos peones visibles, se gasta dinero público en un juicio, y se ofrece a la sociedad un resultado homeopático: culpables, pero casi sin consecuencias.
El ‘Caso Mediador’ no ha sido desmantelado. Ha recibido su certificado de viabilidad. Ha demostrado que corromper, cuando se tiene contactos, sale barato. El general Espinosa Navas, el empresario Bautista Prado y el mediador Navarro Tacoronte no son los derrotados de esta historia. Los derrotados somos todos los que aún creímos que un delito contra el patrimonio público merecía algo más que una condena de broma y una suspensión de favor.
La sentencia final será la puntilla. Si el juez Moreno suspende estas penas risibles, no estará aplicando la ley. Estará escribiendo el epitafio de la lucha contra la corrupción en este país. Un epitafio que ya podemos leer: “Aquí yace la ejemplaridad. Murió de complicidad”.









