Del nepotismo declarado a la militancia política en la televisión pública
Gonzalo Miró, periodista de vocación tardía, se ha convertido en el fenómeno que resume toda la degradación de la televisión pública española. Su meteórico ascenso a la cúspide de la parrilla de La 1 como presentador de ‘Directo al grano’ no es una historia de talento, sino el triunfo de un guion bien ensayado: el de un lobbyist mediático mantenido por un entramado que premia la lealtad ideológica por encima del rigor profesional.
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Un fichaje inmaculado: el “regalo” del poder socialista a un incondicional
Las dudas sobre la imparcialidad del periodismo en RTVE no son nuevas, pero con la llegada de Miró se han materializado en un show de horario estelar. Ante las críticas por su fichaje, tan transparente en sus intenciones, Miró respondió con la misma ironía vacua que caracteriza su discurso: “Yo dudo mucho que un Santiago Abascal de vicepresidente hubiera recurrido a mí”. Se ríe de nosotros. Reconoce abiertamente que su puesto es un botín de guerra política, un premio por servicios prestados, no una posición ganada por méritos. Un circo que los españoles pagan con sus impuestos.
Y lo que es más grave: lo defiende bajo una premisa pseudointelectual de “autenticidad”. “Voy a ser honesto conmigo mismo”, prometió en su debut, como si la función del periodista fuera un ejercicio de autoayuda y no un servicio público. Este elogio de la “no equidistancia” no es más que un permiso para convertir el magacín de las tardes en un mitin permanente.
La línea roja del insulto: de la opinión “valiente” a la calumnia premeditada
El estilo directo de Miró es, en realidad, un eufemismo para lo que los organismos internos de TVE han tenido que denunciar como “mala praxis” y “información no veraz”. La supuesta línea roja que dice defender ya fue traspasada por él mismo con comentarios que rozan la difamación.
El caso más flagrante fue su intervención sobre Carlos Mazón, entonces presidente de la Generalitat Valenciana, durante la crisis de la DANA. Miró, desde su trono en la televisión pública, se preguntó en antena, con falsa inocencia: “No sabemos qué pasó en esa comida tan larga de Carlos Mazón… no sabemos si tenía los pantalones puestos o quitados o cuál era su tasa de alcohol en sangre”.
Por estas palabras, el Consejo de Informativos de TVE —órgano de los propios trabajadores— emitió un comunicado devastador: calificó sus declaraciones de “inaceptables” y “sin ningún fundamento ni prueba”, señalando que incumplen el Manual de Estilo, el Estatuto de Información y la ley. Incluso detallaron las normas que vulneró:
| Norma vulnerada | Declaración de Gonzalo Miró que la incumple |
| Obligación de neutralidad | “Los profesionales… evitarán cualquier tipo de posicionamiento”, |
| Prohibición de insultos | “…uso de expresiones insultantes, insinuaciones insidiosas, injuriosas o vejatorias”. |
| Deber de veracidad | “…derecho de los ciudadanos a recibir información veraz… diferenciando entre información y opinión”. |
Su actitud, según el Consejo, es “un claro caso de mala praxis” que la dirección de RTVE ha preferido ignorar, negándose incluso a responder a las preguntas internas.
¿Periodista o activista? La estrategia del doble rasero
La coartada de Miró es simple: se presenta como un cruzado contra la ultraderecha, tildando a Vox de “racista, homófobo y machista”. Con esa etiqueta, justifica cualquier exceso. Sin embargo, su militancia no es igualitaria. Su indignación es selectiva. Mientras despliega una artillería retórica implacable contra la derecha, su tratamiento de las crisis dentro del propio Gobierno o del PSOE es significativamente más templado.
Por ejemplo, al comentar los conflictos internos del PSOE, se limitó a un análisis cínico y genérico sobre las luchas de poder: “Cuando tú ganas una batalla en un partido político, tú colocas a los de tu cuerda”. Ninguna pregunta incómoda sobre responsabilidades concretas, ningún comentario soez. El mismo hombre que insinuó estados de embriaguez en un presidente autonómico del PP adopta el tono de un politólogo neutral cuando habla de su propio entorno.
Este doble rasero se vuelve obsceno cuando ejerce de polemista de salón en otros programas. No tiene reparos en criticar con dureza la “incoherencia” de figuras públicas como Victoria Federica, preguntándose por qué se dedica a ser influencer “si no soporta la fama”. La misma pregunta, mucho más urgente, debería dirigirla a su espejo: ¿Por qué se dedica a ser periodista en un servicio público si no soporta (ni practica) la objetividad?
El perfecto producto de la deriva ideológica
Gonzalo Miró es el síntoma terminal de una televisión pública que ha olvidado su mandato. No es un periodista incómodo; es un agitador cómodo, perfectamente alineado con el poder de turno. Su presencia en La 1 no es un error, sino la consecuencia lógica de un sistema que ha decidido que la ideología es un sustituto válido para la profesionalidad.
La pregunta ya no es si es parcial, sino si acaso alguna vez aspiró a ser otra cosa. Los españoles pagan para que, desde una institución que debería unirlos, se les insulte y divida con el dinero de todos. La factura de este espectáculo es moral, y el coste para la democracia, incalculable.
¿Cree que la imparcialidad en los medios públicos es una utopía en la España actual? El debate está servido, aunque quizás no en el horario de máxima audiencia de La 1.








