La nueva bestia negra del catalanismo

Dic 8, 2025

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El separatismo catalán vuelca su discurso contra la comunidad latinoamericana

La retórica independentista, que históricamente ha esgrimido el castellano como instrumento de colonización, apunta ahora a quienes llegan hablando el mismo idioma desde América Latina.

Durante décadas, el relato nacionalista catalán identificó al «charnego» —el español emigrado a Cataluña— como una amenaza lingüística y cultural. Hoy, el foco xenófobo se ha desplazado hacia una nueva «bestia negra»: la comunidad latinoamericana. Un sector del movimiento, cada vez más influenciado por la extrema derecha, está redirigiendo su rechazo hacia este colectivo, acusándolo de perpetuar la «colonización lingüística» que dicen sufrir.

Este giro no es una casualidad política. La aparición y éxito electoral de formaciones como Aliança Catalana, liderada por la inequívocamente xenófoba Sílvia Orriols, ha tensado el tablero. Su discurso, que vincula inmigración con delincuencia y victimiza a Cataluña por «deudas coloniales» de España, ha forzado a los partidos independentistas tradicionales a replegarse hacia posiciones más duras para competir. La comunidad latinoamericana se ha convertido, así, en el chivo expiatorio perfecto en un movimiento que busca revitalizar un proyecto político en horas bajas.

De los «charnegos» a los «sudacas»: la evolución de un enemigo

El rechazo a lo foráneo dentro del nacionalismo catalán tiene un largo pedigrí. Figuras históricas del independentismo dejaron declaraciones racistas que hoy resultan escandalosas. Heribert Barrera, histórico dirigente de ERC, llegó a afirmar que «podemos haber superado la inmigración andaluza, pero no sé si podremos con la sudamericana y magrebí». Jordi Pujol, durante décadas líder del catalanismo moderado, describió en 1976 al «hombre andaluz» como «destruido y anárquico» y una amenaza para Cataluña, y años después alertó contra el «mestizaje» como el «fin de Cataluña».

Durante el procés, el discurso se sofisticó. El enemigo ya no era el trabajador andaluz, sino el «colono» castellano, un agente activo de un estado opresor. Sin embargo, la comunidad latinoamericana, que comparte lengua pero no el estigma político del «colonizador», había disfrutado de una cierta «bula». Ese periodo parece haber terminado.

El mecanismo del chivo expiatorio: de las becas literarias a las heladerías

La escalada de hostilidad se ha materializado en una serie de episodios concretos que muestran un patrón de rechazo:

  • La beca de la discordia: En 2024, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, anunció una beca de 80.000 euros para que autores latinoamericanos escribieran sobre la ciudad, con la condición de publicar también en catalán. La reacción del separatismo fue de indignación. Un concejal de Junts la tachó de «discriminatoria para el catalán», y la secretaria general de ERC la llamó un «Erasmus de tres meses pagado». Un filósofo llegó a hablar de «sustitución lingüística«, a pesar de la cláusula de traducción.
  • El teatro como espejo incómodo: Una obra teatral que denunciaba la discriminación que sufren las mujeres latinoamericanas por no hablar catalán —con una escena donde la Administración espeta «¡Habla catalán!» a una inmigrante— fue denunciada por «xenofobia contra los catalanes» por el entorno de Carles Puigdemont.
  • El asedio a una heladería: En agosto, una heladería argentina en el barrio de Gracia fue vandalizada y sometida a un boicot en redes sociales por atender en castellano a la mujer de un concejal de ERC. El diputado de la CUP Antonio Baños llegó a pedir boicotearla «hasta que cierre».

Estos incidentes reflejan una dinámica de polarización social hostil, donde un grupo define su identidad por oposición a otro, justificando la discriminación. El escritor argentino Alejo Shapire, víctima de esta campaña, lo resumió con crudeza en un mensaje viral: «Quédense en su burbuja, sigan invocando una imaginaria catalanofobia… Lo que no entiendo es que usen fascismo como insulto, puesto que describe exactamente su modo de operar».

La presión de la ultraderecha y la crisis del proyecto independentista

El ascenso de Aliança Catalana es el catalizador de este giro. Su líder, Sílvia Orriols, ha ampliado el perímetro del odio más allá de los magrebíes para incluir a los sudamericanos, a los que relaciona con «bandas latinas» y «túneles del terror». Su éxito electoral ha ejercido una presión insoportable sobre los partidos independentistas tradicionales, Junts y ERC, que ven cómo se les erosiona el electorado por su flanco más identitario y excluyente.

Según análisis publicados en medios como Público, alcaldes de Junts están «muy preocupados» con el ascenso de Aliança Catalana y han presionado para que el partido adopte un discurso más duro en materia de inmigración, incluso a costa de romper con el Gobierno progresista de Sánchez. Esta deriva supone un abandono de la «transversalidad» que caracterizó al movimiento durante el procés y una claudicación ante la agenda xenófoba.

Los números de una comunidad silenciada

La comunidad latinoamericana es una de las más numerosas entre la población extranjera en Cataluña, que representa aproximadamente el 13% del total. Paradójicamente, durante los años del procés, el independentismo buscó activamente el apoyo de los inmigrantes para su proyecto republicano, presentándose como una causa progresista y de acogida. El giro actual desvela la fragilidad de ese relato y expone un sustrato ideológico donde la pureza identitaria puede llegar a pesar más que los principios universales.

El discurso que ahora estigmatiza a los latinoamericanos no surge de la nada. Como señala un análisis crítico, el nacionalismo catalán ha mantenido históricamente una doctrina que, en la práctica, opera como una exigencia de «limpieza de sangre» cultural, donde incluso catalanohablantes con apellidos castellanos sufren discriminación en el acceso al empleo. Aliança Catalana, en este sentido, no sería una anomalía, sino «la aplicación consecuente del proyecto nacionalista», que ha levantado la mano para decir en voz alta lo que otros practicaban en silencio.

El independentismo catalán se encuentra en una encrucijada. Puede seguir el camino marcado por la ira contra el otro —esta vez, contra quienes llegaron buscando un futuro mejor y hablando la lengua de Cervantes, no de Felipe V— o puede reafirmar los valores cívicos e inclusivos que una vez dijo defender. La elección definirá no solo su futuro político, sino el tipo de sociedad que aspira a construir. Mientras, una comunidad entera aprende, en carne propia, el amargo sabor de ser la nueva «bestia negra» en un viejo conflicto.

 

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