La inacción de un gobierno que mira a otro lado mientras arde España
Otra vez es verano. Otra vez las televisiones emiten las mismas imágenes dantescas de montañas envueltas en llamas, animales y personas calcinados y familias desalojadas a toda prisa. Y otra vez, como un disco rayado que nadie se atreve a cambiar, escuchamos la misma cantinela oficial:
«Es el cambio climático. Es la sequía. Es la ola de calor más intensa desde que hay registros.»
Y sí, señorías, todo eso es cierto. El termómetro no miente y la ciencia lleva décadas avisando. Pero permítanme que, con una sonrisa irónica y los dientes apretados, les diga lo que ningún ministro ni consejero se atreve a soltar en una rueda de prensa: el cambio climático es el chivo expiatorio perfecto para ocultar su propia dejadez histórica.
Porque el calor enciende la cerilla, sí. Pero el polvorín que convierte una colilla mal apagada en un holocausto de 20.000 hectáreas lo han fabricado ustedes durante décadas. Lo han fabricado con su silencio, con sus recortes, con su romantización estúpida de la «España vaciada» y, sobre todo, con su absoluta y bochornosa incapacidad para gestionar el territorio.
El calor es el detonante, pero el abandono es la mecha
Aceptémoslo: las olas de calor son cada vez más feroces. La humedad de los bosques baja a niveles de papel de liar. El viento aviva las llamas y las pavesas vuelan como pequeñas bombas incendiarias. Los incendios nocturnos, esos que antes nos daban una tregua, ahora arden con la misma furia que a las tres de la tarde.
Pero, ¿saben qué?, si el monte estuviera gestionado como Dios manda, el fuego correría por el suelo, quemaría algunos matorrales y se detendría. En cambio, lo que tenemos son fábricas de combustible vertical que ustedes han bendecido con su indiferencia.
La «escalera de fuego»: matorrales que conectan con arbustos, que conectan con ramas bajas, que conectan con copas. El fuego sube en segundos y se convierte en incendio de copas, ese monstruo imparable contra el que ni los mejores hidroaviones pueden hacer nada. Eso no es «naturaleza salvaje»; eso es mala gestión forestal. Eso es un monte que nadie ha aclarado, que nadie ha pastoreado, que nadie ha tocado con un hacha en 40 años porque «tocar un árbol es pecado».
La España vaciada no es un poema, es una bomba de relojería
Se llenan la boca hablando de la «España vaciada» en los mítines y se les llenan los ojos de lágrimas con los documentales de pueblos abandonados. Pero, díganme, ¿qué han hecho para evitar que esos montes se conviertan en una espesura impenetrable?
- Ganadería extensiva: desaparecida. ¿Pastores? No, mejor subvencionar macrogranjas porcinas en zonas que no tienen ni agua. Total, las ovejas y las cabras ya no limpian el sotobosque, pero los cerdos dan votos.
- Tala selectiva y podas: prohibidas o burocratizadas hasta el infinito. Para cortar un árbol muerto necesitas un informe de impacto ambiental, un permiso de la Confederación Hidrográfica y la firma de un notario. Mientras tanto, el pino se seca y espera su momento de gloria como antorcha olímpica.
- Quemas prescritas (fuego controlado): un tema tabú. En lugar de quemar en invierno con seguridad, esperamos a que queme en verano con furia. Eso no es prevención, eso es dejación de funciones con ínfulas de ecologismo.
Los hechos: cuando el fuego «termina por declararse»
Y entonces llega el día D. El fuego no se declara, explotan porque el monte es un depósito de pólvora. Y las consecuencias, que ustedes llaman «catástrofe natural», son en realidad catástrofes políticas.
- Poder calorífico de infierno: las llamas generan tormentas de fuego y pirocumulonimbos. ¿Saben lo que eso significa? Que el fuego crea su propio clima y los bomberos solo pueden mirar y rezar. Pero eso no es «naturaleza», es biomasa acumulada durante 30 años de desidia.
- El suelo que se va al carajo: el fuego quema hasta la materia orgánica del suelo. Luego llueve y la tierra se convierte en barro que arrastra todo. El monte no se regenera, se convierte en desierto. Eso no es cambio climático, es perder la batalla en el primer asalto por no haber preparado el campo de juego.
- El coste desbocado: cada gran incendio cuesta millones de euros en medios aéreos, brigadas, helicópteros… y luego otros millones en indemnizaciones y reforestaciones que nunca llegan. Y mientras, ellos recortan partidas para los Agentes Forestales y los bomberos rurales, pero nunca para el Ministerio de la Tusa. Que venga la UME, que para eso pagan impuestos.
La hipocresía de la «Estrategia Nacional» (y del discurso único)
Es curioso. Siempre que hay un incendio, el gobierno convoca una reunión de crisis, promete un plan de choque y anuncia más medios de extinción. Más medios para apagar, nunca más medios para prevenir.
Y cuando algún periodista pregunta por la falta de limpieza de montes, la falta de pastoreo o la sobrepoblación de árboles, la respuesta es siempre la misma: «Es un problema estructural, necesitamos un pacto de Estado, hay que implicar a las autonomías…»
Traducción: «No pienso tocar ese tema porque es culpa de todos y si lo arreglo, perderé votos del sector ecologista radical que cree que los bosques son sagrados y no se tocan.»
La naturaleza no se gestiona sola, pero ustedes tampoco
El cambio climático es real. Es nuestra madre y nuestra puta. Pero utilizarlo como coartada para no hacer su trabajo es de una bajeza moral que ya no cuela.
Ustedes no son víctimas del clima, son cómplices del desastre. Porque mientras el mundo se quema, siguen financiando plantaciones de eucalipto (especies pirófitas que arden como gasolina) y siguen sin poner una puta vaca, una oveja o un pastor en el monte.
La solución no es talar todo, es gestionar. Es crear mosaicos agroforestales. Es pastoreo extensivo. Es quemas prescritas. Es cortafuegos bien hechos. Es voluntad política, no más ruedas de prensa.
El calor es el detonante. Pero el abandono, ese que ustedes han consentido durante años, es el que convierte un incendio en una tragedia nacional. Y mientras sigan echándole la culpa al cielo, el cielo se va a reír de ustedes… y nosotros, los de abajo, arderemos con él.
«Donde hay gestión, el fuego corre pero no arrasa. Donde hay abandono, el fuego borra el mapa.»
¿Van a seguir dejando que el mapa se borre o van a empezar a hacer su trabajo antes de que solo quede ceniza?







