Una fábula sobre la lengua como ariete, las disculpas como moneda de cambio y los sepultureros que cavan en silencio mientras la política identitaria entierra el sentido común
Noticia: Illa se disculpa por hablar en español en un acto internacional… Leer Más →
Arnau Illa, hermano gemelo del presidente de la Generalitat, llevaba treinta años cavando tumbas en Santa Maria del Bosc. Era un hombre de manos grises, espalda encorvada y aliento a vela apagada. Los vecinos decían que tenía «aura de sacristán anémico» porque pedía perdón hasta por respirar demasiado fuerte.
Pero aquel viernes de abril, Arnau hizo algo que ni él mismo esperaba: cogió el autobús de las seis, bajó en Barcelona para ver a su hermano que no sabia de el hacia mas de veinte años y se coló en el auditorio del acto oficial de carácter internacional. No llevaba invitación. Llevaba su pala doblada en la mochila y una curiosidad de enterrador que ya lo ha visto todo.
Dentro, los focos ardían sobre su hermano Salvador Illa, presidente de la Generalitat. Salvador hablaba en castellano, con esa voz pausada de consejero escolar, y decía cosas sensatas sobre financiación autonómica, convivencia y diálogo. Nada del otro mundo. Pero al salir, los telediarios ya habían picado la frase: «Salvador Illa acude a un acto internacional y rehúye el catalán».
La tormenta no tardó en llegar. Los talibanes de la lengua única —los mismos que Arnau veía en las procesiones identitarias con el megáfono al hombro— abrieron todas las compuertas del odio institucional. ERC exigió explicaciones. La CUP habló de «provocación». Los comentaristas de la prensa catalanista escribieron columnas con títulos como «Salvador Illa se avergüenza de nosotros» y «El castellano, el idioma de la traición».
Arnau, que solo quería ver a su hermano en los los grandes funerales mediáticos, volvió a su aldea con una idea fija: mi hermano iba a pedir perdón.
Lo olía. Treinta años enterrando muertos le habían enseñado a reconocer la culpa antes de que naciera.
Tres días después, la noticia cayó como una losa. Arnau la leyó en el bar, con los viejos de la taberna, mientras el televisor de tubo escupía la rueda de prensa.
Su hermano Salvador Illa aparecía serio, traje azul, corbata oscura. Y decía, textual:
«Muchos ciudadanos no lo han entendido y tienen razón. Pido disculpas si alguien se ha podido sentir ofendido. Fui a escuchar, no a provocar. Pero entiendo el malestar.»
Pere, el exbibliotecario, escupió el vino.
—¿Lo ves? —dijo—. Han conseguido que nuestro presidente se disculpe por hablar en castellano en un acto privado. ¿Dónde está la libertad de expresión cuando la lengua se convierte en ariete?
Maria, la costurera de sudarios, dejó la aguja.
—Lo peor no es que pida perdón —murmuró—. Lo peor es que tenga razón en pedirlo. Porque si no lo hace, le llaman fascista. Y si lo hace, le llaman débil. Así que pide perdón y ya está. Es más fácil.
Arnau apagó la tele con el mando roto.—Yo también he pedido perdón —dijo—. Toda mi vida. Por usar el español en mi propia aldea. Por decir «buenos días» en lugar de «bon dia». Por cavar tumbas sin preguntar en qué lengua rezaban los muertos. Me arrastré tanto que ahora las rodillas me duelen más que los muertos que entierro.
—Pero tú no eres presidente —apostilló Pere.
—Peor —respondió Arnau—, soy su hermano y sepulturero. Y a los sepultureros nadie les da una paguita por pedir perdón. Solo más tumbas que cavar.
Aquella noche, Arnau subió al campanario con una botella de vino peleón. Abajo, el cementerio brillaba bajo la luna llena. Pensó en su hermano, en sus disculpas, en la máquina de triturar sentido común que se había instalado en el corazón de la Generalitat. Una Generalitat postrada, justificando el español como si fuera una enfermedad venérea, mientras los talibanes de la lengua única exigían pureza de sangre lingüística.
«El catalán se muere de pura endogamia», pensó Arnau. Lo han inflado con odio, con subvenciones, con rencor. Lo han convertido en un dialecto de corral: solo sirve para que los gallos del independentismo se peleen por quién lo habla mejor. Y mientras tanto, los jóvenes se van. Y los viejos se callan. Y la izquierda purulenta prefiere el silencio a la realidad porque denunciar esta locura les costaría la paguita.
Arnau bebió un trago largo y recordó a una tal Sales, una política que salía siempre en la tele llorando por las esquinas medievales, exigiendo inmersión total, exigiendo multas, exigiendo odio líquido. «Que le den una paguita», murmuró Arnau. «Y que se ahogue con su propia bilis mientras el resto de los mortales intentamos enterrar a nuestros muertos sin que nadie nos pregunte en qué idioma lloramos.»
Al amanecer, Arnau bajó del campanario, cogió su pala y se dirigió al cementerio. En la puerta, una nueva placa exigía que todos los avisos fúnebres se redactaran «exclusivamente en lengua propia». Arnau sonrió, sacó un rotulador y escribió debajo, en español:
«Aquí yace la libertad de expresión de mi hermano. Murió de pedir perdón.»
Luego se puso a cavar. Porque los muertos, al menos, nunca le pidieron que se disculpara por nada.
Fin.








