El milagro de la fe inquebrantable (o cómo ver un incendio y decir que es un amanecer)
No debería sorprendernos. Llevamos años asistiendo al espectáculo de una nación que se desliza por una pendiente resbaladiza con la gracia de un elefante en una pista de patinaje, mientras una parte de la ciudadanía aplaude con la fervorosa convicción de quien asiste a un milagro divino. La crisis de Ceuta, con su trágico saldo de vidas perdidas y su gestión que deja más preguntas que respuestas —¿dónde estaban los medios cuando se necesitaban?, ¿quién dio la orden de no intervenir?, ¿por qué la respuesta fue tan tardía y tan tibia?—, no es más que el último capítulo de una serie que ya cansa, repite tramas y aburre al respetable. Pero lo que realmente produce una mezcla de vergüenza ajena, hastío y una punzada de preocupación antropológica es comprobar cómo, a pesar de todo, sigue habiendo quienes defienden lo indefendible con la misma vehemencia con la que un niño defiende que su dibujo mal hecho es un Picasso. ¿Fe? ¿Ideología? ¿Miedo a admitir el error? Da igual el nombre. El caso es que, contra toda evidencia, contra toda lógica y contra todo dato objetivo, ahí siguen, firmes en su trinchera, negando la mayor.
El arte de la gestión: corrupción como performance y el ciudadano como espectador de lujo
Es casi un ejercicio de fe. Una fe inquebrantable en un proyecto político que, visto con un mínimo de perspectiva histórica y un ápice de honestidad intelectual, es un auténtico museo de los horrores de la gestión pública. Un proyecto que ha hecho de la corrupción sistémica una forma de arte y de la manipulación de las instituciones del Estado un hábito tan común que ya ni se disimula, como quien se rasca la nariz en público sin ningún pudor. El Tribunal de Cuentas, el Defensor del Pueblo, el Poder Judicial, la Fiscalía… todas esas incómodas instituciones que deberían velar por el equilibrio democrático han sido sometidas a un desgaste continuo, a una erosión deliberada que las convierte en meros apéndices de la voluntad ejecutiva o, peor aún, en enemigos a batir. Mientras el ciudadano de a pie —ese ser incómodo que paga sus impuestos y encima tiene la osadía de pedir servicios públicos dignos— aprieta el cinturón para soportar una presión fiscal que no deja de crecer, de forma cada vez más desesperada y arbitraria, el gobierno demuestra una habilidad pasmosa para desatender las necesidades más básicas. La sanidad pública, ese orgullo que fue de todos, languidece con listas de espera que parecen medirse en eras geológicas; la ley de dependencia, que nació con un propósito noble, se ha convertido en un espejismo burocrático donde las ayudas prometidas viajan a la velocidad de una caravana de burros; las infraestructuras viarias parecen haber sido diseñadas por un aprendiz de topógrafo que odia el asfalto, y la red eléctrica, con sus apagones y sus subidas de tensión, nos recuerda que vivimos en el primer mundo pero con servicios del tercero. Pero, claro, siempre hay una excusa, una cortina de humo —normalmente una crisis internacional o un enemigo exterior convenientemente demonizado— a la que señalar para desviar la atención. La pandemia fue buena, la guerra de Ucrania fue mejor, y si no hay guerra, siempre se puede inventar un «lawfare» o una «ultraderecha» que amenaza la democracia.
Manual de prioridades: primero los delincuentes, luego las víctimas (y si sobra tiempo, las carreteras)
La desprotección al ciudadano es total. Es tan absoluta que uno se pregunta si el objetivo no es precisamente ese: desproteger al ciudadano de a pie para que no moleste, para que no pida, para que se conforme con las migajas de un Estado que se ha vuelto sordo, ciego y mudo a sus necesidades reales. Mientras tanto, se dictan leyes que, a ojos de muchos juristas y de una mayoría social silenciosa, parecen diseñadas para poner alfombras rojas a los delincuentes sexuales —leyes que rebajan penas, que facilitan excarcelaciones y que parecen inspirarse más en un manual de defensa del agresor que en la protección de la víctima— y se sellan pactos ignominiosos con quienes han formado parte del entorno de ETA, esa banda criminal que durante décadas sembró el terror en las calles de este país. La amnistía para aquellos cuyo único proyecto político es romper España, fracturar su convivencia y reescribir la historia a su antojo se negocia en despachos oscuros, en mesas de café de hoteles de lujo y en pasillos del Congreso, a espaldas de un pueblo que ve, atónito y mudo, cómo su futuro se empeña en una mesa de póker donde las cartas están marcadas, los jugadores hacen trampa y el crupier mira hacia otro lado. La amnistía no es un gesto de grandeza ni una muestra de diálogo; es, en el mejor de los casos, una rendición encubierta; en el peor, una traición a la memoria de las víctimas y a la integridad del Estado de derecho. Pero, claro, a los fanáticos de la fe militante todo esto les parece un avance, una muestra de «convivencia» y «progreso». Como si olvidar fuera lo mismo que perdonar, y como si perdonar a quien no se arrepiente fuera una virtud, y no una patología política.
La defensa nacional: esa molesta preocupación que siempre podemos dejar para mañana (o para nunca)
Y, por si fuera poco, mientras el mundo se vuelve un lugar más peligroso y volátil —con guerras en el este de Europa, tensiones en Oriente Medio y una reconfiguración geopolítica que deja a Europa en una posición más frágil que un castillo de naipes—, nuestra defensa nacional es objeto de un abandono que raya la negligencia criminal. Los presupuestos para defensa son una limosna mal disimulada, los equipos militares están obsoletos, los buques de la Armada parecen sacados de un museo naval y los aviones de combate vuelan con piezas remendadas como si fueran coches de segunda mano. Pero, ojo, que tampoco hay que alarmarse, porque el gobierno nos asegura que «no hay amenaza», que «la paz es la mejor defensa» y que «gastar en armamento es belicista», mientras nuestros soldados, que son los mejores profesionales que tiene este país, hacen malabares con medios indignos y sueldos que no corresponden a su sacrificio. Las falsas promesas de apoyo económico tras las catástrofes se han convertido en un triste déjà vu. Se anuncia con bombo y platillo, se llena la boca con palabras de solidaridad y compromiso, los medios de comunicación afines difunden el mensaje con profusión, y cuando la atención mediática se desvía hacia el siguiente escándalo o la siguiente polémica fabricada, el apoyo económico se desvanece en el aire, se diluye en la burocracia o se queda en una partida presupuestaria fantasma, dejando a las víctimas —damnificados por inundaciones, incendios o terremotos— a su suerte, con sus vidas destrozadas y su confianza en las instituciones hecha añicos. Pero no importa, siempre habrá un comunicado oficial, una rueda de prensa y un puñado de tuiteros entusiastas dispuestos a defender que el gobierno ha hecho todo lo posible, que la culpa es de la oposición, de la climatología adversa o de la mala suerte.
El etcétera infinito: donde caben todas las mentiras, pero no las soluciones
Efectivamente, un largo etcétera de mentiras, de falsas promesas que nunca se cumplen, de una gestión que prioriza el relato por encima de la realidad, la imagen por encima del fondo y la propaganda por encima de la eficacia. El etcétera incluye, entre otras perlas, la reforma laboral que prometía empleo de calidad y ha traído más precariedad; la reforma de las pensiones que aseguraba el futuro y ha hipotecado a las generaciones venideras; la ley de vivienda que garantizaba el acceso a un hogar y ha encarecido aún más el alquiler; la ley de cambio climático que prometía un futuro verde y ha dejado el campo español en una situación desesperada. Y es aquí donde la ironía se vuelve amarga, corrosiva, casi insoportable. Porque lo peor de todo, lo que realmente duele, desconcierta y produce una sensación de vacío existencial, no es la dejadez del gobierno —que ya es un mal en sí mismo, un mal que corroe las bases del Estado y envenena la convivencia—. Lo peor es descubrir el fanatismo de quienes, cegados por su militancia, por su apego al poder, por su miedo a que la verdad les obligue a cambiar de opinión, o por un inexplicable síndrome de Estocolmo político, son capaces de justificar lo injustificable. Esa adhesión incondicional que convierte la crítica razonada en herejía, el dato objetivo en «fake news» y la realidad en un mero estorbo que hay que apartar de un manotazo. Esa es la verdadera tragedia española. Ya lo decía aquel viejo aforismo periodístico: lo más peligroso no es el político que miente, sino el ciudadano que le cree. Y en este país, el número de creyentes es, para nuestra desgracia, alarmantemente alto.
El teatro de las apariencias: cómo convertir un naufragio en un éxito de taquilla
No contentos con gobernar, los estrategas de la comunicación oficial han perfeccionado el arte del «relato». Han convertido la gestión pública en una obra de teatro donde el decorado es más importante que los cimientos, donde el maquillaje disimula las grietas y donde el actor principal, con su sonrisa ensayada y su discurso milimétricamente medido, nos asegura que el incendio que vemos detrás de él no es más que una iluminación escénica bien estudiada. Los medios de comunicación afines —que no son pocos, ni tímidos, ni discretos— se encargan de amplificar el mensaje, de darle vueltas al espejo hasta que la imagen refleje lo que el poder quiere que veamos. Y así, mientras la economía real se resiente, mientras los autónomos cierran sus negocios y los jóvenes se marchan al extranjero en busca de un futuro digno, los titulares triunfales nos hablan de récords de crecimiento, de «pleno empleo» (aunque sea temporal y precario) y de «estabilidad política» (aunque sea la estabilidad del cadáver que no se mueve porque ya no tiene fuerzas para agitarse). La propaganda es el pegamento que mantiene unida esta realidad paralela, y los fieles militantes son los encargados de repartir el pegamento gratis por las redes sociales, convencidos de que están construyendo un monumento cuando en realidad están tapando un agujero. Da pena, sí. Pero también da rabia. Mucha rabia.
El canto de la tripulación mientras el barco se hunde (y el capitán niega las olas mientras cobra el salvavidas)
Se nos dice, con una seriedad que rozaría lo cómico si no fuera tan trágica, que las relaciones internacionales son «muy positivas», que los inversores extranjeros confían en el modelo español, que hay que tomarse las cosas «con calma y paciencia», que el tiempo pondrá a cada uno en su sitio. Incluso cuando las críticas internacionales sobre nuestra economía, nuestra política migratoria, nuestra deriva institucional y nuestra falta de credibilidad no cesan, el mensaje oficial es el mismo: tranquilidad, confianza, todo bajo control. Es el mantra de los que no tienen argumentos, el consuelo de los que han perdido la razón, el refugio de los que se niegan a mirar el acantilado hacia el que nos dirigimos a toda velocidad. Pero la paciencia tiene un límite, y la calma, ante el naufragio, deja de ser una virtud para convertirse en un síntoma de parálisis. Mientras tanto, el barco sigue haciendo agua por todos los costados, la proa se hunde lentamente, el casco cruje, la tripulación de los aplaudidores —numerosa, ruidosa, bien pagada con prebendas y cargos de confianza— sigue cantando en la proa que todo va bien, que es el mejor de los barcos posibles, que el capitán es un genio de la navegación y que el océano está en calma. Así nos va. El problema no es la tormenta, que ya es suficientemente grave; el problema es el capitán que niega que haya olas y, lo que es peor, una parte de la tripulación que aplaude su ceguera mientras el agua les llega a las rodillas. Esa es la estampa más desoladora de esta España nuestra: no el político que nos miente, sino el ciudadano que prefiere creerle porque la verdad es demasiado incómoda.
La esperanza como último recurso (y la ironía como única vacuna)
Al final, uno se pregunta si hay salida, si este ciclo de indignación y sumisión, de promesas rotas y defensas incondicionales, tiene algún fin. La historia nos enseña que los regímenes de complacencia no duran para siempre, que la realidad siempre acaba por imponerse al relato, que el agua, tarde o temprano, desborda la presa de la propaganda. Pero mientras llega ese momento, mientras la ciudadanía despierta del sueño hipnótico al que la han sometido, solo nos queda el recurso de la ironía, el arma de los débiles y el consuelo de los que ven claro el desaguisado. Reírnos para no llorar, como decía aquel. Señalar con el dedo y la sonrisa amarga a esos defensores de lo indefendible, a esos apologistas del desastre, a esos palmeros del desgobierno que, con su fe irracional, están contribuyendo a hundir el barco en el que todos navegamos. La esperanza, dicen, es lo último que se pierde. Pero la paciencia, la confianza y la credibilidad ya se han perdido hace tiempo. Ahora solo queda la verdad, aunque duela, y el coraje de decirla en voz alta, aunque a algunos les moleste. Porque, al final, la historia no juzgará a los que gobernaron mal, sino a los que les dejaron gobernar así. Y ese juicio, queridos lectores, será implacable.








