O cómo Sánchez convirtió un insulto en una clase de golf
Hay quien dice que la política internacional es como el ajedrez: movimientos calculados, estrategias milimétricas, sacrificios necesarios. Pero luego está Pedro Sánchez, que parece jugar al Parchís mientras Donald Trump le mueve las fichas a su antojo.
El miercoles, el mandatario estadounidense volvía a cargar contra España. «Mala gente», nos llamó. «No queremos relaciones comerciales con ellos». El desplante, monumental. La afrenta, mayúscula. Y mientras el señor presidente del Gobierno hacía exactamente lo que cualquier líder con dignidad haría en una situación así: intercambiar impresiones sobre el puto golf.
Porque, amigos, esa es la crónica de una humillación anunciada. Trump insulta, Trump amenaza, Trump pone a España en el disparadero comercial, y nuestro gran estratega nacional responde con un comentario sobre lo bien que organiza el Mundial y lo mucho que le gusta el green. Maravilloso. Si Groucho Marx levantara la cabeza…
La estrategia del «no te enfades, que es un juego»
Lo mejor de todo es el relato triunfalista que algunos pretenden vender después: «Miren qué bien, hemos hablado de fútbol, la relación es cordial, Trump ha rebajado el tono». Como si el hecho de que un tipo con complejo de deidad decida no liquidarnos diplomáticamente en ese preciso instante fuera un logro, y no el mínimo exigible a cualquier ser humano con dos dedos de frente.
Pero no nos engañemos: Trump no se ha «redimido», ni mucho menos. El magnate neoyorquino ha conseguido exactamente lo que quería: sembrar el caos, colocar a España en una posición defensiva, y que el Gobierno español se sienta tan agradecido por «salvar los muebles» que olvide que el motivo de la disputa era su negativa a sumarse a una escalada bélica en Irán. ¿O es que alguien se ha olvidado ya de eso?
Cuando el «gallito» se convierte en «pollito»
Es curioso cómo funciona la valentía política en España. En la distancia, en el plató de un programa de televisión o en el escaño del Congreso, Sánchez es el azote de Trump, el defensor de los valores europeos, el estadista que planta cara al imperialismo yanqui. Pero cuando se ven las caras en Ankara, el mismo que prometía no doblegarse aparece comentando handicaps y alabando el birdie de turno.
¿Qué esperábamos? ¿Qué le dijera: «Oye, Donald, deja de llamarnos rábanos e inventarte números sobre nuestro gasto en defensa»? ¿Un «no me vengas con tu diplomacia del saloon, pistolero»? Eso sería pedir demasiado. Al fin y al cabo, nuestro presidente no puede arriesgarse a que el niño mimado de la OTAN se enfade y amenace con llevarse su pelota a otra parte.
La gran paradoja del «socio díscolo»
Lo más patético de todo es el intento de vender la humillación como victoria. Trump insulta, Trump amenaza, Trump exige… y al final, cuando el Gobierno español se pliega a sus peticiones (porque, no nos engañemos, el tema del gasto en defensa y el pago a la OTAN siempre termina resolviéndose), el magnate dice que «España se ha redimido por completo».
¿Redimido? ¿Acaso habíamos cometido un pecado original por no saltar al ritmo que marca Washington? ¿Tener una política exterior propia es ahora un delito que requiere absolución?
Pero ahí está el truco, queridos lectores. Trump ha creado el problema para vender la solución. Insultando, presionando, amenazando, ha conseguido que España se sienta tan aliviada por el cese de las hostilidades que casi olvida que el conflicto era artificial, fabricado, una simple performance para recordarnos quién manda realmente en el patio de la OTAN.
El verdadero «matón» de la alianza
Lo más irónico es que los europeos, esos mansos que ya le han tomado la matrícula al matón de turno, saben perfectamente que Trump es la mayor amenaza interna para la supervivencia de la OTAN. Pero callan. Agachan la cabeza. Hablan de fútbol y de golf mientras el zorro se acerca al gallinero disfrazado de guardián.
Porque el problema no es que Trump sea un bocazas. El problema es que su estrategia funciona. Siembra el caos, y los demás corren a poner orden. Amenaza con romper relaciones, y los países se apresuran a demostrar su lealtad. Insulta a los líderes, y estos le responden con deferencias sobre su swing.
¿Y Sánchez? Pues tan contento. Ha demostrado que su «quijotismo» solo funciona cuando nadie mira. Que su resistencia es de boquilla, de postureo, de titular efectista. Porque cuando el gigante americano le mira a los ojos, el que prometía no arrodillarse se convierte en el más solícito de los escuderos.
El arte de perder dignidad sin perder el cargo
Al final, Trump logra su propósito. No porque tenga razón, ni porque su política sea la adecuada. Logra su propósito porque el miedo y la sumisión son más rentables políticamente que la dignidad y la coherencia.
Sánchez vuelve a España. En los telediarios, destacarán que «las relaciones se han normalizado». Algún portavoz gubernamental hablará de «diplomacia discreta y eficaz». Y mientras tanto, Trump habrá conseguido que un país europeo se sienta en deuda con él por haber dejado de insultarlo.
Todo en orden en el maravilloso mundo de la sumisión voluntaria. El líder estadounidense, el «matón» que amenaza con devorar la OTAN desde dentro, sale ganando. El presidente español, que prometía plantar cara, sale perdiendo. Pero como en el fútbol y en el golf, lo importante no es ganar, sino participar… y que no te expulsen del campo.
PD: La próxima vez que Trump nos insulte, quizá deberíamos responderle con un comentario sobre el tiempo en Mar-a-Lago. Que para eso está la diplomacia, ¿no? Para hablar de todo menos de lo que importa.








