Don Julián: un traidor con grandeza
Don Julián, el gobernador de Ceuta, era un traidor. Pero era un traidor con grandeza. Su venganza contra el rey Don Rodrigo, aunque motivada por el orgullo herido y la codicia, tenía la pátina de la épica. Abrió las puertas de la fortaleza a las huestes de Táriq, sí, pero lo hizo con la certeza de que estaba desatando una tormenta que cambiaría el curso de la historia. Era un hombre de poder, que manejaba ejércitos y fronteras como si fueran piezas de ajedrez. Su pecado fue la soberbia, pero su instrumento fue la guerra. Al final, su nombre quedó grabado como sinónimo de felonía, pero su acción tuvo el peso de un terremoto geopolítico.
Pedro Sánchez: el traidor de pacotilla
Pedro Sánchez, en cambio, no tiene la excusa de la grandeza. Es un Don Julián de saldo, un traidor de pacotilla, cuyo único ejército es el de los asesores de comunicación y cuya arma más letal es un tuit bien medido. Si el primer traidor vendió España por una afrenta personal, el segundo la ha puesto en almoneda por un complejo de inferioridad, un puñado de escaños y una foto con el rey de Marruecos.
La afrenta que no soporta: la sombra del Rey
En su mente calcinada por la vanidad, el presidente del Gobierno no hizo nada en los 80.000 invasores que entraban en Ceuta. Los vio como una oportunidad. Una oportunidad para darle una lección a Felipe VI, a quien desprecia con la inquina del que no soporta una autoridad moral que no puede controlar. El rey, con su neutralidad institucional, le recordaba constantemente que había un poder por encima de su mayoría parlamentaria circunstancial. Esa sombra le era insoportable. Necesitaba demostrar que él, y solo él, era el dueño del relato y de las fronteras.
La invasión como moneda de cambio
Así que, lejos de defender la soberanía nacional, Sánchez facilitó la entrada masiva. No fue una negligencia; fue una decisión calculada. Ordenó a Marlaska que bajara la mirada. Instruyó a sus Ministros para que miraran hacia otro lado. Usó la «solidaridad» y los «derechos humanos» como un burdo disfraz para su plan macabro: inundar la ciudad autónoma de cuerpos desesperados para usarlos como moneda de cambio en su particular guerra de egos.
No ve personas, ve titulares
Mientras los invasores, muchos de ellos meros peones sin saberlo, deambulaban por las calles de Ceuta, Sánchez se frotaba las manos en la Moncloa. No veía personas; veía titulares. No veía una crisis humanitaria; veía un arma arrojadiza contra la Corona. «Que el Rey intente explicar esto», debió pensar. «Que salga a consolar a los ceutíes, a pedir calma, mientras yo controlo las fronteras del discurso».
La puñalada trapera, no la batalla
La venganza fue cruel, mezquina y cobarde. No hubo batalla, ni honores, ni un ejército vencido. Hubo una rendición sin condiciones de la soberanía española, firmada con la rúbrica de un presidente que prefería ver su país mancillado antes que reconocer un ápice de autoridad a su jefe de Estado. Don Julián, al menos, enfrentó a Rodrigo en el campo de batalla. Sánchez prefirió la puñalada trapera, el cerco invisible, la invasión silenciosa de la dignidad nacional.
La prensa aplaude, España humillada
Cuando el Rey, desde su deber institucional, alzó la voz para recordar la integridad territorial y la necesidad de unidad, Sánchez ya había conseguido su objetivo: la prensa afín aplaudía su «gestión de la crisis», los voceros del gobierno hablaban de «éxito diplomático», y el foco mediático se alejaba de la figura del Monarca para posarse, una vez más, sobre el ombligo del presidente. Pero el precio fue la humillación de España. Permitió que su suelo fuera pisado por miles de personas sin control, que sus fuerzas de seguridad fueran desautorizadas y que la imagen de un país serio y respetuoso con sus leyes se desmoronara en el escaparate internacional.
La tarjeta de crédito como despedida
¿El resultado final? Los invasores, utilizados como carne de cañón política, unos 60.000 fuerón devueltos a Marruecos con una palmadita en la espalda, querando en Ceuta unos 20.000, mientras Sánchez declaraba la «vuelta a la normalidad» y se apuntaba un tanto en su particular guerra contra un rey que solo puede hablar cuando el gobierno le permite hacerlo.
El peor de todos los gobernantes
Don Julián fue el gobernador que vendió la llave del reino. Pedro Sánchez es el presidente que alquiló la dignidad de su país por un puñado de minutos de gloria en el telediario mintiendo. El primero fue un traidor histórico; el segundo, un político mezquino que convirtió la traición en espectáculo, la invasión en performance y la soberanía nacional en un simple argumento para su vanidad. Mientras Don Julián cambiaba el mapa de Occidente, Sánchez solo ha conseguido cambiar el canal de la televisión para que suene su nombre. Y en esa farsa, ha demostrado ser el peor de todos los gobernantes: aquel que, por un rencor infantil, está dispuesto a que su país arda, siempre y cuando él sea el único bombero que salga en la foto.
NOTA DEL AUTOR:
Este artículo es un cuento de ficción… o no, según como se lea.
Si usted cree que un presidente del Gobierno que nos ha mentido miles de veces, con una mayoría parlamentaria frágil y dependiente de partidos independentistas y proetarras (que dijo que nunca pactaría con ellos), jamás podría orquestar una maniobra tan temeraria y contraria al interés nacional solo para desgastar a la Corona, entonces este es un relato fantástico, una alegoría exagerada, un ejercicio de literatura política descabellada.
Pero si usted ha visto cómo el actual gobierno de Pedro Sánchez cambió la postura histórica de neutralidad de España y respaldó el plan de autonomía de Marruecos para el Sáhara Occidental, cómo ha modificado el control fronterizo sin consultar a los ceutíes, cómo ha alagado a Marruecos la gestión de sus propias fronteras, cómo ha silenciado las voces críticas dentro del Estado, a mentido al dar las explicaciones después de 30 días y cómo ha convertido la política exterior en un tira y afloja con la Jefatura del Estado para obtener réditos electorales…
Entonces quizá este artículo no sea tan ficticio. Quizá sea, simplemente, una crónica escrita con el maquillaje de la ficción para que no parezca lo que es: una denuncia de la deriva de un gobierno que ha hecho de la cesión de soberanía su principal herramienta de supervivencia política. Porque, como dijo alguien alguna vez, la realidad supera a la ficción. Y en este caso, la ficción solo intenta ponerse a su altura.








