Crónica de una traición anunciada como política de Estado

Sep 2, 2026

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Por un observador cansado de la farsa de Pedro Sánchez

Hay momentos en la vida pública en los que la realidad supera a la ficción, no por su grandeza, sino por su miseria. El texto que ha circulado estos días bajo el título de «Crónica de una traición anunciada» no es, ni mucho menos, un simple ejercicio literario. Es un síntoma. Un termómetro de una fiebre que llevamos años tratando de ignorar, y que ahora, con la crudeza de un informe policial filtrado y la pátina de un culebrón veraniego, se nos presenta como un espejo deformante pero cruelmente nítido.

El autor del relato —que se define como «un español hasta las criadillas de los políticos»— no escribe para entretener. Escribe porque el canal institucional se ha atascado. Porque la prensa de paniaguados del gobierno, dócil y complaciente, ha renunciado a su función de contrapoder. Porque la verdad, cuando no cabe en los titulares, se viste de metáfora para poder ser contada sin ser censurada. Y eso, permítanme decirlo sin ambages, es ya un diagnóstico de la salud democrática de este país.

El presidente no es un inepto: es un estratega de su propia supervivencia

La primera gran virtud del relato es que desmonta un mito recurrente en cierta izquierda acomodaticia: la del presidente como un bonachón despistado, víctima de las circunstancias y de la mala baba de la oposición. El cuento nos presenta a un presidente que sabe, calcula y negocia. Que no actúa por ignorancia, sino por conveniencia.

Y aquí es donde el cinismo se convierte en método de análisis. Porque si asumimos —como parece razonable— que el presidente no es tonto, entonces sus decisiones dejan de ser errores para convertirse en elecciones. Y sus elecciones, en los últimos años, han tenido un denominador común: la cesión de soberanía en el norte de África, el blanqueo de un régimen que viola sistemáticamente los derechos humanos y una política migratoria que ha externalizado la frontera en manos de quien la utiliza como arma de negociación.

El relato apunta a un trueque: Ceuta y Melilla como moneda de cambio por el silencio de Rabat sobre ciertas «informaciones comprometedoras». ¿Es creíble? Más que creíble, es la única hipótesis que da coherencia a una política exterior que, vista desde fuera, parece un ejercicio de masoquismo diplomático. El presidente no defiende a Marruecos porque sea fiable; lo defiende porque el monarca alauita tiene algo que calla. Y ese algo, sea lo que sea, vale más que la dignidad nacional.

Marruecos tiene el as de espadas, y España se ha quedado sin baraja

El segundo gran acierto del relato es su retrato de la asimetría de poder entre ambos países. No se trata de una relación entre iguales, ni siquiera entre socios. Es una relación de vasallaje encubierto, donde Marruecos marca el ritmo y España se limita a bailar la música, por grotesca que sea.

El episodio de los 80.000 invasores de Ceuta —que el Gobierno se empeñó en llamar «llegada masiva» para no llamar «invasión» a lo que fue una invasión— es el ejemplo perfecto. Los gendarmes marroquíes no fueron meros espectadores; fueron coreógrafos. Abrieron la valla, guiaron a los migrantes y, cuando el daño político estaba hecho, cerraron el grifo. ¿Y qué hizo el Gobierno? Agachar la cabeza, agradecer la «colaboración» y seguir hablando de «Marruecos como socio fiable».

El relato tiene el mérito de llamar a las cosas por su nombre, aunque sea en clave de ficción. Y lo hace con una ironía que, por desgracia, es más realista que cualquier comunicado oficial. Porque la realidad no es irónica; es obscena. Y la obscenidad de ver a un presidente europeo besar la mano de quien le escupe en la otra es difícil de digerir sin un poco de cinismo.

La ciudadanía ya no es idiota, y eso es un problema para el poder

Quizás el aspecto más esperanzador —y a la vez más peligroso para el establishment— del relato es su constatación de que los españoles ya no se creen el mantra. La teoría de la conspiración ha dejado de ser teoría para convertirse en deducción lógica. Y no porque los ciudadanos hayan enloquecido, sino porque han visto demasiado.

El caso Ábalos, el caso Cerdán, los sobres en el Ministerio, los informes policiales que desaparecen y aparecen según conviene, el lawfare, las cloacas del Estado… Todo eso ha ido erosionando la credibilidad de unas instituciones que ya no se sostienen por su legitimidad, sino por la inercia de un sistema que premia la lealtad al partido por encima de la lealtad al país.

El relato pone en boca del pueblo la exigencia de dimisión o disolución de Cortes. No es un exabrupto; es la constatación de que un gobierno colaboracionista con el invasor ha perdido el monopolio de la legitimidad moral. Y cuando eso ocurre, la política se convierte en demagogia y el Parlamento, en una sala de máquinas donde solo importa el botón del voto.

Ficción y realidad: una frontera cada vez más difusa

Lo más inquietante del relato no es su trama, sino su verosimilitud. Que los gendarmes guíen a los migrantes, que los agentes de paisano obedezcan a Rabat, que el presidente negocie la invasión a cambio de silencio… Todo eso, hace diez años, sería argumento de novela. Hoy, es material de archivo de cualquier medio alternativo.

Y sin embargo, el poder sigue actuando como si el relato no existiera. Como si la ciudadanía no hubiera aprendido a leer entre líneas. Como si la traición, cuando se viste de realismo político, dejara de ser traición para convertirse en «gestión de la complejidad».

Epílogo para despistados

Este artículo no es un llamamiento a la insurrección, sino a la lucidez. El relato que hemos comentado es una realidad, sí, pero una realidad fundada en hechos contrastados, en filtraciones periodísticas, en declaraciones oficiales que se desmienten a sí mismas. Si el poder se siente aludido, que no se preocupe: el relato no habla de él. Habla de todos los gobernantes que han antepuesto su poltrona a su país.

Y si a usted, lector, le suena a alguien, apriete el puño y luego vaya a votar. O mejor aún: deje de votar a quienes le toman por tonto. Porque tonto no es el presidente; tonto es el que aún cree que no le mienten. La democracia no es un acto de fe; es un ejercicio de escepticismo activo. Y en tiempos de traición anunciada, el escepticismo no es una opción: es una obligación.

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