La mentira como refugio íntimo
Hay mentiras piadosas, mentiras estratégicas y mentiras de compromiso. Y luego está Pedro Sánchez, que ha convertido el arte del autoengaño en un género literario, político y existencial. Porque no se trata ya de que engañe al electorado, a sus socios o a la opinión pública; eso sería casi comprensible dentro del oficio. Lo realmente fascinante, casi patológico, es que Sánchez se miente a sí mismo con la misma fluidez con la que otros respiran.
El vigía interior que se jubiló con sobresueldo
Allí donde la mayoría instalamos un modesto vigía interior que nos recuerda que dos y dos son cuatro, Sánchez ha puesto un cartel de «Se alquila» y ha clausurado el local. ¿Que perdió las elecciones? No importa: él ganó, aunque los números digan lo contrario. ¿Que pactó con quienes ayer llamaba independentistas, populistas, herederos de ETA? No importa: él defiende la moderación, aunque los hechos griten. Ese mecanismo de defensa, tan eficaz como miserable, le permite no mirar nunca al abismo. Pero el abismo, ay, se mira a él.
Cuando la brújula interna se funde para siempre
Lo curioso es que, al habituarse a distorsionar su propia realidad interna, la frontera entre lo verdadero y lo inventado se le ha difuminado para siempre. Ya no es que Sánchez decida mentir; es que no sabe cómo no hacerlo. Ha perdido el testigo interior, ese pequeño juez que en personas normales susurra: «Oye, esto que estás diciendo no se ajusta a la realidad». En su cabeza, ese juez lleva años jubilado, quizás con un buen finiquito pagado con soberbia.
El reflejo automático del mentiroso compulsivo
La misma herramienta que usa para engañarse a sí mismo es la que emplea automáticamente con el resto del mundo. Cuando promete algo que sabe imposible, cuando niega lo que acaba de firmar, cuando certifica la paz con quienes le escupen cada mañana, no está ejecutando una estrategia maquiavélica. Está siendo fiel a su naturaleza. Es un reflejo condicionado, como el parpadeo o el latido. Miente igual que nosotros tosemos: sin apenas darse cuenta.
El castillo de naipes que arrastra a todos
El resultado es la destrucción sistemática de cualquier vínculo de confianza. A estas alturas, ¿quién puede fiarse de su palabra? Ni sus socios de gobierno, que saben que cada abrazo es una trampa. Ni sus adversarios, que ya ni se molestan en contrastar sus datos. Ni siquiera su propio partido, donde muchos callan por disciplina pero ninguno cree. Porque cuando alguien se ha convertido en enemigo de sí mismo —arrasando su propia brújula interna—, ¿cómo no va a ser enemigo de todos los demás?
El mentiroso que ya no sabe cómo no serlo
Pedro Sánchez es un mentiroso compulsivo consigo mismo. Y por eso, precisamente por eso, lo es también con el mundo. Vive en un castillo de naipes levantado sobre la arena movediza de su propio autoengaño. Y el problema no es que el castillo vaya a caer —que caerá, como caen todos—, sino que mientras tanto, nos invita a todos dentro, nos asegura que los cimientos son de granito y nos mira con esa sonrisa de quien ya ha olvidado la diferencia entre el suelo firme y el vacío. Lo más triste, en todo caso, no es que mienta. Lo más triste es que quizás ya ni lo sabe.








