Pero no nos engañemos. El chiste del «menú del día» (Papa, Franco y Zapatero = Papa con huevos y chorizo) no era una profecía. Era un chiste de borrachos. Un chiste de barra de bar que ha existido desde que Franco estaba tieso. ¿Que ha vuelto a ser viral? Claro. Porque ahora, seis años después, resulta que el tal Zapatero no era el monje tibetano de la «decencia» y la «retirada digna» que nos vendieron. Resulta que el ex presidente que predicaba la “austeridad” mientras firmaba el Título I de la Ley de Dependencia, tenía un séquito con joyas y relojes de lujo en una caja fuerte.
Y ahí está la gran ironía: El Risitas se partía la caja contando la historia de un borracho que se cagaba en este ídolo de barro. Y hoy, los mismos que aplaudían a Zapatero como el estadista más decente de Europa son los que ahora dicen: «Bueno, pero el chiste es muy machista».
Zapatero: El ‘Papa con huevos’ que nunca pagó la cuenta
Seamos cínicos: Zapatero lleva una década alimentando su mito personal. El del chándal, la Barbacoa Progre y la mano tendida al diálogo en Venezuela. El que «no se lleva ni un duro» porque su «patrimonio es su honor». Y ahora resulta que su gente más cercana (porque siempre es «su entorno», nunca «él») guardaba un tesoro que haría palidecer a los Reyes Magos.
El chiste de El Risitas no ha sido «visionario». Ha sido inevitable. Cualquier hijo de vecino con dos dedos de frente sabía que esa imagen del «político humilde y austero» era un cartón piedra. Lo que pasa es que hace seis años, si te reías de Zapatero, eras un facha. Ahora, si te ríes de Zapatero, eres un «nostradamus».
¿Y Zapatero qué hace? Calla. Como siempre. O peor: sale con la cantinela de «es un ataque a la democracia». La misma estrategia que usó con la crisis del 11-M, con la crisis económica y con la crisis de los ERE. Nunca es su culpa. Siempre es el chiste de un borracho, el juez de turno o la derecha mediática.
Pero lo peor no es que Zapatero tuviera un séquito con joyas. Lo peor es que el PSOE siga temblando ante la posibilidad de que alguien recuerde que, durante siete años, este señor hundió este país en el paro y la indignidad, y encima nos vendió que era un santo.
El Risitas, desde el cementerio, se ríe de ustedes. Se ríe de la prensa que ahora le hace profeta. Se ríe de los políticos que le usan como meme. Y se ríe, sobre todo, de Zapatero. Porque el chiste no era que un borracho entrara en un bar. El chiste es que un expresidente salió del bar sin pagar, con un Rolex bajo el brazo, y convenció a medio país de que era la hostia consagrada.
El cinismo definitivo
Así que dejémonos de «nostradamus» y de «visionarios». El Risitas no vio el futuro. Vio el presente. Vio lo que todos veíamos pero teníamos miedo de decir porque «la decencia» de Zapatero era un dogma de Estado. Ahora que la mierda ha salpicado el abanico, resulta que el cómico sevillano era un iluminado.
No. Era un tío con un par de cojones. Contó una verdad incómoda disfrazada de chiste de borracho. Y la izquierda, que le ignoró en vida, le aplaude ahora muerto porque les viene bien para desmarcarse del cadáver político de Zapatero.
¿El remate final? Que mientras el PSOE se rasga las vestiduras por el «caso de las joyas» y la derecha se frotas las manos con el vídeo, El Risitas sigue riéndose. Porque demostró lo que siempre sospechamos: En España, para ser un profeta, solo hace falta contar una verdad sobre los poderosos mientras te ríes como un salvaje.
Y Zapatero, el eterno sonriente bobo de la transición socialista, hoy no puede ni mirarse al espejo. Porque cada vez que lo hace, oye una risa. Una risa que viene de Sevilla. Una risa que dice: «¡Ay, pisha, cómo te ha quedado el menú!







