Crónica de una primera jornada de juicio que ya huele a podrido, a prescripción y a pajazo mental jurídico
Ayer no se juzgaba un caso de corrupción en Audiencia Provincial de Badajoz. Ayer se representaba el último acto de la comedia del absurdo que la familia Sánchez lleva años financiando con dinero público, silencios cómplices y una pátina de victimismo que ya ni siquiera irrita: da pena. Pero no una pena menor. Una pena que debería venir con camisa de fuerza y diagnóstico psiquiátrico incluido.
David Azagra, el “hermanísimo”, ese apelativo que suena a matón de barrio con padrinos en la Diputación, se sienta en el banquillo por presuntos delitos de prevaricación administrativa y tráfico de influencias. Y si uno esperaba una defensa basada en pruebas, argumentos o, al menos, un mínimo de vergüenza torera, se equivocó de medio a medio.
El abogado de Azagra, cuyo nombre merecería ser grabado en una placa dedicada a la mediocridad ampulosa, decidió que la mejor estrategia era levantar la voz. Como si el volumen del tono pudiera tapar la ausencia de razón. Como si gritar “¡esto es una invención, esto es mentira!” fuera equivalente a presentar un documento que desmienta los hechos. No lo es. Es la táctica del gallo de pelea desorientado: mucho ruido de plumas, cero picotazo jurídico.
El juez, con la paciencia de un santo que ya ha visto demasiados milagros falsos, tuvo que pedirle que no le levantara la voz. Y no se lo pidió dos veces. “No me grite ni me corte cuando hablo”, le espetó. Y ahí, durante tres segundos, hubo justicia poética en esa sala. Pero duró poco.
Porque entonces llegó lo más delirante: el abogado soltó que la “raíz” del caso está “podrido”. ¿Podrido? Hombre, claro. Como toda raíz que crece en el fango de la impunidad. Pero el colmo fue su segundo alegato: que el presunto delito habría prescrito. Ya. La vieja y confiable coartada del tiempo, ese cómplice silencioso de los rufianes con buenos contactos. “El absentismo en España no es infracción criminal”, sentenció el letrado, como quien descubre el agua tibia después de décadas de enchufismo generalizado.
Y aquí es donde un servidor, con permiso del juez, tiene que soltar la pluma caliente.
Señor abogado, usted es peor que su cliente. Porque Azagra, al fin y al cabo, puede que esté enfermo. No de esa enfermedad que se cura con psiquiatras de verdad, sino de la que se alimenta de poder sin control. Pero usted, señor letrado, ha tenido hoy la oportunidad de ser útil: mirar a su cliente, escuchar el video de su declaración errática en la sala de vistas del Juzgado de Instrucción número 3 de Badajoz con sus justificaciones ridículas, y haber planteado la única defensa decente posible: “Mi cliente necesita ayuda psiquiátrica. Su condena debería ser un ingreso en un centro mental.”