La pareja de moda en la izquierda populista quiere convencernos de que el ‘procés’ y Podemos son almas gemelas. El problema es que el alma no les alcanza ni para pagar un café en Barcelona.
Dicen que los opuestos se atraen. También dicen que el amor es ciego. Y, en este caso, debe de ser directamente miope, sordo y con falta de tacto político. Porque lo que estamos presenciando entre Gabriel Rufián (el tuitero oficial de ERC) e Irene Montero (la ministra del ‘solo sí es sí’ y otras ocurrencias jurídicas) no es una alianza: es un experimento sociológico de alto riesgo.
La idea, al parecer, es sencilla: unir la izquierda del populismo (esa que vive de la indignación perpetua y los contratos blindados) con la izquierda independentista (esa que lleva años vendiendo la independencia como un chollo y luego no sabe ni gestionar los Mossos). El resultado promete ser tan coherente como un manual de instrucciones del IKEA traducido por un loro.
Rufián, el ‘showman’ de la República imposible
Gabriel Rufián, ese diputado que convirtió el insulto en arte y el escaño en un club de la comedia sin gracia, ahora resulta que quiere hermanarse con Irene Montero. El mismo que llama “fascistas” a media Cámara y luego pide diálogo. El mismo que defiende a los independentistas presos como si fueran mártires y a los que huyen como si fueran héroes de vacaciones. ¿Su propuesta? Que la izquierda populista se una a la izquierda independentista para “ganar el futuro”. O para ganar algo, porque con los resultados electorales, el único futuro que ve es el del paro parlamentario.
Pero Rufián tiene un problema: su discurso ya no cuela ni en su casa. Cuando abre la boca, parece un eslogan de campaña caducado. Y cuando intenta besar el altar de Montero, hasta los independentistas más duros se tapan los ojos. Porque una cosa es querer romper España, y otra muy distinta es tener que compartir mítin con quien confunde la Ley del Sí con un partido de la ruleta rusa.
Irene Montero: la exministra que nunca dice ‘no’ (a un selfi ni a una ocurrencia legal)
Por su parte, Irene Montero sigue empeñada en demostrar que la inteligencia emocional no está reñida con la estupidez política. La exministra de Igualdad, que tuvo tiempo de sobra para legislar sobre consentimiento pero no para leer las consecuencias de sus leyes, ahora se descubre como la nueva musa del independentismo populista.
¿El plan? Unir a Podemos (lo que queda) con ERC (lo que aguanta) y quizás algún otro rezagado del sanchismo terminal. El objetivo: construir una alternativa a la derecha. El método: abrazar al independentismo como si fuera un osito de peluche, cuando en realidad es un erizo lleno de complejos y facturas sin pagar.
Montero, eso sí, se siente cómoda en este lodazal. Porque ella siempre ha sabido navegar en la contradicción: feminista pero amiga de quien ningunea a las mujeres que no piensan como ella; de izquierdas pero dispuesta a pactar con quien boicotea los presupuestos; y ahora, populista pero dispuesta a aliarse con quien cree que España es una dictadura encubierta. El problema es que ni ella misma se lo cree.
La unión imposible: ¿amor o simple desesperación?
Lo que pretende este tándem Rufián-Montero no es una alianza ideológica, porque eso sería suponer que tienen ideas propias. Es, más bien, un matrimonio de conveniencia entre dos mundos que se desprecian en secreto.
Por un lado, los independentistas miran a Montero como se mira a un yonqui de la política: útil para la foto, pero peligroso para el bolsillo. Por otro, los podemitas miran a Rufián como el primo incómodo que siempre pide dinero prestado y luego se enfada si le reclamas.
Pero claro, en política todo vale cuando te quedas sin escaños. Y como la desesperación afina el ingenio, ahora resulta que el populismo y el independentismo son hermanos siameses. Una pena que el cuerpo que los une sea el de unos parásitos políticos sin cabeza, sin rumbo y, sobre todo, sin votantes.
Ni juntos ni revueltos
Mientras Rufián e Irene Montero intentan convencernos de que su amor imposible es la solución a la fragmentación de la izquierda, la ciudadanía observa con una mezcla de perplejidad y sorna. Porque lo único que une realmente a estos dos mundos es el miedo a desaparecer del mapa electoral.
Así que ya saben: si ven a Rufián y Montero abrazarse en una rueda de prensa, no se emocionen. Solo están buscando un salvavidas para no hundirse juntos. El problema es que el salvavidas está en Madrid, el barco en Barcelona, y ninguno de los dos sabe nadar.









