El presidente que pedía «no a la guerra» se gasta 7 millones en armar a los ayatolás. Los misiles iraníes ya le dedican pegatinas de agradecimiento
Resulta que el «no a la guerra» de Pedro Sánchez tenía una letra pequeña. Y no era pequeña, era diminuta, de esas que solo ven los jueces de La Haya. Resulta que cuando el presidente del Gobierno exije altivamente a Israel y EEUU que cese el fuego, cuando se retrata como el paladín de la paz mundial, sus manos —o mejor dicho, sus autorizaciones— estaban manchadas de pólvora iraní.
Porque sí, señoras y señores, la ONG israelí Shurat HaDin Law Center ha tenido la osadía de estropearle la semana a Sánchez. Han presentado una denuncia formal ante la Corte Penal Internacional acusándole de «colaborar y ayudar en crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad». ¿El delito? Haber autorizado la venta de componentes explosivos a la dictadura de los ayatolás de Irán. Ese régimen encantador que financia a Hamás, Hezbolá y los hutíes. Esos simpatiquísimos señores que cuelgan a homosexuales de grúas y lapidan mujeres por adulterio.
Pero tranquilos, que Sánchez solo les ha vendido «material de doble uso». Ya saben, como el cuchillo que sirve para untar mantequilla o para degollar a un vecino. En este caso, detonadores. Explosivos tipo A, B y E. Reactivos de laboratorio. Software de control. Por valor de 1,3 millones de euros solo entre 2024 y 2025. Y desde que Sánchez llegó a Moncloa en 2018, la factura total asciende a la bonita cifra de siete millones de euros.
Pero ojo, que nadie se escandalice. El Gobierno ya tiene su mantra preparado: «Es material autorizado, todo está en regla, no violamos ningún embargo». Ya. Como el tabaquero que vende cigarrillos a un paciente con cáncer de pulmón diciendo que «no es ilegal». La cuestión no es la legalidad, es la decencia. Pero claro, para hablar de decencia habría que empezar por otro lado.
«Los explosivos no se detonan solos» (y otros detalles molestos)
La presidenta de Shurat HaDin, Nitsana Darshan-Leitner, ha tenido la mala educación de soltar una obviedad: «Los explosivos no se detonan solos». Y ha añadido: «Cuando un gobierno como el de España suministra conscientemente el componente que hace operativo un arma, deja de ser un actor neutral: se convierte en parte de la cadena de violencia».
Pero Pedro Sánchez no es «parte de la cadena de violencia». ¡Qué exageración! Él solo es el presidente que permite que los detonadores españoles lleguen a los Guardianes de la Revolución iraníes. Luego, si esos detonadores hacen explosionar artefactos en Gaza o contra civiles israelíes, eso ya es cosa de los malos. Él solo firma papeles. Con la mejor intención. Y mientras condena la guerra, claro. Es mucho más intensamente.
El misil que le da las gracias (con pegatina incluida)
Pero si hay un momento que merece un Goya al mejor guion de la hipocresía, es este: medios afiliados al Estado iraní han difundido imágenes de misiles balísticos con una pegatina que muestra la fotografía de Pedro Sánchez junto al mensaje: «Gracias, presidente».
¿Lo pillan? Los ayatolás han puesto la cara del defensor de la paz en un misil con bombas racimo. Es como si te regalan una taza de «al mejor jefe del año» y luego la usan para mezclar cianuro. Pero Sánchez no ríe. Bueno, quizá ríe para adentro, mientras piensa en los votos que le renta quedar bien con el progresismo internacional.
Porque la película es perfecta: por un lado, vende armas a Irán (que luego las usan contra civiles). Por otro lado, critica a Israel por defenderse de los terroristas que financia Irán. ¿El resultado? Los terroristas de Hamás le agradecen sus posturas. La Embajada de Irán en España también le ha dado las gracias por negarse a autorizar a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón.
Y mientras tanto, el senador republicano Lindsey Graham amenaza con llevarse las bases de Andalucía. Donald Trump lo estudia. El ministro de Exteriores de Israel, Gideon Sa’ar, carga contra Sánchez. Pero qué más da. Lo importante es que en Moncloa están contentos. La audiencia internacional está servida.
El currículum de coherencia del «presidente del relato»
Pero no nos engañemos. Esperar coherencia de Pedro Sánchez es como pedirle a un pez que vuele. Es el mismo presidente que vendió el Sáhara Occidental a Mohamed VI sin pasar por el Parlamento, vulnerando la soberanía nacional que reside en todos los españoles. El mismo que pacta con Bildu —cuyos socios siguen homenajeando a etarras— y con separatistas catalanes que quieren romper España. El mismo que ha convertido la mentira en método de gobierno y su relato en única verdad.
Pero ay, cuidado, que si alguien lo señala, es «ultraderecha», son «bulos», es «fango». La estrategia es conocida: cuando te acorralan los casos de corrupción de tu partido y familia, cuando Ábalos y Cerdán aparece en los papeles, cuando tu mujer y tu hermano están en el punto de mira, nada mejor que montar un circo internacional. Criticar a Israel siempre funciona en la izquierda europea. Da igual que luego tus detonadores acaben en manos de terroristas. La audiencia progresista no mira tan lejos.
La Haya o la vergüenza, que alguien decida
No sabemos qué hará la Corte Penal Internacional. Probablemente nada, porque la justicia internacional tiene un famoso doble rasero y a los amigos progresistas se les perdona más. Pero lo que ya ha hecho la ONG israelí es arrancarle la careta a Sánchez.
Porque resulta que el del «no a la guerra» es el mismo del «sí a vender explosivos a quien provoca la guerra». El que llora por Gaza es el mismo que arma a quienes financian a Hamás. El que exige a Israel que se defienda «proporcionalmente» es el mismo que suministra los detonadores para que los misiles de los ayatolás vuelen por los aires.
Así que, señor Sánchez, cuando vuelva a subirse a la tribuna de la ONU a pedir paz, justicia y fraternidad universal, tal vez debería recordar que en algún lugar de Oriente Próximo hay un misil con su cara y un letrero que dice «gracias». Y que no es un bulo. Es una foto. Con pegatina. Y detonadores españoles.
La hipocresía, señorías, también es un arma de doble uso. Y esta, desde luego, ha estallado en manos de su propio gobierno.









