El encuentro Global Progressive Mobilisation (Movilización progresista global) reúne a lo más granado de la izquierda internacional un mes antes de las elecciones andaluzas. Casualidad. El cartel incluye a Lula, Antonio Costa, Petro y una Teresa Ribera que promete hacer olvidar sus problemas judiciales con la magia del ‘mainstreaming’.
El héroe prometeico
Hay quien busca la gloria en las urnas, quien la persigue en los libros de historia y quien, directamente, decide fabricarse una épica a medida, con telón de fondo planetario, para que nadie mire al suelo mientras el país se desmorona. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha encontrado su particular machamba: erigirse en el paladín de la progresía más rancia del mundo, azote de ultraliberales y facciosos, adalid de una izquierda universal que, por azar del destino, se reunirá en Barcelona justo a un mes de las elecciones andaluzas. Casualidad, claro. Como aquello del manual de instrucciones.
Un aquelarre con estrellas invitadas (y prontuario)
El espectáculo, bautizado con la ambición cósmica de “Movilización progresista global”, promete reunir bajo el mismo techo a lo más granado de la internacional de los problemas judiciales. Porque si algo tiene el evento que pretende refundar la esperanza de medio mundo, es un elenco de figuras que harían palidecer al fiscal jefe de la Audiencia Nacional.
Estará Lula da Silva, expresidiario por corrupción (anulada después por gracia del Supremo brasileño, todo hay que decirlo), que ya ha demostrado que se puede salir de la cárcel y, de paso, llevarse por delante cualquier atisbo de credibilidad ambiental en el Amazonas. Le acompañará Antonio Costa, el socialista portugués que dimitió por una trama de corrupción que le salpicaba hasta el punto de que ni siquiera sus compañeros de partido pudieron seguir mirando para otro lado. Y, cómo no, Gustavo Petro, antiguo guerrillero del M-19, hoy presidente saliente de Colombia, que dejará el país sumido en una atribulada mezcla de violencia reciclada y reformas fallidas. Un auténtico desfile de estrellas, todas ellas con un brillante currículum que, en un mundo sin espejismos, no invitaría precisamente a dar lecciones sobre nada que no sea el arte de la supervivencia judicial.
La invitada especial: Teresa Ribera y el prontuario que revolotea en los juzgados
Pero no se vayan todavía, que la función cuenta con un plato de fondo de cosecha propia. Teresa Ribera, la vicepresidenta que promete ser la conciencia ecológica de Europa, aportará al cónclave su propia hemeroteca. La España Vaciada, aquel negocio que conectaba con los avatares familiares de Begoña Gómez; los enredos de los hidrocarburos con el comisionista Aldama; el embrollo de Forestalia que salpica a medio PSOE aragonés; la gestión catastrófica de la dana que dejó el barranco del Poyo como símbolo de la improvisación autonómica; y el gran apagón que dejó a medio país a oscuras mientras los ministros perdidos consultaban sus manuales de estilo. Todo ello revolotea por los juzgados, pero en el universo paralelo de la “movilización global” no son más que anécdotas que el aire de Barcelona se encargará de disipar.
El milagro de la izquierda: que todo suene a futuro mientras el presente arde
La cita, que se anuncia como “el mayor altavoz de la esperanza progresista desde la caída del Muro”, tendrá lugar en un recinto modernista de la capital condal. Las entradas ya se agotan entre la intelectualidad orgánica, los cargos institucionales que necesitan una foto y ese ejército de mileuristas con mochila de lona que aplauden a quien promete salvar el mundo mientras su alquiler sube un 20%.
Se hablará de cambio climático (con Ribera en la sala, mejor no encender las luces), de desigualdad (con Lula y Petro, mejor no mirar la factura del carburante en sus países) y de regeneración democrática (con Costa y Sánchez, mejor no abrir el sumario del Tajo ni el de la Plaza de España). El broche de oro lo pondrá una declaración conjunta titulada “Por un nuevo contrato social planetario”, que será redactada por asesores que ganan 8.000 euros al mes y que, previsiblemente, no incluirá ninguna medida concreta que pueda molestar a los poderes económicos reales.
La épica del salón de casa
Al final, la “Movilización progresista global” no es más que el intento desesperado de un presidente en funciones de campaña permanente por vestir de internacionalismo lo que no es más que un mitin de barrio con vuelos pagados. Mientras las olas golpean el litoral valenciano sin un plan de prevención, mientras los jueces preguntan por los negocios familiares en la Moncloa y mientras la factura de la luz sigue siendo un misterio insondable, los líderes mundiales de la honestidad mancillada se darán besos en Barcelona.
Pero tranquilos: será por la causa. Y la causa, como siempre, no necesita pruebas, solo fe. Y buenos asesores de imagen.









