El Café Gambit como parábola del poder blindado
Hay gestos que, por su descomunal desproporción, dejan de ser simples anécdotas para convertirse en parábolas de un tiempo político. La imagen de este jueves en el Café Gambit de la calle Barco 26, donde Pedro Sánchez se sentó a mover piezas con aficionados y profesionales —entre ellos un campeón de España—, quedará para el imaginario como la metáfora más acabada de un poder que ya no distingue entre una amenaza real y un jaque en un tablero de cartón.
Cerca de una treintena de agentes policiales blindaron el local. No había alerta por amenaza yihadista, ni constaba en la agenda de ningún grupo violento un asalto al local para secuestrar al monarca de las blancas. Pero allí estaban: chalecos, uniformes, dispositivos de seguridad propios de un desplazamiento de jefe de Estado en zona de conflicto. Todo para que Sánchez pudiera medirse, con la sospechosa tranquilidad de quien sabe que su única pieza realmente vulnerable está muy lejos de la última fila, a unos cuantos peones de distancia.
Kasparov jugaba al ajedrez; Sánchez juega a otra cosa
Porque lo cierto es que ni Gary Kaspárov, cuando el mundo se le venía encima en sus duelos contra Kárpov y la maquinaria soviética, necesitó jamás un cordón de treinta policías para sentarse frente a un tablero. Pero Kaspárov, ay, solo jugaba al ajedrez. Sánchez, en cambio, ha perfeccionado otra disciplina: la de hacer de cada movimiento una maniobra de distracción mientras el enroque político se resquebraja.
Peones bien adiestrados: la partida paralela del relato
Lo ocurrido en el Café Gambit no fue, como ingenuamente podrían pensar algunos, una jornada de acercamiento del presidente a la cultura del pensamiento estratégico. Fue, más bien, la puesta en escena de una estrategia que su partido ha elevado a la categoría de arte: la de ocultar la corrupción en el centro del tablero mientras se hacen ruido con los alfiles.
Mientras la treintena de agentes velaba porque nadie perturbara el sagrado rito de la foto con el primer mandatario, los peones sectarios —esa legión de incondicionales que el presidente ha sabido colocar en medios afines, fiscalías estratégicas y redes sociales— cumplían con su cometido: cambiar el foco, desviar la atención, convertir cualquier debate sobre la trama de corrupción que ahoga a su formación en un “bulos mediático” o en una “cortina de humo” de la derecha. Si hay algo que este presidente maneja con maestría es el engaño; no el del tablero de 64 casillas, sino el más rentable: el del relato.
Y en esa partida paralela, la que realmente importa, Sánchez no necesita defensa policial. Le basta con tener bien situadas a sus piezas mayores.
La reina y el rey: cuando la corona se pliega al jaque continuo
En un momento de la partida cogió a la Reina y la utilizo para sus fines. No la dama blanca del ajedrez convencional, sino una figura más versátil que se mueve en todas direcciones: capaz de indultar, de legislar a golpe de decreto, de plegar instituciones y de convertir el pacto con el separatismo en una suerte de jaque continuo a la gobernabilidad. Y con esa reina en el tablero institucional, el presidente ha conseguido lo que parecía imposible: que el rey —el auténtico, el de la corona real— se pliegue a sus intereses, accediendo a ser utilizado como un mero peón en una estrategia de supervivencia personal. Nada menos que la Jefatura del Estado puesta al servicio de la continuidad de un presidente que la utiliza, aunque para ello haya que transitar los caminos más viscosos de la política.
Los agentes, entre la farsa y la función real
En la calle Barco, mientras tanto, los agentes miraban las ventanas, los tejados, cualquier atisbo de peligro. Quizá alguno, en su fuero interno, se preguntaba si no habría sido más útil destinar esos efectivos a perseguir delitos económicos, a proteger a ciudadanos comunes o, simplemente, a no hacer tan evidente que el presidente necesita más seguridad para una partida de ajedrez que el resto de los mortales para caminar por su barrio.
Sánchez, dicen los que le vieron jugar, hizo una partida pésima. Cometió grandes errores, y arriesgó a sus alfiles que les puso de nombre Ábalos y Cerdán. Se limitó a mover con engaños, a intentar proteger sus piezas familiares y a asegurarse de que el rey quedara desprotegido. En eso, en fin, no se diferencia demasiado de su gestión. La diferencia es que en la política real, las piezas que caen no son de plástico y las consecuencias del engaño no se saldan con un apretón de manos al final de la partida.
La única amenaza que no se blinda con policías
La próxima vez, quizá, el despliegue podría ser mayor. Al fin y al cabo, la única amenaza que realmente teme el presidente es que los españoles se den cuenta del jaque mate a España, además, la de que alguien, por fin, descubra cómo mueve realmente la reina. Y eso, ni con treinta policías se blinda.
AVISO: ESTO ES REAL. TAMBIÉN ES FICCIÓN. LA DIFERENCIA ES MÁS DELGADA DE LO QUE PARECE.
Real (y contrastable): cerca de treinta agentes policiales blindaron un café para que el presidente del gobierno jugara una partida de ajedrez.
¿Ficción?: la descripción de cómo utiliza las piezas —la reina que indulta y pacta con los descendientes de ETA, el rey que se pliega, los peones sectarios bien adiestrados—.
O acaso es verdad.
Porque cuando un presidente necesita un cordón policial para mover un peón de madera, pero mueve las piezas institucionales con la misma impunidad con la que mueve la reina, la ficción ya no es literatura: es crónica.Usted decida dónde termina una y empieza la otra. Nosotros solo ponemos las piezas sobre el tablero.









