El fabricante de espejos rotos: cuando la coherencia y la vergüenza se fue de Moncloa sin hacer la maleta

Mar 25, 2026

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El presidente que juraba no pactar con ETA ni indultar a los golpistas ahora gobierna gracias a ellos, mientras exige dignidad ajena con la misma mano que firma la rendición del Estado

Hay políticos que mienten por necesidad. Otros, por supervivencia. Pedro Sánchez, en cambio, ha elevado la mentira a marca blanca: la distribuye en envases reciclables de autocrítica ajena, la etiqueta como “memoria democrática” cuando habla de los demás, y la vende al por mayor en forma de lecciones éticas cada vez que su propio reflejo amenaza con devolverle la mirada.

Hoy día 25 marzo del 2026, en el congreso de los diputados, el presidente del Gobierno ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: usar a José María Aznar como armario empotrado donde colgar todas sus propias miserias. “Secundar una mentira”, ha dicho del expresidente. “Una foto a cambio de ego, la dignidad de todo un país a cambio de esa foto”. Y uno se queda pensando: ¿de verdad este hombre puede pronunciar la palabra dignidad sin que se le caiga la cara de vergüenza? ¿Puede hablar de fotos sin que se le ilumine la frente como a un muñeco de feria cada vez que posa con quienes han convertido el asesinato en currículum?

Porque aquí radica el núcleo de la podredumbre moral de Sánchez: su memoria es un bisturí que solo sabe cortar en la carne del adversario. Cuando el pasado incomoda al PSOE, la memoria es “rencor”. Cuando incomoda a Aznar, la memoria es “obligación ética”. Pero si hablamos de sus propias fotografías —esa sonrisa de esmalte permanente junto a los descendientes políticos de ETA, esa colección de abrazos a quienes aún no han condenado ni una sola de las casi mil muertes que sembraron en este país—, entonces la memoria se convierte en un incómodo mueble que hay que apartar con la excusa de “mirar al futuro”.

No, presidente. Usted no tiene legitimidad para hablar de mentiras ajenas cuando su mandato es un catálogo de incumplimientos rubricados en campaña electoral. Dijo que jamás pactaría con Bildu. Miente. Dijo que la amnistía era inconstitucional. Miente. Dijo que no indultaría a los condenados del procés. Miente. Dijo que gobernaría “con la verdad por delante”. Y esa frase ya es, por sí sola, la mentira más gruesa que ha pronunciado nadie en este país desde que la política dejó de ser política para convertirse en un concurso de postureo.

“La verdad os hará libres”, dijo un día. Pues bien: España lleva seis años viendo cómo usted convierte  

la verdad en una pieza de museo que solo exhibe cuando la taquilla le renta electoralmente.

Ahora viene con el cuento de que “España no va a ser cómplice ni de agresiones ilegales ni de mentiras disfrazadas de libertad. No esta vez, no mientras yo sea presidente del Gobierno”. Y esa frase, pronunciada con la misma mano que firmó la amnistía para los que declararon la independencia unilateral y la misma mano que estrecha cada semana a quienes no condenan el terrorismo, es el ejemplo perfecto de lo que los psicólogos llaman disonancia cognitiva y los ciudadanos llaman caradura.

Pero vayamos a la metáfora que mejor lo define: Pedro Sánchez es ese médico que diagnostica al vecino una enfermedad terminal mientras él lleva meses tosiendo sangre sobre la mesa de operaciones. Sale a la prensa con bata blanca, con las gafas de intelectual de izquierdas, con el puño cerrado de quien se cree el último defensor de la democracia, y suelta arengas contra Aznar por la guerra de Irak. Y todos a su alrededor vemos que en su propio quirófano tiene cadáveres insepultos: la dignidad de las víctimas de ETA, a las que ha entregado el relato a sus verdugos; la igualdad de los españoles, que ahora no son iguales según voten en Cataluña o en Castilla; la separación de poderes, que él mismo ha laminado con la excusa del “lawfare”.

Y mientras tanto, el refrán se le aplica como un guante de boxeo en la nuca: “Dijo la sartén a la olla: ‘aparta que me tiznas’, mientras la cocina entera se ahogaba en su propia hollín.” Porque usted, señor Sánchez, lleva años manchando con la misma tizne que critica. Pero su estrategia es genial: señalar con el dedo a Aznar para que nadie mire sus manos. Aznar fue a Irak con una mentira. Usted, en cambio, ha convertido la mentira en sistema de gobierno. No es un episodio, es la columna vertebral de su acción política.

Usted habla de “no repetir errores”, pero su vida política es una repetición constante de su propia palabra rota. Habla de “fotos por ego”, pero cada vez que hay una cámara delante se funde en un abrazo con quienes siguen colocando flores a etarras muertos. Habla de “dignidad de un país”, pero ha puesto la dignidad de España en la mesa de saldo de los independentistas, que le alquilan la investidura a cambio de piezas del Estado.

Así que permítame una sugerencia: deje ya de invocar a Franco. Deje ya de mirar a Aznar como si fuera el espejo retrovisor de todos sus males. Deje ya de usar la guerra de Irak como coartada para no hablar de la guerra que usted mismo ha declarado a la coherencia, a la decencia y a la palabra dada.

Mírese en un espejo. Pero no en el del maquillaje de Moncloa. Mírese en el espejo de la calle, en el de los españoles que le vieron prometer lo contrario de lo que ha hecho. Allí no verá a un estadista ni a un demócrata ejemplar. Verá a un hombre que ha hecho de la mentira su único programa de gobierno, de la hipocresía su principal marca, y de la memoria un arma de usar y tirar.

Y cuando por fin se mire, entenderá por qué el país al que dice representar ya no le cree ni cuando dice que llueve, aunque esté empapado hasta los huesos en su propia tormenta de falsedades.

Proverbio final (a su medida): “El que vive de pedir cuentas al pasado, que empiece por devolver las que debe en el presente.”

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