El Hercules de Ormuz: misiles con la cara de Sánchez y el estrecho que sigue cerrado

Mar 23, 2026

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El presidente recibe el “agradecimiento” de una dictadura que ahorca a sus propios ciudadanos mientras exige en inglés la apertura de una ruta clave. La ridiculez y la falta de vergüenza, elevadas a categoría de Estado.

Hay gobernantes que pasan a la historia por sus gestas, y luego está Pedro Sánchez, que aspira a un nicho mucho más exclusivo: el del presidente que quiso salvar a la humanidad desde el feed de su cuenta de X, escribiendo en inglés para asegurarse de que nadie en España tuviera la desgracia de entenderle.

Este domingo, con la solemnidad de quien va a anunciar los Premios Nobel, el jefe del Ejecutivo español exigió nada menos que la apertura del estrecho de Ormuz. Sí, ese que está a 5.000 kilómetros, entre Irán y Omán, por donde fluye el 20% del petróleo mundial. Porque si algo define al inquilino de La Moncloa es su innata capacidad para desatascar la logística del Golfo Pérsico justo en el mismo momento en que en España no sabemos si podremos llenar el depósito del coche o pagar la factura de la luz.

“Nos encontramos en un punto de inflexión global”, aseveró con la gravedad de quien acaba de descubrir que existe un mapa más allá de la M-30. “El mundo no debería pagar las consecuencias de esta guerra”, apostilló.

Uno se frota los ojos. ¿Es el presidente del Gobierno de España o el secretario general de la ONU en funciones? ¿Acaso los petroleros que surcan el golfo están esperando que el exbaloncestista de 53 años dé el visto bueno para navegar tranquilos? La respuesta, como casi todo lo que rodea a este personaje, es tan patética como predecible: rotundamente no.

Lo realmente triste no es que Sánchez hable de geopolítica con la solvencia de quien hasta ayer gestionaba una comunidad de vecinos. Lo triste es que lo haga en inglés. Porque, claro, un mensaje en castellano sería demasiado local para un líder que se cree estadista global. Da igual que España sea irrelevante en el tablero de Oriente Medio, que nuestra “armada” consista en cuatro barcos que vigilan el Índico con apuros, y que nuestra influencia diplomática en Teherán sea directamente proporcional a la de un concejal de Fuenlabrada.

Porque esa es la otra cara del mesianismo de Moncloa: la absoluta certeza de que a Sánchez le van a hacer caso. Como si Irán, con sus misiles hipersónicos y su pulso constante con Estados Unidos, fuera a cambiar su estrategia geoestratégica porque un presidente europeo de tercera fila le ha lanzado un órdago en inglés desde el jardín de La Moncloa. Ni Trump, ni Macron, ni Scholz han conseguido que Teherán recule. Pero Pedro Sánchez, con un tuit, seguro que lo logra.

Pero, atención, no todo son malas noticias. Los ayatolás, en un gesto de exquisita deferencia hacia la valentía dialéctica del presidente español, han tenido el detalle de inmortalizar su legado. Según las agencias oficiales Mehr News y Tasnim News, este domingo se difundió una foto de Pedro Sánchez en las pegatinas que han colocado en los misiles con los que atacarán Israel, acompañada de una frase de agradecimiento: “Por supuesto, esta guerra no sólo es ilegal, sino que también es inhumana.

 Gracias, primer ministro.

Y aquí es donde lo patético se tiñe de algo mucho más turbio. Porque el régimen de los ayatolás no es un club de debate ni una ONG pacifista: es una dictadura que en las últimas semanas ha ejecutado a decenas de manifestantes en las calles, que lapida a mujeres por mostrar el cabello, que cuelga de grúas a jóvenes por “corrupción en la tierra” y que mantiene un pulso sanguinario contra su propia población. Que semejante régimen coloque la foto de un presidente español en sus proyectiles y le dé las gracias debería ser, para cualquier político con un mínimo de dignidad, una señal de alarma. Pero en Sánchez no provoca vergüenza, sino una suerte de orgullo de estadista mal entendido. En lugar de preguntarse qué hace un líder europeo recibiendo parabienes de una teocracia que asesina a su pueblo, él posa con el halago como si fuera un aval moral. Tendría que hacérselo mirar, y no en el espejo de La Moncloa, sino en la conciencia.

Ahora bien, que nadie espere que esa gratitud se extienda a lo accesorio. Que los ayatolás le pongan la cara a un misil, perfecto. Pero lo de abrir el estrecho de Ormuz… eso ya son palabras mayores. Así que el cuadro final es este: Pedro Sánchez, flanqueado por misiles con su propia efigie, mientras el estrecho sigue más cerrado que la caja de las pensiones. A Irán le viene muy bien tener un progresista útil en nómina emocional. Lo del estrecho, eso sí, nanay de la China.

La desproporción entre el gesto y la capacidad real es tan grotesca que roza el esperpento. Pero así es la nueva política exterior española: más tuits que tanques, más hashtags que portaaviones, y una fe inquebrantable en que enunciar una demanda equivale a ejecutarla.

Y mientras el Mesías de Ormuz salva a la humanidad desde el móvil en la Quinta de El Pardo, ¿qué hace el gobernante más patético de la historia de España? Lo de siempre: mirar hacia otro lado. Porque si algo define a este presidente es su talento para ocuparse del estrecho de Ormuz y desentenderse del estrecho de Gibraltar; para hablar de “puntos de inflexión global” mientras la inflación sigue estrangulando a las familias españolas; para escribir en inglés como si fuera Churchill, cuando en España la mitad de sus votantes ya no sabe si le está gobernando un político o un influencer con ínfulas de Príncipe de Asturias.

La historia de España está llena de gobernantes nefastos, indolentes o ineptos. Pero nunca, jamás, habíamos tenido a uno que confundiera su cargo con el de mesías intercontinental y que, además, recibiera elogios de una dictadura que fusila a su propia ciudadanía sin que eso le haga ni siquiera pestañear. Felipe II mandó sobre medio mundo; Carlos V luchó contra el Imperio Otomano; incluso los presidentes de la Primera República sabían que su jurisdicción llegaba hasta donde llegaban los fusiles, no hasta donde llegaba su ego. Sánchez, en cambio, ha elevado la ridiculez a categoría de Estado y la sumisión moral a un arte. Su discurso no es de izquierdas ni de derechas; es de postal. Su política exterior no es diplomacia; es postureo con geolocalización, y encima con el aplauso de los verdugos.

Así que ya saben. Mientras Pedro Sánchez salva a la humanidad, el estrecho de Ormuz seguirá igual de bloqueado, los ayatolás seguirán alabándole pero no le harán ni puto caso, y España seguirá siendo ese país con un presidente que, cuando debería estar mirando al futuro, se pasa el día haciendo el ridículo en inglés para que nadie le entienda y, de paso, coleccionando halagos de regímenes que matan a sus propios ciudadanos. Patético, sí. Pero, sobre todo, insoportablemente predecible y moralmente bochornoso.

 

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