Podemos se hunde también en Castilla y León y consuma su desintegración
La formación morada, que llegó a ser la tercera fuerza política nacional a base de eslóganes vacíos y promesas de «empoderamiento» mientras ellos se empoderaban a sí mismos con dietas y coches oficiales, desaparece del parlamento castellano-leonés después de una década de presencia. Con apenas el 0,74% de los votos —lo que viene siendo un ridículo tan espantoso que ni los de Alvise se lo creen—, la debilidad orgánica, las divisiones internas y una estrategia errática firman su sentencia definitiva. Descanse en paz la «nueva política», que al final era la de siempre pero con coleta.
Lo que en su día fue un supuesto terremoto político “CONTRA LA CASTA” que iba a «sacudir los cimientos del régimen» se ha convertido en un pedete sin gracia que apenas mancha la ropa interior de cuatro iluminados. Podemos, la formación que irrumpió en 2014 con la fuerza arrolladora de la indignación ciudadana —y con una cuenta en un paraíso fiscal venezolano, que todo hay que decirlo, y un chalet en Galapagar que ni los de Solbes—, ha recibido este 15 de marzo de 2026 un nuevo y definitivo meneo en Castilla y León: desaparece de las Cortes autonómicas, y esta vez no van a poder echarle la culpa a Errejón, ni a Teresa Rodríguez, ni a la CIA, ni al FMI, ni al IBEX 35, ni a la vieja del visillo.
No se trata de un simple tropiezo, sino de la confirmación de una tendencia letal que viene incubándose desde que decidieron que gobernar era menos divertido que montar pollos en Twitter y cobrar del erario público mientras se dedicaban a insultar a quien no comulgaba con ruedas de molino. Los 9.200 votos cosechados, que representan un irrisorio 0,74% del total —menos que las papeletas nulas, menos que los votos en blanco y casi las mismas que los que sacó el partido satírico de Alvise Pérez, un tío que hace directos desde el salón de su casa— son la metáfora perfecta de un proyecto político que ha pasado de la promesa de «asaltar los cielos» a vagar por los infiernos de la irrelevancia parlamentaria. Después estaba el candidato Miguel Ángel Llamas, un personaje con más bajeza moral que Cruella de Vil que esta dispuesto a matar civilmente a un disminuido psíquico señalándolo con la derecha radical, el, se esfuma ante la mirada atónita de unos dirigentes que ya no saben cómo detener la hemorragia, pero que mantienen el chalet de Pablo Iglesias e Irene Montero en Galapagar..
El precio del sectarismo (o cómo palmarlo todo por no ceder el sillón, los asesores y el catering)
Si algo ha quedado meridianamente claro en estos comicios castellano-leoneses es que la estrategia de la confrontación permanente y la estafa a los españoles han pasado una factura devastadora y se ha saldado con un desastre de proporciones bíblicas, de esas que merecen capítulo propio en el Antiguo Testamento y sermón del cura el domingo.
La dirección de Podemos, empecinada en mantener su marca como un fetiche identitario por encima de cualquier racionalidad electoral —léase: empecinada en mantener sus sueldos, sus asesores, sus dietas, sus coches oficiales y sus viajes de placer camuflandolos con eventos internacionales para «tejer alianzas» que nunca llegan. Podemos se hundía en la fosa de las formaciones extraparlamentarias, superado incluso por la candidatura de agitación ultraderechista de Alvise Pérez, un personaje que hasta hace cuatro días era un don nadie y que ahora les ha pasado por la derecha. El mensaje de las urnas es tan diáfano como cruel: el votante de izquierdas no perdona el espectáculo, y mucho menos cuando los que se pelean son cuatro iluminados que van de revolucionarios mientras viven en chalets adosados con piscina y se van de vacaciones a la República Dominicana.
Un cadáver político que se extiende por España (y apesta a muerto, a podrido y a naftalina)
Castilla y León no es una excepción, sino la última estación de un vía crucis autonómico que parece no tener fin. Con esta debacle, Podemos ya ha desaparecido de nueve parlamentos autonómicos: Aragón, Madrid, Comunidad Valenciana, Canarias, Castilla-La Mancha, Galicia, Euskadi, Cantabria y ahora también Castilla y León. Lo que otrora fue un poderoso grupo territorial se ha convertido en un partido testimonial, superviviente únicamente en algunos ayuntamientos —como esos muebles viejos que nadie se atreve a tirar pero que ya no sirven para nada— y en el Gobierno de coalición estatal, donde su presencia se debe más a la inercia de pasadas victorias —y al hecho de que Sánchez los necesita para algún que otro puñado de votos, como quien necesita una muleta para no caerse— que a una fuerza electoral actualizada.
En Aragón, donde llegaron a tener 14 escaños en 2015, también han quedado reducidos a la nada, superados igualmente por Alvise y evidenciando que el fenómeno no es local sino sistémico: la gente ha dejado de tragarse el cuento, se ha cansado de los mismos discursos, de las mismas coletas y de los mismos chalets. La pérdida de 44.000 votos respecto a 2022 en Castilla y León no es un simple ajuste: es una estampida, de esas que se producen cuando el público huele a chamusquina y decide que mejor irse antes de que arda el teatro, o cuando el personal se da cuenta de que los que decían «no somos como los demás» son exactamente iguales, pero con menos vergüenza.
La coartada del «voto útil» y la falta de discurso propio (o cómo echarle la culpa a los demás, que es lo único que se les da bien)
Los dirigentes de Podemos, en su comparecencia post-electoral, han buscado refugio en explicaciones autocomplacientes. Pablo Fernández, secretario de Organización (y de su propio ombligo, y de su propio ego, y de su propia cuenta corriente), reconocía que el resultado es «nefasto, muy malo», pero rápidamente desviaba la atención hacia el avance de la derecha o hacia el sorprendente dato de que las víctimas de incendios hayan votado al PP. Vamos, lo de siempre: echar balones fuera, echar la culpa al vecino, al gobierno, a la lluvia, al viento, a la OTAN, a Felipe González y a la abuela que hace punto en el portal. Sin embargo, eludía el núcleo del problema: ¿por qué quien tendría que canalizar el descontento de izquierdas ha dejado de ser una opción creíble? ¿Por qué la gente prefiere votar a un PSOE de centro-derecha o incluso abstenerse antes que regalarle el voto a una formación que va de víctima mientras sus dirigentes viven como señoritos del siglo XIX con ínfulas de revolucionarios bolivarianos?
La realidad es que el discurso de Podemos, anclado en batallas pasadas y en una retórica de confrontación permanente que ya no conecta con las preocupaciones cotidianas de la clase trabajadora —que, por cierto, está hasta el gorro de oír hablar de «golpe de estado» cada dos por tres, de «lawfare» y de » cloacas del estado» mientras ellos tienen que llegar a fin de mes. Esa es la puntilla: el electorado progresista prefiere ahora al PSOE de Sánchez (que ya les vale) antes que desperdiciar su voto en un Podemos irrelevante y dividido, en una panda de iluminados que van de redentores mientras se pelean por las migajas del poder. Qué putada, ¿eh? Cuando construyes tu discurso sobre el «que somos diferentes, que vamos a acabar con la casta, que somos auténticos, que somos la caña de España», y al final la gente te hace caso y no te vota, resulta que igual no eras tan auténtico ni tan caña.
El futuro: una reflexión que llega tarde (y que probablemente hagan en un ático con piscina, sauna y jacuzzi)
Pablo Fernández anuncia que toca «reflexionar de forma rotunda» —qué él no se va a comprar un casoplón en Salcedillo , que bastante tiene con mantener el de Galapagar de Pablo Iglesias e Irene Montero, el de la sierra y el apartamento en la playa— y que en los próximos días conoceremos el resultado de esa reflexión. Pero la pregunta que sobrevuela el espacio político es inquietante: ¿de qué sirve reflexionar cuando ya no queda prácticamente nada que salvar, después de haber engañado a los españoles durante una década larga prometiendo «empoderar a la gente» mientras ellos se empoderaban a sí mismos con dietas, coches oficiales, sobresueldos en forma de «ayudas al alquiler», viajes pagados, tarjetas black y toda la pesca? ¿De qué sirve reflexionar cuando los únicos que te votan son los cuatro gatos de siempre y tu propio comité de empresa?
La travesía por el desierto de Podemos comenzó cuando abandonaron la centralidad de los movimientos sociales para convertirse en un chupoctero más de la política española, devorados por las luchas internas —un auténtico festival del egocentrismo con ínfulas de Mesías, una telenovela venezolana con acento de Madrid— y por una deriva personalista que alejó a cuadros históricos y, lo que es más importante, a millones de votantes. Su ridículo empeño en parecer «auténticos» mientras gestionaban ministerios con cheques al portador y se codeaban con la jet set en Davos… todo eso les ha conducido a este callejón sin salida, a este callejón sin votos, a este callejón sin escaños y sin futuro.
Mientras Sumar e IU inician su propio proceso de «reencuentro» y Yolanda Díaz da un paso al lado para relanzar el proyecto —que es como decir que intentan reflotar el Titanic con un sacacorchos, una pajita y un poco de cinta aislante—, Podemos se queda solo, contemplando los escombros de lo que fue, y lo que fue es un solar, un descampado, un vertedero de la política española. El ocaso ya no es una posibilidad, es una realidad consumada. La pregunta ahora no es si Podemos volverá a ser lo que fue —que no volverá, que eso ya lo han demostrado con creces y con creces de interés—, sino si tendrá sentido que siga existiendo como proyecto político diferenciado, o si lo mejor será que se disuelvan y dejen de dar la tabarra de una puta vez, o que se dediquen a montar una fundación, o un gabinete de comunicación, o lo que sea, pero que dejen de tocar los cataplines a los españoles.
Castilla y León ha dictado su sentencia: cuando la izquierda dice que va a luchar por el pueblo y se aprovecha de él, la derecha gobierna, y Podemos desaparece.
Recuerden, la mayoría de los españoles no son tontos. Podrás engañarlos una vez con el «vamos a asaltar los cielos», dos veces con el «somos diferentes», tres veces con el «la culpa es de los medios», pero a la cuarta te mandan a tomar por donde amarga el pepino, y con viento fresco. Y vaya si lo han hecho. Que se lo pregunten a Pablo Fernández, que esta noche ya no tendrá que preocuparse por bajar al hemiciclo a hacer preguntas incómodas, sino por explicar en la ejecutiva cómo es posible que un partido que llegó a tener 69 diputados, ministerios, asesores y presupuesto haya acabado sacando menos votos que una candidatura de un youtuber que se presenta para cabrear a la casta, esa casta en la que ellos se convirtieron sin que nadie se diera cuenta. El ocaso, señores, no es irreversible: ya es historia, y de la peor, de la que nadie quiere recordar.









