El ocaso de Vox: El síndrome del espejo roto

Mar 14, 2026

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Vox repite el manual de Ciudadanos: Purgar a los suyos mientras abraza el abismo

La política española es un cementerio de partidos que devoraron a sus propios fundadores. La travesía del desierto de Unión Progreso y Democracia (UPyD) y, sobre todo, el estrepitoso colapso de Ciudadanos, son el espejo en el que cualquier formación debería mirarse para evitar el abismo. Sin embargo, Vox, el partido que irrumpió para agitar las conciencias de la derecha, parece empeñado en repetir la misma coreografía: una lucha interna feroz, una purga de sus figuras más carismáticas y un liderazgo cada vez más personalista en torno a Santiago Abascal.

Lo que hace unos años era un «triunvirato» de líderes fundacionales —Abascal, Javier Ortega Smith e Iván Espinosa de los Monteros— es hoy un campo de ruinas. Las recientes crisis en Murcia y Madrid no son meras anécdotas de un partido en crecimiento; son síntomas de una enfermedad que ya fulminó a su principal competidor en el centro político: el culto a la cohesión entendida como sumisión.

La «purga» de los carismáticos

La destitución de facto de José Ángel Antelo en la Región de Murcia ha destapado la enésima herida. La dimisión en bloque de su propio Comité Ejecutivo Provincial, forzada o alentada desde la dirección nacional en la calle Bambú, dejó a Antelo tan solo que su cese era cuestión de horas . El argumento esgrimido por la cúpula fue el de un liderazgo que «paralizó el funcionamiento ordinario» y antepuso el «interés personal» .

Sin embargo, las reacciones de los excompañeros pintan un retrato muy diferente. Iván Espinosa de los Monteros fue tajante en su red social: «Felicidades a la cúpula de Vox. Aún no han apagado el fuego que han creado con Ortega Smith y ya se están cargando a otro de los mejores» . La expresión «cargarse a los mejores» se ha convertido en un mantra entre los críticos.

El caso de Ortega Smith es paradigmático. El que fuera secretario general y alma mater del partido en sus años más duros, ha terminado comparando su salida de la portavocía en el Ayuntamiento de Madrid con una «purga peor que la de Stalin» . La lista de damnificados es ya un rosario de nombres que construyeron la marca: desde Macarena Olona y Rocío Monasterio, hasta Juan García-Gallardo y el propio Espinosa de los Monteros .

¿Qué delito han cometido todos ellos? En palabras del exlíder en Castilla y León, Juan García-Gallardo, «parece que a Abascal le molestan todos aquellos que tienen personalidad y un perfil propio» . O como lo expresó el propio Antelo antes de caer: «La lealtad no es lo mismo que la sumisión» .

La doctrina Bambú: silencio o puerta

La dirección nacional justifica esta sangría con una lógica monolítica. Fuentes de la cúpula consultadas por Las Provincias argumentan que «todos los afiliados tienen que cumplir una serie de obligaciones, y la principal de ellas es obedecer las órdenes de la dirección«. Los que se van, según esta versión, son víctimas de sus propios «egos, vanidad y ambición desmedida» .

Esta visión, que podríamos denominar la «doctrina Bambú» (en referencia a la calle donde se encuentra la sede nacional), ha reducido el espacio de debate interno a cero. Espinosa de los Monteros denunció recientemente que el partido no ha celebrado el congreso bienal que exigen sus propios estatutos y que las decisiones se toman en un «círculo reducido de personas desconocidas» en un ambiente de «opacidad y recelo» .

El problema de fondo no es solo la salida de figuras conocidas, sino el mensaje que envía a la militancia y a los votantes: en Vox, el único líder visible y permisible es Santiago Abascal. Cualquier dirigente que adquiera peso específico o popularidad propia, especialmente en el ámbito territorial, se convierte automáticamente en una amenaza para la cohesión vertical del partido.

La crisis en Murcia es el ejemplo más reciente y brutal. Antelo, que llegó a ser vicepresidente del Gobierno regional, ha sido laminado en una operación quirúrgica. La diputada Lourdes Méndez y otros miembros del Comité Ejecutivo presentaron su renuncia para forzar la intervención de Madrid, evidenciando una fractura insoluble . El resultado es un partido regional decapitado, a la espera de una gestora que imponga la línea oficial.

Incluso a nivel local, la dinámica se reproduce. En Elche, la coordinadora local Aurora Rodil fue relevada de su cargo orgánico tras meses de tensiones internas y desencuentros con su propio grupo municipal, demostrando que el conflicto no entiende de escalas .

El espejismo electoral

Lo más paradójico de este momento es que Vox sigue creciendo electoralmente. Los buenos resultados en Extremadura y Aragón, donde duplicaron su representación , actúan como un analgésico que adormece cualquier atisbo de autocrítica. En Aragón, la formación de Abascal se convirtió en la gran triunfadora de la noche, alcanzando los 14 escaños y superando al PSOE en votos en algunas provincias como Teruel .

Sin embargo, esta tendencia alcista no es uniforme. En Castilla y León, las encuestas apuntan a que el partido podría haber encontrado su techo, frenando la escalada que sí experimentó en otras comunidades . Factores como el sistema electoral de la comunidad explican parte de este estancamiento, pero la pregunta incómoda persiste: ¿hasta cuándo los votantes separarán el éxito en las urnas del caos orgánico?

Desde el exterior del partido, la respuesta de los críticos es clara. Espinosa de los Monteros advierte que esta deriva autoritaria y la falta de democracia interna «podría perjudicar de manera significativa el desempeño electoral de Vox en los próximos comicios de 2027» . La pregunta es si la burbuja de Bambú es permeable a estas advertencias o si, cegados por los escaños, no ven el desgaste de la marca.

El síndrome Ciudadanos

El fantasma que sobrevuela Vox no es el del PSOE o el PP, sino el de Albert Rivera. Ciudadanos pasó de ser la estrella emergente de la política española a la irrelevancia absoluta en pocos años. Su pecado original no fue otro que devorar a sus propios padres fundadores y convertir el partido en una correa de transmisión de la voluntad de su líder, sin matices, sin voces críticas y sin anclaje territorial real.

Cuando un partido se construye sobre la premisa de que la lealtad equivale a la ausencia de criterio propio, el resultado es una organización de adhesiones inquebrantables… hasta que el líder se equivoca. Y entonces, no hay cuadros medios con experiencia ni figuras con crédito ante la opinión pública que puedan sostener el edificio.

Vox está siguiendo el manual al pie de la letra. La reciente expulsión de Antelo en Murcia, consumada tras acusar a su propio grupo parlamentario de usurpar su firma, confirma que la guerra se libra en todos los frentes . La formación ya no es un hogar para los discrepantes, ni siquiera para los matizadamente críticos.

El ocaso o la refundación

A día de hoy, Vox se encuentra en una encrucijada peligrosa. Por un lado, goza de una salud electoral envidiable y se ha consolidado como la tercera fuerza nacional, con aspiraciones claras de superar al PSOE. Por otro, sufre una hemorragia de talento y capital político que, de no atajarse, puede convertir ese éxito en un castillo de naipes.

La pregunta que flota en el ambiente es si Santiago Abascal logrará lo que no pudo Albert Rivera: mantener el tipo y seguir creciendo mientras vacía el partido de personalidades propias. Por ahora, la dirección apuesta por la mano dura, convencida de que el votante de derechas vota ideas, no personas. Sin embargo, como demuestra la historia de Ciudadanos, las ideas sin personas que las defiendan con credibilidad acaban convertidas en eslóganes vacíos en un escaño vacío.

Si la tendencia no se revierte, el epitafio de Vox podría ser el mismo que el de su predecesor liberal: un partido que prefirió la pureza del silencio a la fortaleza del debate, y que acabó siendo víctima de su propia intolerancia a la diversidad interna. El ocaso de Vox no será obra de sus adversarios, sino el resultado de su propia y obstinada negativa a ser algo más que un altavoz de una única voz.

Reflexión crítica del autor: Vox se está convirtiendo en la peor pesadilla de sí mismo. Mientras los focos aplauden su crecimiento electoral, la dirección de Santiago Abascal dinamita los cimientos del partido con una voracidad interna que recuerda al suicidio político de Albert Rivera. La purga de figuras como Ortega Smith, Espinosa de los Monteros o Antelo no es un mero ajuste orgánico; es la demostración de que en Bambú confunden unanimidad con unidad y sumisión con lealtad.

El problema no es que se vayan los críticos, es que se están yendo los mejores. Y cuando un partido prefiere un desierto de silencio a un jardín de matices, acaba condenado a la irrelevancia. Porque el votante no es tonto: puede aplaudir hoy, pero abandonará mañana cuando descubra que detrás del discurso firme solo hay un líder rodeado de eco. El ocaso de Vox no lo escribirá la izquierda, lo están redactando ellos mismos, línea por línea, con el bolígrafo de la intolerancia a la discrepancia.

 

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