El exorcismo que RTVE no quiere practicar
En una escena que podría haber sido extraída directamente de El Exorcista, la presentadora Inés Hernand volvió a sufrir una terrible posesión durante la segunda semifinal del Benidorm Fest. Como si la mismísima Regan MacNeil hubiera decidido cambiar los vómitos verdes por consignas políticas, la comunicadora aprovechó la actuación de Funambulista para lanzar un mensaje que, aunque ella no lo confesara, olía a azufre por los cuatro costados.
«La verdad es que sobran gilipollas, por eso hay que ir a votar», exclamó la presentadora, en lo que los teólogos de la política han interpretado como un claro síntoma de posesión por el espíritu del sanchismo. Porque cuando una persona dice que sobran gilipollas y automáticamente piensa en votar, no estamos ante un simple tic nervioso: estamos ante la influencia directa de Pedro Sánchez, transformado para la ocasión en su forma favorita de manifestación terrenal: un imponente macho cabrío de pezuña bipartita y sonrisa perpetua.
El exorcista que faltó aquel día
Resulta profundamente simbólico que el desencadenante del último arrebato de Hernand fuera la canción Sobran gilipollas de Funambulista, una pieza que denuncia la influencia de las redes sociales y las pantallas. Qué ironía: la canción habla de pantallas y la poseída decide utilizarla como púlpito para su cruzada particular. Como si Regan MacNeil, en lugar de gritar blasfemias en arameo, hubiera empezado a arengar a favor de las políticas de vivienda.
Los antecedentes de la comunicadora son, cuanto menos, sospechosos de influencia demoníaca. Quienes han estudiado el caso recuerdan aquella fatídica noche de los Goya de 2024, cuando la posesión alcanzó su punto álgido y Hernand, con los ojos en blanco y la cabeza girando 360 grados, exclamó aquello de «¡eres un icono, presi! ¡Te queremos!». Los allí presentes juran haber visto una sombra con forma de bóvido proyectarse sobre la alfombra roja mientras Sánchez asentía complacido, en lo que solo puede describirse como un pacto fáustico en horario de máxima audiencia.
El cuerpo de Inés y la boca del amo
Los trabajadores de RTVE, aquellos valientes laicos que aún resisten en la corporación, ya denunciaron en su momento los «eructos, insultos y tono adulador» de la presentadora. Pero ¿cómo se exorciza a alguien cuando el mismísimo Belcebú ocupa el Consejo de Administración? Porque no nos engañemos: cuando Inés Hernand pidió en el homenaje a Pablo Iglesias (el de verdad, no el ministro) un «buen aplauso para el icono Pedro Sánchez», no estaba hablando ella: era la serpiente parlante que se había instalado en sus cuerdas vocales.
«Te agradecemos todos esos avances que han conectado las luchas históricas de este movimiento. ¡Aplaudidle bien hombre, pobre Pedro!», bramó la poseída, mientras los asistentes, confundidos, no sabían si santiguarse o aplaudir. Alguno hubo que intentó rociarla con agua bendita, pero los servicios de seguridad de Moncloa lo impidieron.
La geometría variable del arameo satánico
Pero el momento más revelador de la influencia demoníaca llegó cuando Hernand, en un encuentro con concursantes de OT, se atrevió a opinar sobre ETA. «Hay mucha tergiversación y la izquierda abertzale vasca era pacifista», declaró, demostrando que el vocabulario del infierno incluye eufemismos tan retorcidos como considerar pacifistas a quienes ponían coches bomba.
Ante semejantes declaraciones, los expertos en demonología política no tienen dudas: el espíritu que posee a Hernand es el mismo que, desde 2018, recorre España transformado en presidente del Gobierno. Un ente que, como el macho cabrío de las tradiciones paganas, aparece en los momentos más insospechados: ahora en los Goya, luego en el Benidorm Fest, siempre con pezuña y sonrisa, siempre reclamando vasallaje.
El Benidorm Fest: misa negra en la televisión pública
No es casualidad que la nueva posesión haya tenido lugar en el Benidorm Fest, ese certamen que este año ha decidido desconectarse de Eurovisión por razones políticas. Porque cuando el diablo anda suelto, hasta las canciones se convierten en exorcismos fallidos.
Lo que ocurrió en el plató no fue televisión, fue un aquelarre moderno. Mientras Funambulista cantaba contra las pantallas, la poseída aprovechaba para hacer campaña electoral. Mientras el público esperaba música, recibía catequesis sanchista. Y todo ello en la televisión pública, esa que «es de todos», como recordaban los trabajadores en su comunicado, sin saber que «todos» incluye también a las huestes de Belcebú.
La conclusión del demonólogo
Ante estos hechos, solo cabe preguntarse: ¿Hasta cuándo permitiremos que el maligno campé a sus anchas por la televisión pública? ¿Seguiremos tolerando que Inés Hernand, como la Regan MacNeil de la política patria, siga vomitando consignas mientras su cabeza gira y su rostro se deforma?
Quizá la solución sea llamar a un exorcista. O quizá, como sugería la canción de Funambulista que desencadenó todo, lo que sobran son gilipollas. El problema es que, en esta película de terror, los gilipollas siempre acaban votando al macho cabrío.
Que alguien llame al padre Karras. Y que traiga agua bendita. Y una papeleta de otra cosa.









