El ministro de Transportes exhibe su cinismo político: pide perdón solo donde le conviene y carga las tragedias en la cuenta del pasado, evadiendo toda responsabilidad de su gestión
En un espectáculo de cinismo político difícil de superar, el ministro Óscar Puente ha vuelto a demostrar su patrón de conducta: reconocer lo evidente solo cuando no le queda remedio, ofrecer disculpas misericordiosamente dosificadas y, acto seguido, señalar al Partido Popular como el único responsable de todos los males, incluida la tragedia de Adamuz. Su comparecencia en el Congreso no fue una rendición de cuentas, sino un ejercicio de escapismo político que debería costarle el cargo.
Mientras decenas de familias lloran a sus muertos en el peor accidente ferroviario en décadas y miles de catalanes malviven en un colapso de movilidad diario, Puente ha tenido la desfachatez de presentarse ante los representantes de la ciudadanía para ofrecer una disculpa de andar por casa, limitada geográficamente y vacía de autocrítica. Su actuación no fue la de un ministro que asume la responsabilidad de un sistema en crisis, sino la de un politiquero que hurta el bulto con la agilidad de un prestidigitador.
El mapa de las disculpas selectivas: Puente solo pide perdón donde no le duele
El ministro fue clarísimo en su mezquindad: “Rodalies es un servicio pésimo”, admitió. Hasta ahí, la valentía. Pero sus disculpas, en un acto de calculada mezquindad, fueron expresamente acotadas a los usuarios de Cataluña. ¿Y las víctimas de Adamuz? ¿Y los ciudadanos del resto de España que sufren retrasos, averías y un servicio deficitario? Para ellos, ni una palabra de consuelo, ni un atisbo de reconocimiento institucional. Solo la fría estadística y la rápida desviación de la culpa hacia el pasado.
Esta jerarquía del perdón es reveladora: Puente solo se humilla (lo mínimo indispensable) ante quienes considera que pueden costarle capital político. El resto, los muertos, los heridos, los españoles de a pie que sufren las consecuencias de una red abandonada, merecen, en su lógica, menos consideración. Es la política del cálculo electoral, no de la responsabilidad de Estado.
El chivo expiatorio perpetuo: la culpa siempre es de otro, nunca del que gobierna
Cuando se agotaron las medias verdades, llegó el guión previsible y cansino: la culpa es del PP. Puente desplegó cifras y acusaciones históricas con la soltura de quien ha ensayado el discurso hasta la saciedad. Según su relato, todo el deterioro acumulado, toda la falta de inversión, todo el desastre, es herencia envenenada de Aznar y Rajoy.
Pero la pregunta que se niega a contestar es obvia: ¿Cuánto tiempo necesita un Gobierno para dejar de culpar a sus predecesores y empezar a asumir sus propias responsabilidades? Llevan años en el poder, han tenido presupuestos millonarios y capacidad de actuar. Y sin embargo, cuando un tren descarrila y mueren 46 personas, su primera reacción no es la contrición, sino buscar rápidamente en el archivo la etiqueta “Culpa del PP” para pegarla sobre la tragedia.
Su argumento de que “una red ferroviaria no es una tetera” sería válido si no viniera de un Gobierno que ha priorizado megaproyectos faraónicos y líneas de alta velocidad mediáticas sobre el mantenimiento esencial de la red que usan los ciudadanos cada día. Mientras la vía convencional se desintegra, ellos siguen inaugurando tramos AVE. Esa es su elección política, no la del PP.
La tragedia de Adamuz: de la congoja teatral a la evasión técnica
Frente al dolor desgarrador de las 46 víctimas de Adamuz, Puente ofreció una performance de congoja selectiva. Confesó que con el accidente de Gelida “pensé que era una pesadilla, se me vino el mundo encima”. Bonitas palabras que se las lleva el viento cuando no van acompañadas de responsabilidad política.
Porque acto seguido, se escudó en la investigación técnica para eludir cualquier pregunta incómoda. “Sí parece que estaba todo bien y se rompió el carril”, dijo, como si una rotura así fuera un acto de Dios y no la consecuencia previsible de años de desinversión y falta de mantenimiento. Los datos que aporta la oposición son demoledores: en el punto del descarrilamiento se había soldado un carril de 1989 con otro de 2023. Eso no es mala suerte; es negligencia acumulada, y ocurrió bajo su vigilancia.
La oposición unánime: un ministro que ha perdido toda credibilidad
El rechazo fue total y transversal:
- PP y Vox exigieron su dimisión sin ambages, señalando la incompetencia grave de quien prefiere excusarse a gobernar.
- Junts y ERC, lejos de agradecer sus disculpas parciales por Rodalies, le espetaron que “que los del PP lo hicieran peor no les exime de sus responsabilidades”, recordándole que en Cataluña sufren el desastre en presente continuo.
- Hasta sus socios de Gobierno (PNV, Bildu) le advirtieron de su estrategia errónea, priorizando la alta velocidad glamurosa sobre la red convencional que sostiene el país.
Un puente que no aguanta su propio peso
Óscar Puente ha demostrado ser exactamente lo contrario de lo que su apellido sugiere: no es un conexión de soluciones, sino un obstáculo para la responsabilidad. Es un ministro puente que se está desmoronando por la mitad, incapaz de sostener el peso de las crisis que debe gestionar.
Su gestión se resume en una tríada miserable: reconocimiento tardío, disculpas interesadas y culpa ajena. Mientras, los andenes están llenos de ciudadanos furiosos y las vías, manchadas de una tragedia que clama por justicia y no por excusas.
España merece un ministro de Transportes, no un ministro de Excusas. Y hasta que no lo tenga, las promesas de inversión futura sonarán a lo que son: monedas que se arrojan sobre las tumbas para acallar el clamor de quienes exigen, simplemente, que los trenes no maten y que lleguen a tiempo.









