El presidente negocia con Junqueras un “rescate” fiscal para Cataluña a cambio de su propia supervivencia política, enterrando el “España nos roba” y subastando la igualdad territorial
Lo que ayer era un secreto a voces hoy es el mayor escándalo de mercadeo político de la democracia. Pedro Sánchez no ha gobernado; ha traficado. No ha dialogado; ha subastado. Y el precio de su permanencia, de esos «algunos meses más» que tan desesperadamente anhela en La Moncloa, acaba de hacerse público: 4.700 millones de euros del erario público, entregados con coartada técnica a la comunidad que más abiertamente ha desafiado la Constitución.
Esto no es política. Esto es un rescate en toda regla, no de una economía, sino de una presidencia moribunda. La reunión con Oriol Junqueras no fue una cumbre de Estado; fue la reunión de un director general en apuros con su principal acreedor. Junqueras, el líder independentista amnistiado por gracia –y necesidad– del propio Sánchez, ya no pide la independencia en la mesa. Extiende la mano y presenta la factura. Y Sánchez, con la sonrisa del que cree salvar los muebles, firma el cheque con la sangre de la hacienda de todos los españoles.
La ministra Montero debería pedir disculpas a los contables de este país por el insulto que supone su justificación. Decir que este «nuevo modelo» no está «hecho a la medida de Cataluña» es como afirmar que un traje de Savile Row confeccionado con las medidas de Junqueras es «prêt-à-porter». Es una mentira tan colosal que roza el desprecio a la inteligencia de los ciudadanos. Se desbloquea tras una reunión bilateral, con cifras billonarias anunciadas por el beneficiario, y pretenden vendernos que es fruto de una equitativa y serena planificación técnica. Es el cinismo elevado a política de Estado.
Cambio de relato comprado y pagado
Pero el detalle más vomitivo, la pirueta moral que define esta era, es el cambio de relato comprado y pagado. Durante una década, el independentismo ha construido su victimismo sobre el «España nos roba». Ahora, el mismo hombre que fue condenado por desmantelar la legalidad desde la Generalitat sale de Moncloa proclamando que Cataluña obtendrá miles de millones más del Estado. Sánchez no solo les ha dado dinero; les ha proporcionado la munición para un nuevo y lucrativo eslogan: «España nos paga». Ha financiado la propaganda de quienes quieren romper España, a cambio de que le dejen seguir jugando a ser presidente.
Esto trasciende lo ideológico; es una cuestión de pura y putrefacta corrupción institucional. No hay maletines de dinero negro, pero hay algo peor: la negociación flagrante de recursos públicos a cambio de escaños. La «presidencia» de Sánchez ha dejado de ser un cargo para servir a España para convertirse en un activo personal que debe ser preservado a cualquier costo. Y el costo lo pagamos todos: en dinero, en igualdad entre territorios y en la ya maltrecha dignidad de una democracia que asiste, atónita, a cómo su jefe de gobierno vende pedazos de la soberanía fiscal para comprar tiempo.
Lo llaman «diálogo». Es extorsión. Lo envuelven en «nuevos modelos». Es un cheque en blanco. Lo celebran como «estabilidad». Es la gran estafa de la legislatura. Sánchez no ha pactado la financiación; ha puesto en venta el timón del Estado. Y cada día que se aferra a la butaca de La Moncloa, huele más a naftalina y a trato ruin. España merece gobiernos, no prestamistas. Y presidentes, no mercachifles de la soberanía nacional.









