El círculo vicioso de la izquierda: Izquierda Unida cavando su propia tumba… otra vez

Ene 17, 2026

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Un acto de necrofilia política: dar por muerto a tu socio para resucitar tu propia irrelevancia

En un alarde de originalidad digno de un guionista de telenovela en su décima temporada, la dirección de Izquierda Unida ha decidido que el problema no es su incapacidad para conectar con la sociedad española, ni su eterna pelea por las migajas del poder, sino… el nombre de la coalición que les mantuvo a flote en las últimas elecciones.

Antonio Maíllo, coordinador federal de IU, ha presentado su diagnóstico: Sumar ha muerto. Lo sentencia en su informe político con la solemnidad de un forense que certifica el óbito de quien aún respira, pero que ya no le sirve para sus ambiciones personalistas. La solución que propone es de una genialidad que roza lo patético: reeditar exactamente lo mismo, pero «con un nombre diferente». Porque claro, lo que fallaba era el logotipo, no el contenido.

La arquitectura de un fracaso anunciado

El borrador presentado ante la Coordinadora Federal de IU es un manual de cómo hundir un barco desde dentro mientras se discute el color de las sillas de cubierta. Maíllo denuncia que Sumar «tal y como lo conocemos ahora, no es un instrumento capaz de aglutinar» al conjunto de organizaciones. La ironía es que esta sentencia proviene de una formación que lleva tres décadas demostrando su incapacidad para ser ese instrumento aglutinador por sí sola.

El verdadero mensaje entre líneas es transparente: «No nos gusta jugar en un equipo donde no mandamos». IU arrastra desde hace más de un año su descontento por un hecho que considera una afrenta histórica: que la coalición electoral llevara el nombre del proyecto de Yolanda Díaz. El orgullo herido de una sigla que fue relevante en los 90 pero que hoy apenas sobrevive en algunos ayuntamientos y comunidades, ha primado sobre el pragmatismo político.

La hipocresía como estrategia

Lo verdaderamente cínico del planteamiento es el doble discurso perfeccionado hasta el arte. Por un lado, se exige «autonomía y soberanía» para los partidos dentro de la coalición. Por otro, se critica ferozmente al PSOE, socio de gobierno sin el cual IU no tendría ni un miserable asiento en ningún consejo de administración de empresa pública.

Maíllo acusa al PSOE de tener un «alma neoliberal y atlantista«, en una línea que parece calcada de los panfletos que se repartían en las facultades de Ciencias Políticas en 1982. Exige marcar una «posición política propia» en asuntos como la vivienda, pero olvida mencionar que esa posición propia no ha servido para evitar que España tenga los precios de alquiler más altos de su historia bajo un gobierno del que forma parte.

La joya de la corona es su resurrección del fantasma de la OTAN, justo cuando Europa se enfrenta a la mayor amenaza militar desde la Segunda Guerra Mundial. Ante la posibilidad de un segundo mandato de Trump, Maíllo propone… ¡una consulta popular para salir de la Alianza Atlántica! Es como proponer apagar los motores del avión en pleno vuelo porque el piloto nos cae antipático.

La unidad como coartada

Lo más hilarante de este circo es que todo se hace en nombre de la «unidad de la izquierda». Unidad que ellos mismos dinamitaron con su actitud durante años, contribuyendo a la fragmentación del espacio político. Unidad que ahora reclaman cuando ya no pueden imponer sus condiciones.

Mientras, desde otras formaciones intentan apagar el fuego con gasolina. La ministra Mónica García, de Más Madrid, afirma con una cara más dura que el cemento que lo importante es reeditar un espacio «coordinado, cohesionado y fraterno». Fraterno, como cuando los hermanos se pelean por la herencia del abuelo.

El mismo perro con distinto collar

La realidad que IU se niega a mirar de frente es simple: el problema no es Sumar, el problema es ellos. El problema es una formación anclada en los debates del siglo pasado, más preocupada por mantener sus siglas y sus cargos que por transformar la realidad de la gente a la que dice representar.

El guion que proponen es el de siempre: juntar a los mismos actores, con los mismos egos, las mismas rencillas y las mismas ambiciones, pero con una pegatina nueva en la fachada. Es la política como ritual de autopsia perpetua: abrir el cadáver, señalar los órganos dañados, y volver a coserlo con la esperanza de que esta vez funcione mejor.

Mientras, la derecha frota sus manos. PP y Vox observan cómo la izquierda a su izquierda vuelve a su deporte favorito: el canibalismo político. No necesitan hacer campaña cuando sus oponentes se dedican a clavarse puñales por la espalda en un espectáculo de autodestrucción que ya debería tener temporada propia en Netflix.

Izquierda Unida no quiere salvar a la izquierda; quiere salvar su propio pellejo. Y está dispuesta a sacrificar en el altar de su vanidad lo poco que queda de un proyecto que, con todos sus defectos, era mejor que la alternativa de la derecha extrema.

La paciente puede que no esté muerta, pero los médicos discuten tanto sobre el nombre que ponerle en la lápida que se les está muriendo en la mesa de operaciones. Larga vida a IU… aunque sea a costa de matar todo lo que toca.

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