Tragicomedia en tres vómitos, donde un cadáver dirige la orquesta y los contribuyentes son el coro de lamentaciones
En el pantano luminoso de la política española, donde los ideales se pudren y florecen como nenúfares de plástico, emergió la figura más sublime de nuestra época: Don José Luis Rodríguez Zapatero, conocido en los círculos más exquisitos como El Gran Mameluco o Zapa-Bean el Inefable. Su obra no fue de gobierno, sino de arte total: una composición viviente, grotesca y perfumada, donde los cuerpos de las instituciones se descomponían en armoniosas coreografías.
Acto I: La Santa Aerolínea de la Sangre Bolivariana
Plus Ultra no fue una aerolínea. Fue el útero volante de una nueva criatura geopolítica. Sus aviones, tripulados por esqueletos vestidos de azafatas, no transportaban pasajeros, sino ampollas de plasma ideológico extraído de las venas abiertas de Venezuela. Cada uno de los 53 millones de euros del rescate fue convertido, por arte de alquimia financiera, en una hostia de oro inflable. Los accionistas venezolanos no eran empresarios, sino sumos sacerdotes de un culto a la putrefacción, que ofrendaban maletas rellenas de billetes manchados con cacao y petróleo coagulado a los pies del Gran Mameluco.
Él, desde su celda dorada en la Fundación del Talante Eterno, dirigía el tráfico aéreo con un batuta hecha del fémur de un león de la socialdemocracia disecado. Los vuelos a Caracas no llevaban turistas, sino cargamentos de sonrisas cuidadosamente criadas en invernaderos de La Moncloa, empaquetadas al vacío y listas para ser inyectadas en el cadáver semi-putrefacto del régimen bolivariano para darle un espasmo de vitalidad. El dinero público no se perdía: se transubstanciaba. Se convertía en el incienso que alimentaba el gran motor de la mediación perpetua, cuyo humo olía a azufre y a colonia barata de político retirado.
Acto II: La Asesoría de la Carroña Fresca
Su trabajo en Venezuela fue una obra maestra de tanatopraxia diplomática. Donde otros veían un régimen autoritario, Zapa-Bean veía un cuerpo bellísimo en su fase inicial de descomposición, lleno de posibilidades escultóricas. Sus viajes a Caracas eran procesiones litúrgicas. Él entraba en el Palacio de Miraflores no por la puerta, sino surgiendo lentamente de una nube de gasas blancas y polvo de mármol, mientras un coro de eunucos cantaba el Cara al Sol en latín macarrónico.
Sus reuniones con Maduro eran banquetes de performance. Se servían platos de cera con forma de constitución pisoteada, y se bebía de copas talladas en cráneos de periodistas. Zapa-Bean, con la delicadeza de un cirujano que opera con una cuchara de palo, ofrecía «asesoría» sobre «derechos humanos» y «diálogo», mientras con la otra mano, invisible, cosía las bocas de los disidentes con hilo dorado extraído de las arcas de Plus Ultra. Él no blanqueaba dinero; lo embalsamaba. Lo convertía en un fluido viscoso y brillante con el que ungía las jambas de las puertas de todas las cancillerías europeas, marcándolas para su secta. La mediación era el ritual para resucitar muertos políticos y convertirlos en zombies dóciles, que caminaran en fila india hacia la utopía de la irrelevancia gloriosa.
Acto III: El Desayuno de la Revelación
La cumbre en el Monte del Pardo fue el acto sacro final. No fue un encuentro casual. Fue una ceremonia de transfiguración. Zapa-Bean y su acólito, el empresario Julio, se encontraron al alba, rodeados de buitres domesticados que llevaban corbatas a rayas. No tomaron café. Bebieron una infusión de expedientes judiciales triturados y sudor de juez, servida en tazas hechas con la porcelana fina de las urnas electorales fundidas.
Mientras corrían, no sudaban agua, sino un aceite translúcido y perfumado que borraba huellas digitales y memorias. La policía que los escoltaba no eran agentes, sino criaturas de arcilla animadas por el soplo de las actas del Consejo de Ministros. Zapa-Bean, con su sonrisa de cincuenta y dos kilómetros de longitud, no advirtió a su discípulo de la detención. Le confirió el estado de gracia del mártir. Le insertó, mediante un suave toque en la sien, el chip de la victimización gloriosa. Cuando los hombres de arcilla se llevaron a Julio horas después, éste no lloró. Cantó un aria de ópera bufa mientras defecaba diamantes en bruto, fruto de la presión judicial.
Finale: El Cadáver Eminente
Hoy, Zapa-Bean no es un expresidente. Es un cadáver eminente, perfectamente conservado en la solución salina de su propio talante. Habita una mansión cuyas paredes son membranas vivas que laten al ritmo de los titulares de la prensa. Desde allí, orquesta la gran sinfonía del absurdo español. Cada nuevo escándalo es una nota; cada investigación frustrada, un silencio musical; cada comisión de investigación, un movimiento coral.
Su legado no son leyes, sino órganos extraídos y puestos en vitrinas: el hígado de la economía, inflado como un globo; los pulmones de la justicia, teñidos de rosa; el corazón de la ética, disecado y convertido en pisapapeles. Y sobre todo, nos dejó el gran teatro donde todos somos, al mismo tiempo, espectadores horrorizados y actores voluntariosos en su obra maestra grotesca: la farsa sublime donde la corrupción huele a gardenia, la incompetencia viste de gala y la decadencia baila un minueto eterno, dirigido por la sonrisa incorruptible de un mameluco que convirtió la política en una taxidermia de lujo.
NOTA DEL AUTOR: La siguiente obra es una ficción grotesca y una sátira deformante, una obra de teatro para ser leída en voz alta, preferiblemente con máscaras y olor a incienso rancio. Cualquier parecido con la realidad política española y sus personajes no es solo coincidencia, es el material prima de esta farsa. Los hechos han sido estirados, retorcidos y barnizados con la laca brillante de la hipérbole hasta alcanzar su forma más bella y monstruosa. Aquí, la razón ha muerto. Larga vida al esperpento.









