La pitonisa del odio que durante años arengó a las masas contra «fachas», «carcas» y «feminazis» descubre aterrorizada que el fascismo no es un invento para ganar votos, sino una jauría que también come de su pienso. Mientras ella exige escoltas VIP, los que calladamente aguantamos una década de ETA sin un mísero coche patrulla contemplamos cómo la teatralización del llanto llega a su paroxismo. Bienvenida al mundo real, donde las palabras matan y tu legado de frentismo te ha puesto en el punto de mira de los mismos monstruos que ayudaste a legitimar con tu demagogia.
¿Doce años con ETA y nadie me protegió; una soflama de Montero y se moviliza al Estado?
La noticia, como no podía ser de otra manera en la España del espectáculo político, ha ocupado portadas y abierto telediarios. La exministra y actual eurodiputada Irene Montero ha denunciado recibir amenazas de muerte por parte de un grupo neonazi. La organización en cuestión, «Hammerskins España», es una rama de una estructura considerada terrorista por el FBI y el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Ante esto, Montero clama al cielo (y al Ministerio del Interior) pidiendo protección.
Y uno, que es de la vieja escuela, no puede evitar soltar una carcajada amarga mientras se toma el café. Una carcajada que no va dirigida a la señora Montero, ni mucho menos a la gravedad de que existan grupúsculos nazis campando a sus anchas. La risa, o más bien el hipo, viene por el tratamiento VIP que recibe el miedo de unos frente al estoicismo forzoso de otros.
Verán, yo estuve doce años amenazado por ETA. Doce. Una cifra redonda que no es un récord, sino una condena. En aquellos años, ser policía, guardia civil, militar que cumplía con su deber o concejal, funcionario, periodista o simplemente ciudadano con una idea de España diferente a la de los asesinos, te convertía en un blanco andante. ¿Y qué hacía el Ministerio del Interior de turno? Poco o nada, más allá de un funeral con lagrimas de cocodrilo. La protección era un lujo, no un derecho. Porque, al fin y al cabo, uno solo estaba cumpliendo con su trabajo. No había cámaras, ni ruedas de prensa, ni tuits virales. El miedo se gestionaba en silencio, algunos con escoltas privados que pagaba uno de su bolsillo cuando podía, o con la simple y terrorífica rutina de mirar debajo del coche cada mañana.
Pero aquí llega la ironía fina, casi de orfebrería. Resulta que ahora, quien pide amparo es una dirigente política cuya principal ocupación en los últimos años ha sido la de crispar, dividir y enfrentar. Una gestora de la «maza y la transcript» que ha hecho del «conflicto» su modus operandi. Sus soflamas, sus ocurrencias legislativas y su tendencia a buscar un enemigo interno (ya sea el «cisheteropatriarcado», «el Estado profundo» o simplemente el vecino de derechas) han contribuido a crear un caldo de cultivo donde el odio, paradójicamente, crece como la mala hierba.
Han sido años de «más miedo al fascismo que a una guerra nuclear», de señalar al que piensa diferente como un maltratador potencial, de dividir el país entre «fachas» y «buenistas», de intentar convencernos de que España es un país de maltratadores y violadores en potencia. Su paso por el Ministerio de Igualdad no ha sido otra cosa que una máquina de generar frentismos: contra los jueces, contra la prensa, contra las feministas disidentes, contra los padres, contra tus vecinos. La «presidenta de los morados» ha hecho de la crispación su única bandera. Y ahora, cuando el eco de su propia violencia verbal le vuelve en forma de amenaza real, pide protección.
Y no me malinterpreten. Que un grupo neonazi amenace de muerte a Irene Montero es una vileza, una salvajada y un delito. Debería perseguirse con toda la dureza de la ley. ¡Claro que debe protegerla! Que la maten no soluciona nada, al revés, la convertiría en mártir de una causa que no merece mártires. Pero que no nos tomen por imbéciles. Que no pretendan vendernos la moto de que esto es un ataque a la democracia cuando ella ha sido una de las principales dinamiteras de la convivencia.
Porque el problema no es que existan neonazis. El problema es que el discurso de Montero les da exactamente la razón. Cuando divides la sociedad entre «ellos y nosotros», cuando conviertes al adversario político en un enemigo a batir, cuando llamas «fachas» a siete millones de españoles, ¿qué esperas? ¿Un ramo de flores? Los neonazis necesitan un enemigo, y ella se ha pasado cinco años pintándoles dianas en la frente de media España.
Uno no puede evitar preguntarse: ¿dónde estaban esos mismos reflectores cuando los amenazados éramos nosotros, los que no éramos «feministas» de postureo, sino simples mortales que cumplíamos con nuestro deber patriótico o simplemente con nuestra obligación profesional en tierra hostil? Entonces, el discurso oficial era que «no era para tanto», que «eran gajes del oficio» o, directamente, que «algo habríamos hecho».
Ahora, en cambio, la señora Montero, cuyo legado político para muchos no es otro que el de haber dinamitado puentes de convivencia con la saña de un castor desbocado, recibe la solidaridad inmediata de un Estado que a otros nos dio la espalda. El mismo régimen que nos ninguneó a los que luchábamos contra el terrorismo etarra se desvive ahora por una líder que, desde su atalaya de polarización, cosecha lo que siembra.
Y ahora, el comunicado del consorte: Comprendemos al Neo-Nazi
Y como no podía ser de otra manera en esta tragicomedia de brocha gorda, ya empiezan a calentar en la banda. Porque si la cosa se pone fea, si las amenazas son reales y el peligro acecha, ¿quién mejor que el intelectual orgánico de la familia, el exvicepresidente de la coleta, para salir a hacer de las suyas? Estén atentos a sus redes, no vaya a ser que ahora también nos suelte Pablo Iglesias, con esa pose de catedrático de la superioridad moral, que «si bien rechazamos y condenamos enérgicamente estas amenazas fascistas, es necesario comprender sus raíces políticas».
¡Ahí lo tienen! El mismo que cuando ETA asesinaba o amenazaba se sentaba en una televisión pagada por todos a explicarnos que había que entender «las causas del conflicto», que la violencia era «la expresión de un problema político de fondo». El mismo que justificaba, matizaba y contextualizaba el terrorismo etarra mientras aquí, los que lo sufríamos en nuestras carnes, solo escuchábamos que éramos unos intransigentes por no querer dialogar con asesinos.
Ahora, cuando el monstruo llama a su puerta, cuando el fascismo real (no el de las pancartas) apunta a su familia, resulta que igual toca bajar un poquito el nivel de «análisis político» y subir el de protección policial, ¿no? Porque será muy bonito eso de buscar las «raíces» del odio cuando las víctimas son otros, cuando los amenazados son los currantes anónimos que no tenían un altavoz. Pero cuando la coleta y la porra les tocan a ellos, entonces ya no valen matices, entonces ya no hay «contexto», entonces es el Estado el que tiene que poner los coches blindados.
Y uno no puede evitar preguntarse: si el terrorismo tiene «raíces políticas», ¿por qué no pedían ustedes comprensión para las víctimas del GAL? ¿Por qué no contextualizaban los asesinatos de los ciudadanos a manos de ETA mientras les daban abrazos a Bildu en el Congreso? Porque claro, comprender al otro, al que amenaza, es muy progresista… hasta que el otro te apunta a ti con el dedo.
Así que prepárense, porque en cualquier momento llega el comunicado: «Condenamos, pero entendamos que estos jóvenes neonazis son producto de la frustración generada por el sistema, de la falta de expectativas y de la demonización mediática que sufre la izquierda». A ver si ahora resulta que hasta los cabezas rapadas tienen derecho a la «reinserción social» y al «diálogo transformador». Claro, como hizo siempre con ETA. Pero no se preocupen, que si la cosa se pone fea de verdad, ya pedirán protección. Eso sí, sin dejar de hacer caja política con el miedo.
El problema es grave: hay nazis y amenazan a una política. Pero la solución no puede ser una burbuja de protección para unos pocos elegidos mientras al resto, los que durante años aguantamos el chaparrón del odio real, se nos dijo que aguantáramos el tipo. Si de verdad se quiere luchar contra la ultraderecha violenta, que empiecen por no alimentar al monstruo con la gasolina de la confrontación permanente. Y que, de paso, pidan perdón a todos aquellos a los que les negaron la escolta mientras ellos, en sus despachos, jugaban a ser la voz del pueblo.
Así que sí, señora Montero, pida protección. Que le pongan escolta, un coche blindado y un helicóptero si hace falta. Pero mientras se sube a ese coche oficial, mírese al espejo y pregúntese si su legado no ha sido el de convertir la política en un ring de boxeo donde solo vale noquear al contrario. Usted sembró vientos de confrontación y ahora cosecha tempestades de odio.
Bienvenidos al club de los amenazados de verdad. Aquí no hay ruedas de prensa que valgan, solo la certeza de que, para ustedes, la solidaridad siempre ha sido de dirección única. Y el cinismo, su única ideología.
Mientras tanto, yo seguiré aquí, viendo el circo, y recordando aquellos doce años en los que, para el Ministerio, no existía. Porque lo mío no era «lucha», era cumplir con mi trabajo. Ella, en cambio, hace de la queja su carrera. Y así nos va.









