Sánchez: El fiscal defendió la verdad, la que tiene que pedir perdón es Ayuso

Dic 10, 2025

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El Ministerio de la Verdad Sánchez: En el Mundo al Revés, el Fiscal General lo Indefendible y los Denunciantes Piden Perdón

En un alarde de virtuosismo narrativo que haría palidecer a Las Hermanas Wachowski, directoras del universo paralelo conocido como «Matrix». Pedro Sánchez lo ha vuelto hacer, tras la sentencia de García Ortiz, ha presentando una nueva realidad alternativa donde la lógica, la ética y el sentido común son reliquias de un pasado neoliberal y fachoso.

El último giro de guion, digno de un culebrón distópico, nos revela que el Fiscal General del Estado, García Ortiz, no ha hecho más que “defender la verdad”. Así, en voz alta y sin ruborizarse. La verdad, esa dama esquiva que en el «Matrix Sanchista» adopta la forma de borrado de mensajes a conveniencia, dilaciones estratégicas y la doctrina de que “todo es judicializable… excepto lo que nos afecta a nosotros”. García Ortiz, elevado a la categoría de paladín de la justicia, sería por tanto un héroe trágico, un Quijote togado que lucha contra los molinos de viento de la derecha cavernaria. Su verdad, claro está, es la única verdad. Las otras son bulos, lawfare o ruido de fondo.

Pero la joya de la corona, el plot twist que deja sin aliento al espectador desprevenido, es el destino reservado para Isabel Díaz Ayuso. Según la lógica impecable de esta realidad pixelada, la presidenta madrileña es la que debe pedir perdón. Perdón, supongamos, por haber denunciado su novio Alberto González Amador unos hechos. Perdón por haber insistido en que se investigaran. Perdón, en definitiva, por osar interrumpir el relato monolítico con algo tan inconveniente como una denuncia. En el Nuevo Orden de la Meritocracia Aplicada, el delito supremo no es el vulneración de unos derechos, sino señalar que podrían existir. El mensaje es claro y aleccionador: “Ciudadano, no denuncies. No preguntes. No escarbes. Deja que el Ministerio de la Verdad (versión Moncloa) te explique qué es lo ocurrido y, sobre todo, quién es el bueno”.

Es una obra maestra de la ironía política: quien pone un caso de revelación de secretos sobre la mesa es la villana por ser novia del denunciante, mientras que quien lo comete es proclamado cruzado de la integridad. El espejo se ha empañado tanto que ahora refleja lo contrario: la acusación se convierte en pecado y el autor, en paladín de la justicia..

Este capítulo de “El Matrix Sánchez” no es simplemente un episodio más de nuestra política. Es un manual avanzado de gaslighting institucional. Nos enseñan que defender la verdad no tiene que ver con la evidencias o los procedimientos, sino con la lealtad al guion. Y que pedir perdón es una obligación exclusiva de quienes desafían la narrativa oficial.

Al final, el ciudadano, aturdido y confuso, se pregunta si vive en un Estado de Derecho o en una plataforma de streaming donde los papeles de víctima y verdugo se asignan en función de la afinidad política. Mientras, en la vida real, fuera del decorado digital, la justicia sigue esperando su turno para ser no una verdad oficial, sino simplemente justicia. Pero eso, claro, sería otra película. Una que, al parecer, aún no tienen interés en producir.

 

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