Pedro Sánchez, el samurái del sillón

Jun 5, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 Pedro Sánchez, el samurái del sillón

Cuando el harakiri era honorable

En el Japón feudal, el seppuku o harakiri era el último refugio del guerrero que había perdido el honor. Un acto cruel, sí, pero digno. El samurái se abría el vientre con su propia hoja para devolver, con su muerte, la pureza a su nombre y la estabilidad a su clan. Era una tradición absurda para el racionalista moderno, pero al menos implicaba una cosa que nuestra política ha olvidado por completo: asumir las consecuencias.

Tranquilos: Sánchez no se hará la seppuku

Pero no se preocupen, queridos lectores. No vamos a ser testigos de una escena tan sangrienta. Porque para que haya harakiri político, hace falta un requisito indispensable que nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha demostrado no poseer: el honor.

El ballet del funambulista que quema la red

Estos días, algunos ingenuos aún esperan que Sánchez, tras el alud de escándalos de corrupción, mentiras en diferido y pactos que sonrojaban a Calígula, convoque elecciones, dimita o al menos se retire un momento a una habitación a pensar en lo que ha hecho. Nada más lejos de la realidad. El espectáculo al que asistimos no es un suicidio ritual; es el patético ballet de un funambulista que quema la red, corta las cuerdas de seguridad y luego acusa al público de no aplaudir con suficiente entusiasmo.

El honor según Sánchez: seguir vivo aunque todo se pudra

El «harakiri político», en una democracia que se precie, sería ese momento en que un dirigente antepone la salud de su partido y de las instituciones a su propia ambición. Apartarse para no pudrir el sistema y los ideales socialistas. Eso sería una muerte honorable. Pero Sánchez ha reinventado el concepto: para él, el honor consiste en seguir vivo aunque el país entero y el PSOE sea el vientre abierto que él se niega a reconocer.

Ironías comparadas: Japón se retira, España se agarra al sillón

La ironía es mayúscula. Mientras Japón modernizó el bushido convirtiéndolo en responsabilidad y dimisiones ejemplares (véase cualquier escándalo en su clase política), aquí tenemos a un líder que se aferra al poder como una lapa al casco de un barco que él mismo está hundiendo. Le importa tan poco el deterioro institucional que ha convertido la verdad en una moneda de cambio, la ley en un borrador sujeto a encuestas y la separación de poderes en una sugerencia incómoda.

La secta aplaude mientras el país se desangra

Y lo más triste de todo: no es que vaya a sobrevivir. Es que lo hará con la coartada de la «centralidad» y la «estabilidad». Mientras tanto, su partido, convertido en una secta donde el Sumo Sacerdote reparte indultos a cambio de lealtades caninas, le aplaude cada pirueta sobre el abismo. Ellos lo llaman «resistencia». El resto, con algo más de perspectiva histórica, lo llamamos otra cosa: la lenta y bochornosa agonía de quien prefiere pudrirse en el trono antes que caer con dignidad.

Ni harakiri ni lecciones, solo supervivencia rastrera

Así que, tranquilos, sectarios socialistas. No habrá harakiri. No habrá sangre. Solo veremos cómo un político sin escrúpulos, pero con una habilidad asombrosa para la supervivencia, sigue bamboleándose en la cuerda floja mientras nos convence de que el equilibrio es un arte, y la ruina, una forma de paisaje. El samurái se abre el vientre para recuperar su nombre. Pedro Sánchez, en cambio, se limita a abrir el nuestro. Y lo peor no es que no vaya a dimitir. Lo peor es que algunos todavía llaman «valor» a su falta de vergüenza.

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