El ministro, derrotado en Aragón, desentierra a Lambán para justificar su mediocridad. Un ejercicio de canallería política sin precedentes que retrata al personaje: miserable, cobarde y sin escrúpulos
Que Óscar López es un político sin ideas es algo que hasta sus camaradas susurran en los pasillos de Ferraz. Que su currículum consiste en haber sobrevivido a todas las purgas del sanedrín socialista pegándose como una lapa a quien mandase, también. Pero lo que nadie imaginaba es que su falta de talento fuera a abocarle a un pozo tan profundo de bajeza moral. Ha tenido que llegar él para demostrar que no hay límite. Que ni la muerte frena su ambición. Que ni la tumba de un rival es sagrada cuando se trata de cubrir sus miserias.
Óscar López, el mismo que perdió las primarias en Aragón contra un enfermo terminal, el mismo que tuvo que ser nombrado a dedo para ocupar un puesto que nadie le había votado, el mismo que lleva décadas coleccionando cargos sin ganar unas elecciones en su vida, ha decidido que el culpable de su fracaso es Javier Lambán. Y como Lambán ya no puede defenderse, porque murió hace cuatro meses, López se ha permitido el lujo de disparar contra su cadáver.
Esto ya no es política. Esto es cobardía con alevosía
Porque hay que ser ruin, pero ruin de solemnidad, para esperar a que un hombre sea enterrado para ensañarse con su legado. Hay que tener el alma cosida a alfileres para acusar de «utilizar argumentos de la derecha» a quien dedicó su vida a combatir a la derecha en las trincheras de Aragón mientras López se limitaba a coleccionar ministerios sin mojarse jamás. Hay que ser un farsante, un impostor, un advenedizo de la política, para venir a dar lecciones de oposición a quien gobernó durante ocho años y supo cuándo plantar cara y cuándo tender puentes.
López, el hombre orquesta de la Moncloa, el ministro de todo y de nada, el que ha sido sucesivamente jefe de gabinete, senador, diputado, director de campaña, portavoz y ahora otra vez ministro sin haber ganado jamás unas primarias ni unas generales, cree que puede reescribir la historia porque maneja el micrófono. Pero ni siquiera el aparato que le ha sostenido durante tres décadas pudo evitar su estrepitosa derrota en Aragón. Perdió. Perdió contra un hombre que apenas podía sostener un discurso. Perdió contra la memoria y el prestigio. Perdió porque nadie le votó. Y ahora, como los malos perdedores, busca un culpable. Y lo busca donde no pueda replicarle: en el cementerio.
Pero no basta con atacar al fallecido. López, en un alarde de cinismo patológico, ha decidido también redefinir la historia reciente. Según él, Lambán no hacía oposición. O sea, que el hombre que plantó cara a Azcón y Vox en las Cortes, que denunció la infrafinanciación autonómica, que se opuso a los indultos y a la amnistía desde la lealtad institucional, no hacía oposición. ¿Y qué hace oposición para López? ¿Aplaudir? ¿Callar? ¿Morderse la lengua mientras el gobierno pacta con los independentistas y Aragón pierde peso en España? Ah, claro, eso es lo que hace él. Por eso es ministro.
El problema de fondo es que Óscar López representa lo peor de la política española: la falta de convicciones, la sumisión al líder de turno, la nula capacidad de generar pensamiento propio. Es el producto perfecto de un sistema que premia la lealtad por encima del talento. El becario eterno que ascendió por acompañar al heredero. El chico para todo que jamás destacó en nada. El comisario político enviado a Aragón para domesticar a los díscolos y que fracasó estrepitosamente. Y ahora, como no puede asumir su derrota, ensucia la memoria de un gigante para sentirse menos enano.
Lambán cometió muchos errores, como todos los políticos. Pero tuvo algo que López jamás tendrá: dignidad. Cuando perdió, se apartó. Cuando se retiró, lo hizo en silencio. Cuando supo que se moría, no pidió cuotas ni parcelas de poder. Se fue como se van los hombres de partido, con la cabeza alta y las botas llenas de barro aragonés. Mientras, López sigue ahí, agarrado al escaño, al coche oficial, a la poltrona, incapaz de dar un paso atrás porque no sabe hacer otra cosa. Es un parásito que necesita huéspedes. Y cuando se le muere el huésped, lo devora igualmente.
Lo más trágico de este espectáculo es que nadie en el PSOE parece dispuesto a ponerle coto. ¿Dónde están los barones? ¿Dónde los dirigentes históricos? ¿Dónde los que se llenan la boca con la memoria de los compañeros caídos? Silencio cómplice. Porque Óscar López es el enviado de Ferraz, el soldado de Moncloa, el brazo ejecutor de Pedro Sánchez. Y nadie se atreve a manchar al Rey. Así que permiten que profane la tumba de Lambán con tal de no incomodar al presidente. Esa es la verdadera deriva del partido: han convertido el sanchismo en una ideología y la lealtad en un arma arrojadiza contra los muertos.
Alguien debería recordar a Óscar López que la política también es memoria. Que hay derrotas que honran y victorias que avergüenzan. Que él no ganó en Aragón: perdió. Y que por muy alto que grite, por mucho que acuse, por muy miserable que sea su intento de reescribir la historia, su nombre quedará asociado para siempre a la bajeza de atacar a un adversario cuando ya no puede replicar.
Mientras, Lambán descansa en paz. López, no. López vivirá con la certeza de que su única victoria posible era contra un muerto. Y ni siquiera esa conseguirá, porque la historia no la escriben los canallas. La escriben los que se van sin pedir perdón por haber defendido sus ideas.
A usted, señor López, le tocó perder contra un enfermo. Y en lugar de asumirlo con dignidad, ha elegido el camino de los miserables. Que le aproveche la cartera de ministro. No le durará tanto como la vergüenza.









