Sánchez, Begoña y la patética farsa de un presidente que gobierna con el corazón (y nos toma por imbéciles)
Asistimos atónitos al espectáculo más bochornoso de la democracia española. Un presidente del Gobierno que ha convertido su vida matrimonial en un culebrón venezolano, que utiliza a su mujer como escudo humano y que, para rematar, nos suelta con la boca pequeña que su única enfermedad es «amar demasiado». Señores, esto ya no es política, esto es un sainete de tercera división que avergonzaría hasta al más mediocre de los dramaturgos.
El «enamorado» que se frota las manos mientras Begoña entra por la puerta de atrás
Empecemos por el principio. Sánchez, en su primera carta a la ciudadanía —ese ejercicio de narcisismo patológico sin precedentes—, se atrevió a escribir: «Yo, no me causa rubor decirlo, soy un hombre profundamente enamorado de mi mujer que vive con impotencia el fango que sobre ella esparcen día sí y día también».
Uno esperaría que un hombre «profundamente enamorado», que vive con «impotencia» el sufrimiento de su esposa, actuara con la mínima coherencia. Pero no. Mientras el presidente lloraba en sus cartas y paralizaba el país durante cinco días de «reflexión» —tiempo que tuvo a toda España en vilo—, su amada Begoña se paseaba con la tranquilidad de quien sabe que el poder le protege. Porque si algo ha quedado claro es que la «impotencia» de Sánchez es tan falsa como sus promesas electorales.
La imagen es grotesca: mientras el presidente decía estar «meditando» si merecía la pena continuar —como si gobernar España fuera un favor personal y no una obligación—, su esposa hacía vida normal, blindada por un entorno que ya le había preparado la coartada perfecta. Pero lo más indignante llegó después. Porque cuando Begoña Gómez tuvo que declarar en los juzgados, lo hizo por la puerta de atrás, con escolta, con un dispositivo de seguridad insultante, tratando a la prensa y a los ciudadanos como si fueran plebe molesta a la que hay que esquivar.
Comparen si no: Iñaki Urdangarin, yerno del Rey, entró a los juzgados de Palma y se comió el foco. La infanta Cristina, hermana de un jefe del Estado, hizo el paseíllo como cualquier mortal. Pero Begoña Gómez, esposa de Sánchez, merece un tratamiento VIP. ¿Dónde queda ahora el «fango»? ¿Dónde la «impotencia»? Lo que hay es puro privilegio, una casta que se cree por encima de la ley mientras su líder pontifica desde La Moncloa sobre lo mucho que ama.
«Mi única cardiopatía es amar demasiado»: cuando el ridículo supera a la ficción
Y cuando creíamos que ya no podía superarse el listón del esperpento, llega Sánchez con la perla definitiva. Ante los rumores sobre su salud —esos que circulan en cualquier democracia normal sin necesidad de que el presidente convierta su corazón en un parte médico—, el inquilino de La Moncloa decide responder con un comunicado que haría sonrojarse a cualquier adolescente con cuaderno de poesía.
«Mi única cardiopatía es amar demasiado», sentencia. Y añade que su corazón está «gravemente malherido por las crueles flechas de un tal Cupido». Por si fuera poco, remata la faena asegurando que este amor «no tiene cura, no tiene remedio, pero es eterno».
Señor Sánchez, ¿en qué cabeza cabe que un jefe de Estado, en funciones, con una legislatura en juego, con una inflación que asfixia a las familias, con una crisis de vivienda y con la oposición mordiendo los talones, salga a decir que su problema no es el corazón, sino que quiere mucho a su mujer? Esto no es romanticismo, esto es tomadura de pelo.
Uno se pregunta qué hubiera pasado si Adolfo Suárez, en plena Transición, hubiera convocado una rueda de prensa para hablar de sus flechazos. O si Felipe González, con los GAL en pleno apogeo, hubiera confesado que su única enfermedad era el amor por la unidad de España. La respuesta es sencilla: les habríamos crucificado. Pero con Sánchez, acostumbrados ya a su reality show permanente, casi nos parece normal que un presidente hable como si fuera un tertuliano de Sálvame.
La banalización de la política: cuando gobernar es una terapia de pareja
El problema de fondo es mucho más grave que unas declaraciones desafortunadas. Lo que estamos presenciando es la coartada.
Porque hablar del amor a Begoña es más rentable que hablar de los Presupuestos. Más fácil que explicar por qué la inflación sigue estrangulando a las clases medias. Más sencillo que justificar los pactos con Bildu o la amnistía. Sánchez ha encontrado el filón: nadie puede criticar a un hombre que dice amar profundamente a su esposa. Es como criticar a un niño pequeño o pegar a un perrito. Te conviertes automáticamente en el malo de la película.
Pero esto es un fraude. Porque mientras él nos habla de su corazón herido por Cupido, su esposa entra y sale de los juzgados con escolta, sus socios de gobierno pactan con prófugos y los españoles vemos cómo nuestro país se convierte en una república bananera donde lo importante no es gobernar, sino «emocionar».
El amor como coartada: la patética estrategia del «pobre Pedro»
Lo más indignante de todo es la victimización constante. Sánchez se presenta como el mártir del amor, el hombre bueno acosado por las fieras que no soportan verle feliz. Es el «pobre Pedro» que solo quiere vivir su romance en paz, pero los malvados de la derecha no le dejan. Y los medios, claro, son el ejército del mal que esparce «fango» sobre su amada.
Pero cuidado, que aquí hay una trampa. Cuando Sánchez dice que el fango sobre Begoña le causa impotencia, lo que está haciendo es cerrar cualquier vía de investigación legítima. Porque ¿cómo vas a investigar los negocios de Begoña Gómez si eso es «fango»? ¿Cómo vas a preguntar por sus relaciones empresariales si eso es «atacar a su mujer»? Es el blindaje perfecto: utilizar el sentimentalismo para anular el escrutinio público.
Y encima, cuando el escrutinio llega —porque la justicia, aunque lenta, a veces funciona—, se articula un dispositivo de protección indigno. Begoña entra por el garaje, los jueces le facilitan el acceso, y la prensa crítica es tratada como acosadora. El mensaje es claro: nosotros estamos por encima de vosotros.
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