El torturador impune de la España franquista y democrática
Un expolicía condecorado y una justicia que mira hacia otro lado dibujan el relato de una Transición que premió a sus verdugos y silenció a sus víctimas.
En los sótanos de la Dirección General de Seguridad, en la madrileña Puerta del Sol, un joven policía apodado «Billy el Niño» perfeccionaba su arte: la tortura. Sus métodos—la rueda, el quirófano—quebraron física y psicológicamente a decenas de jóvenes opositores durante el franquismo tardío. Medio siglo después, aquellos calabozos siguen siendo un símbolo de la impunidad que atravesó la dictadura y se instaló en la democracia.
El ascenso de un torturador en la Brigada Político-Social
Antonio González Pacheco (1946-2020) ingresó muy joven en el Cuerpo General de Policía. Bajo las órdenes del comisario Roberto Conesa en la temida Brigada Político-Social, se convirtió en el número dos y en uno de los agentes más crueles del régimen. Su apodo, según declararía él mismo, no se lo puso él, pero le acompañaría de por vida.
Las víctimas lo recuerdan como un personaje «histriónico, teatral y muy violento», que disfrutaba dando patadas acompañadas de «grititos a lo Bruce Lee». Su seña de identidad era la brutalidad metódica y el disfrute sádico en los interrogatorios.
En 1974, fue condenado por las torturas al periodista Paco Lobatón, una de las pocas veces que enfrentó consecuencias jurídicas en vida. Aunque la justicia argentina le reclamaría décadas después por torturar a trece personas entre 1971 y 1975, los tribunales españoles rechazaron sistemáticamente su extradición al considerar los delitos prescritos.
La Transición: de torturador franquista a policía condecorado
Uno de los aspectos más controvertidos de su biografía es cómo logró transitar impune desde la policía política franquista hasta las fuerzas de seguridad democráticas. En julio de 1977, en plena Transición, el ministro de la Gobernación Rodolfo Martín Villa le concedió la medalla de plata al Mérito Policial.
No fue su única condecoración. A lo largo de su carrera acumuló cuatro medallas que incrementaban en un 50% su pensión, un hecho que generaría amplia indignación años después. Permaneció en la policía hasta 1982, cuando abandonó el cuerpo para trabajar como jefe de seguridad en empresas privadas como Renault España.
Las víctimas y el silencio que nunca cesó
Los testimonios de quienes sufrieron sus torturas dibujan un panorama desolador. Josefa Rodríguez Asturias, militante del FRAP, ofrece uno de los testimonios «más desoladores» en el documental «Billy» de Max Lemcke. Como ella, decenas de jóvenes—estudiantes, obreros, militantes de izquierdas—fueron quebrados en aquellos sótanos.
Lo que más les duele, casi medio siglo después, no es solo el dolor físico, sino haber delatado a compañeros bajo tortura. «Se chivaron y no se lo perdonan aún», describe el director del documental. Y sobre todo, les duele el silencio que ha aplastado sus voces «en bien de una Transición española hacia la democracia» que nunca les hizo justicia.
La larga batalla judicial: de Argentina a la Audiencia Nacional
En 2013, la jueza argentina María Servini dictó orden internacional de búsqueda y captura contra González Pacheco y otros cuatro exagentes franquistas. La justicia universal se activaba donde la española fallaba. Sin embargo, en abril de 2014, la Audiencia Nacional rechazó la extradición argumentando que los delitos de tortura estaban «ampliamente prescritos».
Este patrón se repetiría en múltiples querellas. En 2019, un juzgado de Madrid admitió a trámite por primera vez una querella por delito de lesa humanidad, pero sería otra batalla perdida. Los tribunales españoles han mantenido sistemáticamente que los delitos han prescrito y que no son investigables por la Ley de Amnistía de 1977.
Muerte y legado: las medallas póstumas y la memoria pendiente
Antonio González Pacheco falleció el 7 de mayo de 2020 por COVID-19. Murió sin rendir cuentas a la justicia, con sus medallas y privilegios intactos. Su muerte activó una última batalla: la retirada de sus condecoraciones.
En junio de 2020, el Congreso de los Diputados aprobó retirarle las medallas con 207 votos a favor, 57 en contra y 86 abstenciones. El texto instaba al Gobierno a «revocar de forma efectiva las condecoraciones y recompensas concedidas por el Estado a funcionarios y autoridades de la dictadura franquista».
Su figura sigue generando reflexión artística y política. El documental «Billy. Torturas, impunidad y silencio» y la obra teatral «Homenaje a Billy el Niño» mantienen viva la memoria de lo ocurrido, dando voz a las víctimas y cuestionando el relato oficial de la Transición.
Como resume el director Max Lemcke: «El franquismo sigue vivo, porque aceptó la democracia a cambio de conservar sus privilegios». La historia de Billy el Niño no es solo la de un torturador, sino la de un país que eligió mirar hacia otro lado.









