Cuando la fe militante choca con la tasación pericial
Hay momentos en los que el espectáculo político supera a la sátira. Uno de ellos lo protagoniza Luis Arroyo, presidente del Ateneo de Madrid y flamante portavoz no oficial —aunque cada vez más ferviente— del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. Hace apenas unos días, Arroyo ejercía de paladín de la causa, defendiendo a capa y espada la versión de su jefe mediático sobre aquel misterioso tesoro hallado en un despacho: unas joyas cuya procedencia, ahora sabemos, podría rondar los 1,3 millones de euros. Unas joyas que, según la primera tasación, valen algo más que cuatro perlas y un par de buenos deseos.
El arrepentimiento exprés en formato tuit
Pero no se preocupen, queridos lectores, que para eso está la honestidad intelectual sobrevenida. Luis Arroyo ha pedido perdón en X (antiguo Twitter, ese cementerio de las reputaciones) por «haber inducido a error sobre el valor de las joyas del presidente Zapatero». Lo dice con toda la solemnidad del converso: “Pido perdón en mi propio nombre”. Y añade que él siempre trata de informar con honestidad y veracidad, porque “no concibe la comunicación de otro modo”.
Lástima que hace una semana la concibiera de otro modo
Qué bonito. Lástima que hace apenas unos días la concibiera de otro modo muy distinto: defendiendo lo indefendible, construyendo cortinas de humo con la destreza de un titiritero y llamando “persecución” a lo que los jueces llaman “investigación”. Porque no se puede ser el megáfono acrítico de un imputado en el caso Plus Ultra, justificar cada esquive, cada silencio, cada versión que se tambalea… y luego, cuando la tasación echa por tierra el relato, salir con una disculpa tan teatral como extemporánea.
El apóstol arrepentido que confunde lealtad con servilismo
Arroyo se ha convertido, por voluntad propia, en la sombra mediática de Zapatero. En múltiples intervenciones ha explicado lo que el expresidente, atrincherado en su despacho preparando la defensa, le va contando al oído. Un ejercicio de fe militante que haría palidecer a cualquier apóstol. Pero la fe no paga impuestos ni justifica joyas mal contadas. Y cuando la realidad entra por la puerta —en forma de tasación pericial—, las coartadas salen por la ventana.
Pedir perdón por inducir a error no es pedir perdón por todo
Pide perdón por inducir a error, sí, pero no por defender a capa y espada, no por contribuir a la intoxicación, no por hacer el ridículo con la dignidad del que se cree por encima del ridículo. Ese perdón no llega. Y tampoco explica por qué su palabra merecía crédito antes y ahora solo merece una disculpa. En el fondo, Arroyo hace lo que tantos en su trinchera: confunde lealtad con servilismo, y comunicación con propaganda.
Mientras tanto, Zapatero se prepara para el juez (o para otro vídeo)
Zapatero, mientras tanto, dará explicaciones ante el juez. O no. O las dará por vídeo, como ese breve y enigmático mensaje negando responsabilidad alguna. Pero no nos engañemos: el problema no es solo el valor de las joyas. Es el valor de la palabra de quienes las defendieron sin saber, o sabiendo demasiado. Y ese valor, a día de hoy, cotiza a la baja. Por mucho que luego lleguen las disculpas en redes sociales, con su puntual arrepentimiento y su dosis de postureo.
La conclusión que nadie pidió pero todos esperaban
Porque pedir perdón por inducir a error está bien. Pero sería más útil, y más honesto, pedir perdón por haber sido el altavoz dócil de un relato que ya olía a naftalina antes de que lo tasaran. Eso sí sería no concebir la comunicación de otro modo. Mientras tanto, la caverna socialista llora su conversión a la verdad forzosa, y los lectores, como siempre, asistimos al espectáculo con una mezcla de hastío y sonrisa. Ironías del destino: al final, lo único que pierde valor no son las joyas, sino la credibilidad de quienes las defendieron. Y esa, amigos, no la recupera ni el tasador más generoso.








