«¡Que Dios bendiga a España!»: el titular que no compromete, pero vende
Qué escena, amigos lectores. Nos vestimos de gala, el Palacio Real reluciente, las autoridades haciendo la reverencia que no hacen al sentido común, y Su Santidad, el flamante León XIV, suelta con énfasis de actor secundario: «¡Que Dios bendiga a España!». Bravo. Ole. Que se oiga desde la Moncloa hasta el último chiringuito playero.
Un lego confundido ante tanto silencio divino
Pero un servidor, lego en esto de los dobles discursos y las papiroflexias teológicas, se queda con la mosca tras la oreja. ¿Bendecir a España? ¿A cuál? Porque España, como andamos estos días, es más un campo de batalla que una nación bendecida.
¿Bendición o estocada con guante blanco?
Porque si lo pensamos —y ya ven, un lego piensa, que es pecado—, la bendición papal en boca de León XIV puede interpretarse como aquella bendición que le echas a un enfermo terminal. Y este gobierno, el del señor Sánchez (perdón, «sanchista», que es como se dice ahora para que suene a secta), tiene al país con más casos de corrupción que rosarios en Semana Santa. ¿O acaso no nos salpican los Koldo, los Ábalos, los comisionistas fantasma y los indultos a medida? Que Dios bendiga a España, claro, porque si no lo hace Él, no hay whopper que la salve.
La hipótesis piadosa: un Papa ingenuo o un cómplice involuntario
Pero también cabe la opción piadosa: que el Papa, bendito sea, sea tan ingenuo como para creer que los mismos que retratan a España como una democracia avanzada mientras reparten mordidas con cuentagotas son dignos de su bendición. En cuyo caso, Su Santidad debería matizar. No sea que un día bendiga a Venezuela y al día siguiente amanezca Maduro con estola.
El arte de decir nada con mitra y cruz pectoral
Lo cierto, querido lector, es que León XIV ha hecho lo que mejor saben hacer los diplomáticos con sotana: hablar sin decir nada. Porque si de verdad quisiera bendecir a España, empezaría por pedir cuentas a quienes la están descuartizandola, con la corrupción, y pactos con independentistas y filoetarras que venden la ética por un puñado de votos. Pero no. Su Santidad prefiere el titular bonito.
Amén, pero con alfileres
En cualquier caso, que Dios nos coja confesados. Porque con esta clase de ambigüedades papales y este gobierno de trapisondas, lo único que nos bendice a diario es el paro, la pobreza, la inflación y la vergüenza ajena. Amén y, si no, al tiempo.








