Un ensayo sobre la corrupción como espejo fáustico
En la literatura universal, pocas metáforas resultan tan perturbadoramente precisas para describir ciertas patologías del poder como el retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde nos legó la inquietante historia de un hombre que, obsesionado con preservar su juventud y belleza, vende su alma para que un lienzo cargue con el peso de sus pecados mientras su rostro permanece inmaculado. Hoy, esa ficción victoriana encuentra un inquietante paralelismo en la figura de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, quien parece haber pintado su propio retrato: el de un hedonismo político que envejece y se deforma mientras él se aferra al espejismo de un liderazgo perpetuo.
El taller del narcisista
Sánchez ha construido a lo largo de su carrera una admiración por sí mismo que roza lo patológico. No es casualidad que sus comparecencias públicas adopten a menudo el tono del sermón moral, del ungido que posee la verdad revelada frente a la caverna mediática y judicial. Como Dorian, Sánchez parece contemplarse cada mañana en el espejo de las portadas afines y los aplausos de su círculo, convencido de que su imagen —la del presidente joven, moderno, europeísta y feminista— puede resistir cualquier embate de la realidad.
Pero la realidad, tozuda, se abre paso. Desde la imputación de su esposa Begoña Gómez hasta las presuntas comisiones ilegales de Ábalos en la trama Koldo, pasando por Cerdán por liderar una presunta red de amaño de obras públicas y cobro de comisiones ilegales, o el caso de su hermano, la corrupción ha tejido una red que asfixia no ya a su partido, sino al propio entorno familiar y de confianza del presidente. Cada nueva filtración judicial, cada auto de los tribunales, va añadiendo una mancha al retrato oculto en el desván de la Moncloa.
La venta del alma por la permanencia
Lo que diferencia a Sánchez de otros líderes políticos no es la existencia de casos de corrupción a su alrededor —lamentablemente comunes en la política española— sino su reacción ante ellos. Mientras pedia responsabilidades cuando estaba en la oposición, él ha optado por la fórmula faústica: perpetuarse en el poder como escudo frente a la justicia.
La llegada al poder, con partidos como Bildu herederos de ETA, el blindaje judicial de sus socios independentistas a cambio de votos, la reforma exprés del Código Penal para eliminar el delito de sedición… Todo ello configura un pacto con el diablo donde el precio no es el alma eterna, sino la dignidad institucional. Sánchez vende su alma a cambio de seguir siendo presidente, aunque para ello tenga que mirar hacia otro lado cuando los jueces señalan a los suyos.
El hedonismo del poder como sistema
El paralelismo con Dorian se completa al observar cómo Sánchez ha desplegado una administración del placer político: el placer del decreto, del indulto estratégico, de la comisión de investigación que nunca llega, del Consejo de Ministros que aprueba leyes por decreto pensadas más para la supervivencia que para el interés general. Este hedonismo del poder convierte la política en un ejercicio narcisista donde el presidente se convierte en el fin y no en el medio.
Como Dorian, que asesina al pintor Basil Hallward para ocultar el secreto de su retrato, Sánchez ha tenido que ir sacrificando a quienes algún día fueron cercanos: Ábalos, Cerdán, incluso algunos de sus propios ministros. El retrato envejece y se deforma con cada nuevo escándalo, pero el presidente sonríe impávido ante las cámaras, convencido de que su imagen pública todavía resiste.
El desenlace inevitable
En la novela de Wilde, el final es trágico pero justo: Dorian Gray, al intentar destruir el retrato que evidencia su degradación, se apuñala a sí mismo. El lienzo recupera su pureza original mientras el cuerpo del protagonista aparece envejecido y putrefacto, mostrando finalmente la verdad que había ocultado durante años.
Para Pedro Sánchez, el momento de la verdad llegará no cuando los jueces llamen a su puerta —quizás nunca lo hagan y si llega, ya se ha procurado brindarse con el tribunal constitucional — sino cuando la ciudadanía, fatigada por la evidencia de una corrupción sistemática y un presidente que antepone su permanencia a cualquier principio ético, decida mirar más allá del espejo. Entonces, como en la obra de Wilde, el retrato oculto en el desván de la impunidad se mostrará en toda su horrible verdad: un poder que envejeció manchado, sostenido por almas vendidas y una democracia que, por permitirlo, también habrá perdido la suya.








