El abogado marxista que nunca tolera la corrupción… excepto cuando toca defender al camarada

May 23, 2026

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Grotescas explicaciones de Sumar: Enrique Santiago avisa de que «nunca» tolerará la corrupción, pero defiende a Zapatero mientras fía su puesto en el Gobierno a los mismos jueces a los que llamó «basura».

El converso de última hora a la ética revolucionaria de saldo

Hay algo profundamente cómico —y a la vez patético— en ver a Enrique Santiago, ese abogado que ha hecho del fango jurídico una especialidad, disfrazarse de inquisidor moral. El hombre que es ‘amigo’ de los narcoterroristas de las FARC, que ha defendido a excomandantes bolivarianos y a dictadores con sonrisa de saldo, ahora se sube a la tribuna con el ceño fruncido y suelta: “Nunca toleraré la corrupción”. Lo dice con la misma solemnidad con la que un pirata jura no robar. El problema no es que mienta: es que se cree su propio cuento.

Zapatero, un «ayudante» con muy mala memoria

Según Santiago, José Luis Rodríguez Zapatero no hizo nada malo. Solo “pretendía ayudar a Venezuela”. Ah, claro. Igual que el zorro ayuda al gallinero a organizar su censo. El expresidente, ese mismo que nos regaló la reforma exprés del Código Penal para aforados, resulta que es un filántropo incomprendido. Lo que Santiago no explica —porque no le conviene— es cómo se compatibiliza esa “ayuda” con las decenas de indicios de corrupción, las comisiones, los contratos amañados y los vuelos de los chavistas con escala en la ética del PSOE.

El marxista que se agarra a la toga como un parásito a su huésped

Y aquí llega lo más delirante: Santiago amenaza con que su permanencia en el Ejecutivo depende de los jueces. O sea: el mismo que ha llamado “judicatura burguesa”, “lawfare” y “basura reaccionaria” al sistema judicial durante años, ahora resulta que los jueces son su tabla de salvación. La coherencia ideológica de este hombre es como un chicle usado: se estira, se retuerce, se vuelve a pegar, pero nunca sabe a nada limpio. Ahora los jueces molan. ¿Por qué? Porque le interesan. El marxismo de saldo es así: cuando la justicia condena a un banquero, es justicia popular; cuando condena a un amigo del Gobierno, es lawfare. Así de sencillo y así de miserable.

El arte de no dimitir por coherencia

¿Qué ha hecho Santiago en toda su trayectoria sino recoger las causas más podridas y vestirlas de ideología? Defendió a dictadores, sí. Defendió a chavistas. Y ahora defiende a un expresidente señalado por la trama venezolana. No es marxista: es un vividor de despacho caro que ha encontrado un nicho de mercado: los poderosos con mala fama y la izquierda con mala conciencia. Porque lo suyo no es la revolución: es el peloteo procesal. Su lema debería ser: “No hay corrupto tan podrido que no tenga una buena excusa, si la excusa la escribo yo”.

El doble rasero como doctrina oficial de Sumar

Mientras Santiago clama contra la corrupción en el PP (cosa que está muy bien, por cierto), es incapaz de aplicar el mismo rasero en su propio jardín. Y su jardín, casualmente, está lleno de macetas venezolanas, bancos rescatados y políticos con los deberes pendientes. La izquierda seria no tolera la corrupción en ningún sitio, ni siquiera en sus aliados de viaje. Pero Santiago no es izquierda seria: es un parche rojo sobre una herida amarilla. Un gerente de contradicciones. Un currante de la hipocresía militante.

El espectáculo del abogado de las causas perdidas… que nunca pierde un euro

Lo peor de todo es que Enrique Santiago ya no es el abogado de “las causas perdidas” por idealismo. Es el abogado de las causas perdidas… porque las causas ganadas dan menos notoriedad y menos honorarios. En su currículum vital no hay proletarios oprimidos; hay dictadores preocupados, políticos corruptos y gobiernos totalitarios necesitados de un abogado con pinta de revolucionario. Y mientras él pontifica sobre ética en la tele, su cuenta corriente sonríe con la misma picardía con la que él mira a la cámara y dice “nunca toleraré la corrupción”.

El desnudo final

El marxismo de Santiago es como una chaqueta de pana: vieja, sudada, agujereada y que solo se pone cuando toca aparentar coherencia ante las cámaras pero viviendo en un piso de un millón de euros. Pero al final, la realidad siempre le desnuda. Y hoy, vestido con las vergüenzas de Zapatero, el abogado de las causas perdidas vuelve a perder la única causa que valía la pena: la de su propia credibilidad. Porque cuando el inquisidor es el mismo que fabrica las excusas, la única corrupción que no ve es la que tiene al lado.

“Quien hace de la coartada su ideología, acaba creyéndose más sus propias mentiras que las verdades de los demás. El abogado que todo lo justifica termina siendo el peor acusado: el de haberse vendido por un escaño y media sonrisa. Al final, el marxista de saldo no pierde causas: pierde la dignidad, pero gana el despacho.”

Si Enrique Santiago dimite por coherencia, devolvemos este artículo, pagamos su máster en Ética Pública y le regalamos una chaqueta de pana nueva. Pero no se preocupen: podemos esperar sentados. Al fin y al cabo, la paciencia es hermana de la ironía, y la ironía, en este caso, es hermana gemela de la realidad.

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