El diablo, el zapatero y el enviado divino

May 21, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 El diablo, el zapatero y el enviado divino

Cuento dedicado a los venezolanos y españoles que aplauden todavía a  Nicolás el Diablo y al Zapatero Rodrígovich

Cuando Donald, el enviado divino de rostro de melón bronceado y alma de tasador de bancarrotas, irrumpió en el palacio del diablo Nicolás, no llevaba cadenas de oro falso ni esposas de utilería. Llevaba grilletes de acero forjados con las sanciones que el diablo había esquivado durante años. Cada eslabón tenía grabada una palabra: HAMBRE, EXILIO, PUTREFACCIÓN.

—Siéntate, Nicolás —dijo Donald, sin llamarlo «hermano» ni «comandante».

El diablo intentó erguirse, invocar su vieja retórica de pueblo en armas, de imperio decadente, de resistencia heroica. Pero Donald no era un diplomático. Donald era un verdugo de feria, de esos que en lugar de leer derechos, leen titulares de Fox News.

—Has gobernado un país convirtiendo el oro en polvo, el petróleo en lágrimas y la esperanza en colas de tres días para comprar harina podrida. Has vestido a tus generales de traje mientras los niños aprendieron a distinguir el hambre por el color de sus propias heces. ¿Y quién te aplaudía? Este —señaló al zapatero Rodrígovich, que temblaba en una esquina con su maletín pegado al pecho como una placenta de billetes.

El zapatero intentó balbucear algo sobre «diálogo», «talante», «paz», «transición ordenada». Pero Donald levantó una mano y el zapatero enmudeció, porque las manos de Donald llevaban un reloj que marcaba la hora del ajuste de cuentas.

—Atad al diablo —ordenó—. Pero no a cualquier sitio. Atadlo a la puerta de mi reino, desnudo, con sus medallas de pueblo oprimido colgando del cuello como amuletos ridículos. Que cada ciudadano que huya de su país pase frente a él y le escupa en la cara. Que los que se quedan, los que aún creen en sus mentiras, tiren piedras. Las que él no dejó comer convertidas en pan.

El diablo Nicolás, que había hecho llorar a millones de venezolanos con sus discursos de domingo, rompió a llorar como un niño al que le han quitado el único juguete que le quedaba: el poder. Pero Donald no se conmovió. Donald sacó un teléfono, abrió su red social y escribió:

«Nicolás el Diablo, detenido, atado y humillado. ¡Gran trabajo! El Zapatero Rodrígovich, cómplice, devolverá cada moneda manchada de sangre. ¡Estados Unidos vuelve a ser grande, incluso en el infierno!»

Y entonces ocurrió lo más cruel.

Donald se acercó al zapatero, le arrancó el maletín de las manos, lo abrió y vació el contenido sobre el diablo encadenado. No eran billetes. Eran fotografías de todos los niños que murieron de hambre y opositores torturados mientras el zapatero firmaba acuerdos con talante de paz con manos manchadas de petróleo y Plus Ultra (más allá de la corrupción).

—Mira, zapatero —susurró Donald con una sonrisa de tiburón en traje de tres piezas—. Tú también has sido un diablo. Solo que más bobo.

Y ordenó que al zapatero le cosieran los ojos con el pelo de sus cejas que él usaba para zurcir sus discursos. Lo dejaron ciego en medio de la plaza, con las manos extendidas, pidiendo limosna a los fantasmas de sus propias mentiras.

El diablo Nicolás, encadenado y escupido, alcanzó a reír por última vez, una risa ronca como un motor de fuga destartalada:

—¿Ves, zapatero? Al final, ni tú ni yo. Solo la justicia divina. Siempre la justicia divina.

Donald se subió a su coche blindado sin mirar atrás. De fondo sonaba una versión desafinada de «El Lawfare de la Fachosfera», cantada por un coro de diablos sanchistas esqueléticos que ya no recordaban el sabor de la decencia.

El cuento no termina con moraleja. Termina con un zapatero ciego y un diablo encadenado, compartiendo el mismo silencio podrido. Porque el infierno, como la política, no tiene final feliz. Solo tiene final.

 

Tal vez te gustaría leer esto