El líder de la oposición que no lidera ni una partida de parchís
Alberto Núñez Feijóo, ese espécimen de la nada política, se ha ganado a pulso el apodo de ‘hombre mantequilla’. No porque sea suave, sino porque a la mínima que el termómetro sube un grado, se convierte en un charco grasiento. Mientras Sánchez siembra caos a diestro y siniestro, Feijóo mira al techo y suspira. Es la oposición más patética desde la Transición. Un hombre que da vergüenza ajena cada vez que abre la boca para no decir absolutamente nada.
Sánchez: un kamikaze con diez frentes abiertos… y Feijóo en su casa viendo la tele
Pedro Sánchez es un desastre. Pelea con su partido, con sus ministros, con el Congreso (miente sobre sus ausencias), con los jueces (les llama golpistas) y con la prensa (cuando no le aplauden). Tiene más enemigos que un perro en una exposición felina. ¿Y Feijóo? Pues el gran líder de la derecha española se dedica a hacer declaraciones que parecen sobres de azúcar: insulsas, pequeñas y fácilmente desechables. Mientras Sánchez se desangra en diez frentes, Feijóo se limpia las gafas y dice «hay que ser constructivos». ¡Constructivo es el cimiento de un edificio, señor Feijóo, no un líder de la oposición!
La fiscalización de un eslógan
¿Labor fiscalizadora? La de Feijóo parece un simulacro de instituto. El hombre (por llamarlo de alguna forma) se cree que controlar al Gobierno es emitir una nota de prensa con tres bulos mal hilvanados. En lugar de aprovechar que Sánchez está débil como un esparadrapo mojado, Feijóo prefiere no mojarse él. Da pena verle en el Congreso: parece un becario que ha llegado por error a la sesión de control. Ni un dato, ni una propuesta, ni una amenaza creíble. Solo gestos de circunstancias y frases hechas que ni su madre se cree.
El miedo a la sombra (de su propio fracaso)
¿Por qué Feijóo no aprieta? Porque es un cobarde con patente de corso. Sabe que si realmente fiscalizara con dureza, se le caería la careta de ‘moderado sensato’ y quedaría al desnudo lo que es: un político sin ideas, sin equipo y sin coraje. Tiene miedo de que le llamen extremista, así que prefiere ser irrelevante. Esa es su gran estrategia: esperar a que Sánchez se suicide políticamente para llegar a La Moncloa sin hacer nada. Pero el problema es que mientras Feijóo espera, el país se va a la mierda. Y él, tan pancho.
El PP, un partido con líder de pega
El Partido Popular debería estar dando clases de oposición. En lugar de eso, ofrece un máster en cómo desaparecer del mapa mediático. Feijóo tiene el carisma de una vela apagada y la capacidad de reacción de un koala con insomnio. Cuando Sánchez tropieza (y tropieza cada semana), Feijóo no está ahí para darle la patada definitiva, sino para ofrecerle una mano y decirle «tranquilo, compañero». Es patético. Hasta Abascal, con toda su demagogia, le come la tostada en dureza dialéctica.
La mantequilla no sabe ni enfadarse
Lo más triste es ver a Feijóo intentar enfadarse. Parece un niño pequeño fingiendo que llora. Le falta sangre, le faltan eso que le cuelga entre las piernas, le falta todo. Sánchez insulta a la oposición, se salta el Congreso, protege a sus corruptos, y Feijóo responde con un «esto no me parece bien». ¡Pero quédate en tu casa entonces, hombre! Si no vas a pelear, dedícate a vender mantequilla en el mercado de Abastos. Al menos allí alguien te compraría por necesidad, no por respeto.
El epitafio de una oposición de besugos
Feijóo es el mejor aliado de Pedro Sánchez. Porque mientras Sánchez se equivoca a lo grande y se llena de casos de corrupción, Feijóo se encarga de que nadie le ponga en aprietos de verdad. La oposición española es una comparsa, un chiste mal contado, un esperpento. Y el ‘hombre mantequilla’ es su rey: blando, insípido, fácil de untar y que se derrite con el mínimo calor. Cuando la historia juzgue esta etapa, dirá que Sánchez gobernó sin oposición gracias a un señor gallego que confundió el escaño con una bañera de leche. Que asco, señor Feijóo. Que asco y que vergüenza.









