De tanto predicar la paz en los foros internacionales, el Gobierno ha perdido de vista la guerra silenciosa que desmantela el país: sanidad colapsada, infraestructuras en ruinas y una ciudadanía ahogada en impuestos mientras las subvenciones clientelares siguen a salvo
Hay guerras que duelen y guerras que convienen. Al menos, esa parece ser la máxima que rige la política exterior y doméstica del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Mientras el líder del Ejecutivo recorre los foros internacionales con la bandera de la paz ondeando en su pecho como si fuera un predicador laico, en el interior del país los cimientos saltan por los aires, aunque no por bombas, sino por la pura y simple dejadez.
Qué curioso resulta ver a Sánchez clamar contra el horror de la guerra en Irán o en Ucrania, con esa pose de estadista dolido que tan buenos réditos electorales le ha dado entre los votantes desilusionados. Porque admitámoslo: el “No a la guerra” se ha convertido en el mejor reclamo publicitario para tapar las grietas por las que se desangra la España real. Es el ardid perfecto, la cortina de humo más rentable. Mientras el presidente habla de paz, aquí dentro declaramos la guerra a los nuestros.
Una ruina con mantel de lino
¿Recursos para los españoles? Esos se los llevó la pandemia, o quizás el olvido. Las infraestructuras, antaño orgullo de un país desarrollado, parecen piezas de museo. Los trenes, esos que deberían ser la columna vertebral de la movilidad sostenible, navegan más cerca del desguace que de la alta velocidad. Las carreteras, llenas de baches y parches, nos devuelven a aquella España de los años 70, donde cruzar una autonomía era una aventura de riesgo. Somos, sin exageración, un país con pies de barro y vitrinas de cartón piedra.
Mientras tanto, la pobreza infantil se enquista en cifras que nos colocan en la vergonzosa cabeza de Europa. Pero no hay problema, porque los anuncios institucionales siguen llenos de buenos deseos. No hay dinero para curar el cáncer, al menos no el suficiente para acortar listas de espera que condenan a pacientes. No hay dinero para los enfermos de ELA, esos héroes olvidados que llevan años reclamando una ley que nunca llega porque «no hay presupuesto». Pero, ¡oh milagro de la ingeniería financiera!, cuando se trata de destinar fondos a otros fines, el dinero aparece como por ensalmo.
La solidaridad empieza (y termina) en el extranjero
Porque la prioridad, parece, está en otro lado. Lo importante no es arreglar los colegios o los centros de salud, sino garantizar que determinadas partidas crezcan con una generosidad inversamente proporcional a la que se aplica a los españoles de a pie.
Echemos un vistazo a las arcas. Mientras una familia espera dos años para una operación no urgente, el Gobierno destina millones a organismos internacionales y a países extranjeros con una alegría que contrasta con la tacañería mostrada en los pliegos de Sanidad. Las subvenciones a fundaciones afines, con frecuencia opacas, se cuentan por decenas de millones. Lo mismo ocurre con el reparto de fondos a determinadas entidades que ejercen como “sociedad civil organizada” pero que en la práctica funcionan como apéndices ideológicos del Ejecutivo.
Pero si hablamos de partidas intocables, hablemos de la madre del cordero: las subvenciones a los partidos políticos y a los medios de comunicación. Aquí sí que no hay crisis que valga. No importa que los españoles soporten la fiscalidad más alta de Europa —con el IRPF, el IVA y los impuestos especiales convertidos en una losa para autónomos y familias—, porque siempre hay dinero para el “favor”. Las televisiones públicas, convertidas en altavoces de la gesta presidencial, devoran presupuesto sin control de audiencia ni rendición de cuentas. Las ayudas millonarias a los grupos parlamentarios, a las fundaciones vinculadas a los partidos y a las productoras “amigas” siguen fluyendo como si la palabra “déficit” fuera un insulto en la Moncloa.
No, esto no es el café para todos. Esto es el café solo para unos pocos, y pagado con los impuestos de quienes cada mes ven cómo su nómina se encoge mientras los políticos deciden en qué gastarse el botín. Si se depurasen estas partidas —las subvenciones a entidades fantasma, los sobresueldos a asesores, los contratos a dedo en medios, los fondos para organizaciones extranjeras de dudosa utilidad para el español medio—, igual nos llevábamos una sorpresa. Quizás hasta sobraría para pagar menos impuestos. Pero eso, claro, rompería el relato.
La guerra que sí tiene presupuesto
Y si hablamos de prioridades en tiempos de “paz”, echemos un vistazo a la cartera de Defensa. El país vive en una prórroga presupuestaria perpetua, como un alma en pena. Pero para gastar 1.300 millones de euros en modernización militar y otros 1.000 millones en ayuda a Ucrania, ahí sí que las cuentas cuadran a la perfección. Resulta que para mandar armamento a medio mundo hay financiación inmediata, pero para reparar un quirófano en un centro de salud rural o para dar una ayuda digna a una familia sin recursos, las arcas están vacías.
No se trata de negar la solidaridad internacional. Se trata de aplicar una lógica elemental: si no hay recursos para quienes llevan décadas cotizando, si no hay recursos para la sanidad pública, si no hay recursos para la dependencia, ¿cómo es posible que sobre para todo lo demás con una generosidad inversamente proporcional a la distancia geográfica? Porque resulta que cuanto más lejos está el problema, más cerca está la chequera del Gobierno.
El recurso infalible
Luego, cuando la indignación empieza a hervir en las calles —porque los trenes descarrilan, las listas de espera se cronifican o la corrupción salpica a su partido—, Sánchez se sube a la tribuna para chillar contra la guerra de Irán. Es el recurso infalible: nada une más a la izquierda y desvía la atención de la opinión pública como un buen conflicto geopolítico. Es la manera de que los españoles olviden los casos que se acumulan en los juzgados mientras la Fiscalía General del Estado, ese departamento de “amigos de”, mira hacia otro lado.
Así las cosas, España entra en una dinámica de destrucción silenciosa. No es la guerra exterior la que nos amenaza, sino esta guerra fría contra el sentido común, contra la clase media, contra los enfermos, contra los mayores. Mientras el presidente viste de pacifista para la foto, su gestión diaria es la de un militarista que solo declara la paz para que no le pidan cuentas de la guerra que está librando contra el propio país.
Al final, el “No a la guerra” suena tan sincero como el “voy a bajar los impuestos” o el “la vivienda es un derecho”. Es un eslogan, un parche, una manera de seguir erre que erre. Porque lo que realmente le importa a Pedro Sánchez, a juzgar por los hechos (que son tozudos), no es ni la paz mundial ni el drama de los españoles de a pie. Lo único que tiene en la cabeza es cómo seguir subiendo la presión fiscal, cómo perpetuarse en el poder gracias a una red de subvenciones clientelares y cómo seguir moviendo los hilos para que, mientras Ucrania recibe misiles y los ayatolás siguen asesinando a su pueblo, España se desmorone en total silencio, ahogada en impuestos y en promesas rotas.
Porque, al fin y al cabo, para este Gobierno, la paz es solo el escenario. Y la guerra, el negocio de distraer al personal.
La coherencia de un gobernante no se mide por la firmeza con la que condena las guerras ajenas, sino por la forma en que administra la paz propia. Porque cuando la bandera de la paz ondea solo en las tribunas internacionales, mientras en casa se libra una batalla diaria contra la sanidad, la educación, la clase media y el sentido común, entonces aquella bandera no es más que un telón de humo bordado con los impuestos de quienes ya no saben si están pagando por vivir o por sobrevivir.









