Y aquí es donde la sátira se vuelve incómoda para ciertos sectores. Porque en la película, los de Nox no son exactamente los malos. Son, simplemente, un reflejo de lo que hay. Torrente se cuela en una manifestación de la formación, comienza a soltar su discurso habitual («¡A mí la legión!») y, para su sorpresa y la nuestra, la gente le aplaude. La gente le vota. La gente le aclama.
¿Qué está diciendo Segura aquí? Pues quizá algo tan simple como que el caldo de cultivo para según qué cosas no viene de Marte, sino de la propia calle. O quizá, simplemente, está haciendo un chiste fácil con el auge de la derecha. Pero el hecho de que el espectador salga del cine preguntándose si Torrente es la caricatura de Vox o Vox es la caricatura de Torrente es, sin duda, un logro.
La película es un auténtico desfile de tópicos para todos los gustos. Hay chistes de negros que harían sonrojarse a cualquier tertuliano de la Sexta. Hay chistes de moros que podrían costarle una denuncia a cualquiera en Twitter. Hay chistes de catalanes que son como un abrazo al alma de un madrileño castizo. Y lo mejor de todo es que, mientras la progresía se rasga las vestiduras, el público se parte la caja. Porque al final, y esto es lo que ellos no entienden, el humor popular siempre ha sido así. Incómodo, soez, incorrecto y profundamente democrático
El Reparto: Un Museo de Cera de la Fama y la Infamia
Pero donde la película se convierte en un auténtico acontecimiento sociológico es en su reparto. Santiago Segura ha conseguido lo imposible: reunir a más de sesenta rostros conocidos en lo que parece la boda del año de la España cañí. Y la selección es, cuando menos, reveladora.
Ahí está Pablo Motos, haciendo de sí mismo en El Hormiguero, ese programa que la izquierda mediática lleva años intentando derribar sin éxito. Ahí está Ana Rosa Quintana, la reina de las mañanas, a la que consideran poco menos que la jefa de la resistencia franquista. Carlos Herrera, el comunicador más escuchado del país, al que tratan como si fuera el abuelo de la ultraderecha. Jordi Évole, el ídolo de la progresía, prestando su imagen para la película de un facha. ¡Ay, Jordi, Jordi! El postureo tiene un límite, y ese límite es la taquilla.
Y luego están los casos más jugosos. Kevin Spacey, el actor caído en desgracia por el #MeToo, resucitado en España para interpretar al líder de los Illuminati. Porque, efectivamente, si hay un país donde los pecados de Hollywood se perdonan, ese es España. El Pequeño Nicolás, ese estafador de saldo que se convirtió en mito nacional, haciendo de sobrino listillo de Torrente. Porque, seamos sinceros, ¿quién mejor que un farsante convicto para interpretar a alguien que quiere ser presidente?
José Luis Moreno aparece también, que ya es como el mueble bar de las películas españolas: está en todas las casas y nadie sabe muy bien cómo ha llegado hasta allí. Y para rematar, Bertín Osborne interpretando a «Pedro Vilches», un presidente del Gobierno de ojos azules al que le gusta mirarse en el espejo. La parodia de Pedro Sánchez es tan obvia que duele. Y duele más porque la interpreta Bertín Osborne, un tipo que es todo lo que la izquierda detesta: cantante de rancheras, amigo de los toros, de la caza y con un yate.
Ahí está la clave. A la izquierda la interpretan actores (Berto Romero haciendo de errejonista, el personaje de Briantor de Cameponex parodiando a Pablo Echenique con chistes sobre su discapacidad incluidos). Pero a la derecha… a la derecha la interpretan ellos mismos. Mariano Rajoy aparece en persona. Sí, han leído bien. El expresidente del Gobierno, en carne y hueso, dándole consejos a Torrente sobre cómo ser un buen presidente. Y mientras el público ve a Rajoy y se ríe con él, en las butacas se oye un murmullo de admiración: «Mira, el tío se ríe de sí mismo, qué grande».
Eso, amigos, es lo que la izquierda nunca podrá comprar. Sentido del humor. Capacidad de reírse de uno mismo. Mientras ellos viven en la permanente indignación, en la queja constante y en la denuncia de que todo es una conspiración fascista, Rajoy se sienta en un plató de cine a hacer de sí mismo en una película de Torrente. Y el público, que no es tonto, lo aplaude.
La Izquierda, Según Torrente: Hipersensibilidad y Ganas de Llorar
Pero, sinceramente, lo mejor de la película no son los chistes, que los hay y buenos. Lo mejor es la reacción que está provocando en la izquierda antes incluso de que muchos la hayan visto. Porque la progresía cultural española se enfrenta a un dilema existencial con Torrente Presidente.
Por un lado, no pueden permitirse el lujo de alabar una película que se mofa de todo lo que ellos defienden: el feminismo, el antirracismo, la inclusividad, el lenguaje inclusivo, la memoria histórica, el colectivo LGTBI y, por supuesto, la clase política de izquierdas. Por otro lado, no pueden condenarla abiertamente porque saben que eso les haría parecer los «censores» que siempre dicen que no son. Así que optan por la vía cobarde: el silencio cómplice o la crítica tibia que habla de «matices» y «contexto».
Y mientras ellos se retuercen en sus butacas, incómodos, buscando el momento de salir al baño para no tener que reírse con según qué chistes, el resto de España se parte la caja. Porque al final, la película de Torrente no es más que un espejo. Un espejo deformante, sí, pero un espejo al fin y al cabo. Y lo que vemos reflejados no es solo a un fascista de barrio, sino a nosotros mismos. A nuestros vecinos. A nuestros políticos. A nuestros famosos. Y sí, también a nuestra izquierda, tan susceptible, tan ofendible, tan incapaz de entender que un chiste es solo un chiste.
El guion de Segura golpea con fuerza, sí. Pero donde golpea con más saña es en el retrato de la izquierda. La crítica hacia el socialismo es «feroz y no concede tregua ni oportunidades» . Y es que ver a un Torrente diciendo barbaridades y ganando votos mientras los políticos de izquierdas aparecen como narcisistas incompetentes, o directamente como bufones, es demasiado para los estómagos sensibles del progresismo.
Porque, seamos sinceros, ¿qué duele más? ¿Que un personaje ficticio y cutre te llame de todo, o que sus ocurrencias se parezcan peligrosamente a lo que muchos piensan en voz baja? Y ese es el verdadero misterio de Torrente. No es que sea de derechas o de izquierdas. Es que Torrente es lo que pasa cuando la política deja de ser un asunto serio y se convierte en un sainete. Y en ese sainete, queridos, todos tienen su papel.
La Conclusión Inevitable
Torrente Presidente no es solo una película. Es un test. Un test de intolerancia al humor, un medidor de la capacidad de autocrítica y un barómetro de la desconexión entre la España oficial y la España real.
La crítica especializada, esa que vive de subvenciones y de dar lecciones, ya ha comenzado a escribir sus análisis. Unos dicen que es una «gozosa parodia de la extrema derecha» . Otros, que la balanza se desequilibra y que la derecha tradicional sale mejor parada . Y los más valientes, los que se atreven a asomarse a la ventana sin miedo al qué dirán, simplemente escriben: «Ser español se parece bastante a verla y reírse con ella» .
Al final, lo único que importa es la taquilla. Y la taquilla habla. Más de un millón de euros en preventa. Gente haciendo cola. Risas. Y en las redes sociales, mientras tanto, los mismos de siempre llamando a boicotear la película, a denunciarla, a señalarla. Exactamente lo mismo que harían si la película fuera de derechas. O de izquierdas. O del centro. Porque su problema no es la política. Su problema es la risa. La risa libre, espontánea, sin manual de instrucciones.
Por eso, querido lector, corra al cine. Vaya a ver Torrente Presidente. No se la pierda. Y cuando esté en la sala, rodeado de desconocidos, riéndose a carcajadas de un chiste sobre un negro, un catalán y una feminista, mírelos. Mírelos bien. Porque esa, querido amigo, es la España que no sale en las encuestas del CIS. La España que ríe. La España que, pese a todo, sigue siendo libre. Al menos, hasta que alguien intente prohibir la próxima.
Y como bien reza la canción que suena en la película: «A la mierda el postureo, que viva el cachondeo». Amén.









