Hay derrotas políticas, hay batallas perdidas en los tribunales, y luego está lo de Fernando Grande-Marlaska, Juan Espadas y Sarah Santaolalla. Lo suyo no es una equivocación. Es un monumento al ridículo, un triple salto mortal sin red sobre una piscina vacía que ahora les deja en evidencia ante toda España. Porque cuando uno decide construir una causa de Estado sobre un forcejeo callejero, cuando moviliza al
Ministerio del Interior, a siete grupos parlamentarios y a media hemeroteca para linchar a un periodista, lo mínimo que debería hacer es asegurarse de que los vídeos no le desmientan. Y, sobre todo, de que la justicia no le termine llamando «señora, usted no tiene ni un rasguño objetivable».
Marlaska: El sheriff de opereta
El ministro del Interior, ese que no se entera de que hay mafias en el Estrecho, de que los narcos campan a sus anchas o de que la inseguridad ciudadana es una realidad cotidiana, de repente sintió una revelación mística. Algo terrible estaba ocurriendo en la «Casa de la Soberanía Nacional». Un peligro acechaba. Un «agitador» había osado acercarse a una colaboradora televisiva. Y Marlaska, con la misma diligencia que no aplica cuando le preguntan por el control de fronteras, reclamó «información urgente» para poner en marcha medidas «imprescindibles» .
Uno esperaba verle en helicóptero sobrevolando el Senado, o acordonando la Carrera de San Jerónimo con la UIP. Pero no. La «máxima preocupación» del ministro se limitaba a un señor con un micrófono al que, según las imágenes, estaban empujando y rodeando una turba de senadores y acompañantes. La escena es tan grotesca que hasta el propio Quiles podría sentirse halagado: hace falta ser muy poco útil para que el ministro del Interior te dedique su tiempo mientras los narcos descargan alijos en la playa. Pero claro, Marlaska no busca delincuentes. Busca titulares. Y en esta ocasión, el titular se le ha vuelto en contra.
Juan Espadas: El oportunismo que quemaba brujas sin esperar al juicio
El portavoz socialista en el Senado no podía faltar a la cita con la demagogia. Juan Espadas, ese hombre que en Andalucía no gana ni a las chapas, vio en el incidente la oportunidad de parecer firme y decidido. Su propuesta fue tan contundente como ridícula: declarar a Vito Quiles «persona non grata» en el Senado . Es decir, el PSOE pretendía expulsar moralmente a un periodista por hacer su trabajo, basándose en una denuncia que ni siquiera había sido admitida a trámite.
«Se ha ganado sobradamente ser persona non grata en el Senado», sentenció Espadas, que además afirmó haber sido testigo directo de cómo Quiles «hostigaba, acosaba y agredía físicamente» a Santaolalla y a varias senadoras . Lo que no aclaró el portavoz socialista es por qué, si fue testigo presencial de tan brutales agresiones, no llamó a la policía en ese mismo momento o no presentó su testimonio ante el juez. Suponemos que estaba demasiado ocupado preparando la declaración institucional y la foto de familia.
Sarah Santaolalla: De activista a víctima de sus propios vídeos
Si hay una protagonista indiscutible de este sainete, esa es Sarah Santaolalla. La colaboradora, que ha hecho del victimismo su principal recurso escénico, decidió que el 2 de marzo era el día perfecto para colgarse una medalla imaginaria. Salió de un acto feminista y, en lugar de empoderarse, se topó con un periodista. Y entonces ocurrió el milagro: Vito Quiles, que según sus denuncias la había agredido brutalmente, aparece en las imágenes a dos metros de distancia, sin tocarla, mientras ella está rodeada de un grupo de escoltas políticos que empujan y acorralan al comunicador .
Pero Santaolalla, que tiene el valor de publicar sus propias pruebas, colgó los vídeos convencida de que la apoyarían. Error. Las imágenes mostraban exactamente lo contrario: el único que forcejeaba para acercarse era Quiles, pero el único que recibía golpes y empujones también era él. Ella, protegida por su muralla humana, ni siquiera llegó a estar en peligro. Aún así, la activista se paseó por los platós con el brazo en cabestrillo, denunciando «terrorismo fascista» y «acoso machista» . Un ejercicio de teatro tan burdo que ni siquiera se molestó en comprobar si las lesiones eran visibles.
La justicia con ojos: La jueza desmonta el chiringuito
Y entonces llegó el momento de la verdad. La magistrada Sonia Agudo Torrijos, del Juzgado de Instrucción Número 53 de Madrid, dictó un auto que debería enmarcarse en la entrada de la sede del PSOE. La jueza, que evidentemente no vio los mismos vídeos que Marlaska, concluyó que los hechos denunciados no reunían los requisitos de «urgencia y gravedad» necesarios para limitar los derechos fundamentales del investigado. Es decir, que la orden de alejamiento que pedía Santaolalla con lágrimas en los platós se quedó en nada.
Pero hay más. La magistrada señala que, al ser ambos periodistas, las coincidencias en actos públicos «entran dentro de lo previsible». Vamos, que si no quieres que te pregunten, no salgas de un acto público. Y el remate final: las lesiones alegadas por Santaolalla son «muy leves» o directamente «no objetivables», y «no se puede establecer una relación causal clara entre los hechos denunciados y el cuadro de estrés o miedo que manifiesta la denunciante». Traducción: no hay ni un rasguño que justifique el cabestrillo, y el trauma psicológico no se sostiene ni con pegamento.
Vito Quiles contraataca: Demanda por falso testimonio
Mientras el tripartito del ridículo hacía sus cálculos, Vito Quiles decidió pasar al ataque. El periodista, que llegó a los juzgados con arañazos en la espalda, anunció una demanda contra Santaolalla por falso testimonio, difamación y calumnias. «Yo soy la víctima», sentenció, denunciando que se enfrenta a «una denuncia falsa flagrante, porque la denunciante me acusa de haberla agredido cuando toda España ha visto en un vídeo con hechos objetivos que yo no he agredido a nadie» .
Su abogado, Juan Gonzalo Ospina, ya ha anunciado que pedirá una indemnización «de magnitudes incalculables» por el daño causado y que solicitarán «que todo el peso de la ley caiga sobre aquellos que instrumentalizan la ley en contra de la búsqueda de la verdad» . Y mientras, Santaolalla intenta mantener el tipo asegurando que «no se ha negado la agresión» y que «ni siquiera se ha iniciado el procedimiento» . Pero claro, cuando la jueza dice que las lesiones no son objetivables y que no hay urgencia ni gravedad, negar la agresión es exactamente lo que ha hecho. Solo que con lenguaje jurídico y sin pestañear.
El nuevo ridículo: El PSOE denuncia a Quiles y el congreso le cita por hostigar y acosar a varias senadoras
Pero la creatividad del PSOE para acumular ridículos no tiene límites. Mientras la jueza desmontaba los cimientos de la denuncia de Santaolalla, los socialistas decidieron redoblar la apuesta con una iniciativa digna de estudio: presentar una denuncia contra Vito Quiles por «hostigar y acosar» a varias senadoras y a la propia tertuliana .
La escena, narrada por los propios denunciantes, tiene todos los ingredientes del esperpento. Según la senadora Rocío Briones, Quiles introdujo un teléfono móvil «a escasos centímetros» del rostro de Santaolalla «mientras profería declaraciones de contenido machista» . La situación, siempre según la versión socialista, alcanzó tal gravedad que varias senadoras tuvieron que rodear físicamente a Santaolalla para protegerla. Y aquí viene lo mejor: «La persecución continuó hasta la Plaza de la Marina, donde una persona vinculada a su entorno adoptó una actitud claramente intimidatoria y agredió a Sarah Santaolalla y a las senadoras» .
Es decir, la versión oficial del PSOE es que unas senadoras tuvieron que hacer de escudo humano porque un periodista con un móvil suponía una amenaza letal. Y que luego, en la Plaza de la Marina, apareció un misterioso agresor vinculado a Quiles (que ningún vídeo ha logrado captar) para rematar la faena. Si no fuera porque va a los tribunales, sería material de comedia.
El gobierno legisla sobre ficción, la justicia sobre realidad
Lo más grave de todo esto no es que Marlaska hiciera el ridículo. Tampoco que Espadas demostrara una vez más su nula capacidad de análisis. Ni siquiera que Santaolalla intentara colgarse una medalla de mártir con un brazo que, según la jueza, no tiene ni un morado. Lo grave es que el Gobierno de España, sus ministros y sus portavoces parlamentarios utilizaron el aparato del Estado para amplificar una denuncia falsa, para criminalizar a un periodista y para alimentar una narrativa de «violencia fascista» que los hechos y la justicia han desmentido por completo.
Marlaska decía que había que responder «con toda la fuerza de la ley» a la extrema derecha . Quizá debería empezar por aplicarla a quienes utilizan la ley para montar bulos y señalar enemigos políticos sin pruebas. Porque si la «preocupación máxima» del ministro del Interior es un forcejeo callejero que ni siquiera ha merecido una orden de alejamiento, que Dios nos pille confesados cuando alguien le pida que se preocupe por la seguridad de verdad.
Y mientras, Sarah Santaolalla, Juan Espadas, Fernando Grande-Marlaska y el PSOE pueden presumir de haber logrado algo que parecía imposible: unir a la audiencia, a la prensa y a la justicia en un mismo sentimiento. El ridículo.









