Érase una vez, en un país llamado Estafado, un presidente conocido por todos como Von Fraude. Estaba sentado en el trono del sillón de Mogolandia, y la verdad es que parecía más un muñeco de trapo relleno de serrín y pagarés de la timba que un jefe de Estado con dignidad. Gobernar era para él un misterio, pero la resistencia era su fuerte: su presidencia no era más que una anomalía política, un esperpento con patas que se sostenía por un equilibrio precario de traiciones, favores y alguna que otra maleta de billetes sin declarar.
A su izquierda, los herederos de aquellos terroristas que antes ponían bombas ahora le marcaban el paso. No con metralletas, sino con exigencias y recordatorios de rebajas penales a cambio de mantener la paz en su feudo. A su derecha, los golpistas caganets —siempre con la estelada en una mano y la mano tendida en la otra— le exigían peajes carísimos a cambio de una gobernabilidad prestada. Y en el horizonte sur, un país que guarda sus secretos más viles tiraba de la correa cada vez que quería un trozo de la geografía nacional o un gesto de sumisión en la política exterior. Von Fraude, obediente, movía la cola.
El inquilino de Mogolandia era, además, doctor de la falsía. Su tesis doctoral, un ladrillo de academicismo hueco y paja intelectual, estaba plagada de irregularidades y sospechas de copiar al vecino. Pero le servía para adornar un currículum que, por lo demás, apenas sostenía la biografía de un trepador con ínfulas. Sus méritos académicos, sin embargo, eran lo de menos. Lo realmente jugoso estaba en los turbios intereses de su entorno familiar: un ecosistema de negocios opacos donde su suegro, un empresario con la moral de un buitre y el olfato de un tiburón, le había subido al poder a costa de puro proxenetismo político.
Para gestionar el día a día de esa trama, Von Fraude contaba con una banda de fieles escuderos. Ahí estaban el Matón de Discotecas, un individuo de trato chabacano y pasado turbio; el Cerdón, siempre oliendo el dinero como si fuera trufa; y el Barriguitas, que se llevaba su comisión en cada contrato de mascarillas. Juntos formaban una suerte de banda de los choros, una cofradía de mangantes que campaban a sus anchas por los pasillos del poder, convencidos de que la justicia era un estorbo para los demás, una antigualla que solo perseguía a los pobres.
En un país serio, Von Fraude no solo hubiera sido apeado del sillón a patadas, sino que además estaría criando malvas en un cementerio municipal, olvidado hasta de sus acreedores. Pero Estafado, sumido en su eterna siesta de conformismo y sopor, lo mantenía ahí, como un guiñapo más en un panorama político que ya no distinguía la realidad de la peor de las farsas.
Y colorín colorado, este cuento no se ha acabado, porque mientras el personal ronca, el mangante sigue en la Moncloa, perdón, digo, en Mogolandia.









