Feijóo y Sánchez: la farsa del bipartidismo que agota a España

Feb 27, 2026

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El sistema de turnismo entre PP y PSOE ha muerto, pero ellos se empeñan en mantenerlo con respiración asistida. Mientras los ciudadanos sufren la precariedad y la corrupción, los dos líderes se enredan en una pelea de gallos que solo beneficia a la ultraderecha y al independentismo.

Hay algo profundamente patético en la imagen de Alberto Núñez Feijóo acusando a Pedro Sánchez de «fraude electoral» por lo de la amnistía. No porque el líder socialista no mereciera la acusación —que la merece, y con creces—, sino porque el jefe de la oposición pretende erigirse en adalid de la decencia democrática desde un partido que fue desalojado de la Moncloa por la Gürtel.

Bienvenidos al espectáculo del bipartidismo español, esa función de títeres donde los mismos muñecos con distintas caretas llevan décadas repartiéndose el pastel mientras el público —ese al que llaman «electorado»— asiste impotente a la representación.

El agotamiento de un modelo

Los datos no mienten: en las elecciones europeas de 2014, PP y PSOE sumaron por primera vez menos del 50% de los votos, perdiendo cinco millones de apoyos respecto a comicios anteriores. Aquello se interpretó como un correctivo pasajero, una especie de berrinche de los ciudadanos que volverían al redil cuando la economía remontara. Once años después, el panorama es todavía más desolador: el bipartidismo no se ha recuperado, sino que agoniza lentamente mientras sus dos únicos pacientes se enredan en una pelea de besugos que ignora los problemas reales de la gente.

Porque, examinemos qué ofrecen Sánchez y Feijóo más allá de la mutua descalificación. El primero gobierna gracias a una mayoría de geometría variable que incluye desde partidos que niegan la Constitución hasta formaciones que hace cuatro años consideraba «antidemocráticas». El segundo, mientras tanto, se ha pasado tres años prometiendo que «Sánchez se va» sin lograr articular una alternativa creíble que no dependa del favor de Vox, ese mismo partido al que sus barones territoriales besan el anillo para mantenerse en gobiernos autonómicos mientras la dirección nacional finge que Abascal es el diablo.

El baile de los hipócritas

Resulta especialmente divertido —si no fuera trágico— escuchar a Feijóo hablar de «lodazal» y de «agenda judicial insoportable». El líder popular se rasga las vestiduras por los casos de corrupción que afectan al entorno de Sánchez —Koldo García, Ábalos, el fiscal general—, pero guarda un silencio sepulcral cuando se trata de casos que afectan a su propio partido. «Para que haya corruptos, es imprescindible que haya corruptores y un sometimiento del poder político al económico», advierte un análisis reciente. Y tanto en el PP como en el PSOE, esa sumisión al poder económico es la única ideología que verdaderamente comparten.

Sánchez, por su parte, se defiende con el mantra de que «la corrupción cero no existe». Una declaración que debería helar la sangre a cualquiera que aún crea que la política puede ser algo más que la gestión de lo inevitable. La izquierda —si es que el PSOE sigue siendo izquierda— no puede conformarse con ese cinismo. Como le recordó Gabriel Rufián al presidente, «la izquierda no puede robar». Pero en el universo bipartidista, esas sutilezas éticas importan poco: lo relevante es mantenerse en el poder, aunque sea a costa de pactar con quien sea o de mirar hacia otro lado cuando los amigos del partido se enriquecen con mordidas.

La farsa de la alternancia

Quizá lo más grave del actual espectáculo es que ya ni siquiera funciona la promesa implícita del bipartidismo: la alternancia como garantía de cambio. Una parte creciente del electorado conservador sospecha que, si Feijóo llegara a gobernar, sus políticas no diferirían sustancialmente de las de Sánchez en lo fundamental. Continuismo atenuado en materia territorial, misma sumisión a Bruselas, idéntica incapacidad para abordar los problemas estructurales del país: la vivienda, la precariedad laboral, el colapso de la sanidad pública, la España vaciada.

Esta percepción de que todo sigue igual esté quien esté está alimentando el descontento por los flancos más extremos. Vox capitaliza el enfado de quienes se sienten perdedores del sistema y han comprendido que ni PP ni PSOE van a resolver sus problemas. No es casualidad que los de Abascal hayan dejado de ser un partido de señoritos para permear en capas populares, utilizando un discurso antiélites que los dos grandes partidos han abandonado por completo. Cuando Abascal define a Sánchez como «una amenaza para España» y a Feijóo como «el problema para no poder derrotar a esa amenaza», está expresando con crudeza lo que muchos ciudadanos sienten: que la alternancia entre los dos grandes es una ficción .

La herencia del 78

Este empate catastrófico entre los dos pilares del régimen nos retrotrae a los peores momentos de nuestra historia. Hay quien ha establecido paralelismos entre la situación actual y la Restauración borbónica del siglo XIX, cuando el turnismo entre conservadores y liberales encubría un sistema profundamente corrupto y caciquil. Entonces, como ahora, la alternancia era una farsa, la democracia más aparente que real, y los problemas de la gente se resolvían en los despachos mediante el reparto de prebendas.

La diferencia es que aquel sistema duró décadas hasta que colapsó estrepitosamente. El actual muestra síntomas de descomposición acelerada. Feijóo lleva meses intentando presentarse como la solución mientras su partido sufre una crisis de identidad profunda, sin un relato que vaya más allá de la «gestión» y con una incapacidad manifiesta para conectar con los jóvenes, criados en la precariedad y la desesperanza. Sánchez, por su parte, se aferra al poder con una mayoría imposible, gobernando más para resistir que para transformar, mientras sus antiguos socios de Podemos le recuerdan que el bipartidismo «no sirve para resolver los problemas de España».

La ciudadanía, única víctima

Mientras los dos líderes se enredan en disputas sobre quién mintió más sobre la amnistía, quién tiene más imputados en su entorno o quién pacta con quién, los problemas cotidianos de la gente siguen sin abordarse. El precio de la vivienda se ha convertido en una barrera generacional. Los salarios continúan estancados. La sanidad pública se desmorona. La educación depende más del código postal que del esfuerzo. Y el futuro se presenta como una amenaza, no como una promesa.

Pero ni Sánchez ni Feijóo parecen tener respuestas para esto. El primero se refugia en la geometría variable parlamentaria y en los titulares internacionales. El segundo, en una oposición que consiste básicamente en repetir «váyase, señor Sánchez» mientras evita pronunciarse sobre los recortes que aplican sus barones o sobre los pactos con Vox que le permiten mantenerse en las autonomías.

La estafa del bipartidismo no consiste en que PP y PSOE sean iguales —que no lo son, al menos en sus formas y en algunos de sus votantes—, sino en que han construido un sistema que les permite alternarse en el poder sin que nada cambie verdaderamente. Un sistema donde la corrupción se persigue o se oculta según quien gobierne. Donde la regeneración democrática es una palabra hueca que se usa en los mítines y se olvida al día siguiente. Donde los ciudadanos son convocados a las urnas cada cuatro años para elegir entre lo mismo y lo mismo, con la única diferencia de que las siglas cambian de orden.

El hartazgo organizado

El enfado antisistema que hoy acorrala a Feijóo y del que Sánchez intenta desmarcarse con operaciones de maquillaje no es una moda pasajera. Es la constatación de que el régimen político surgido de la Transición ha agotado su capacidad para dar respuestas a una sociedad que ya no se reconoce en sus representantes. La abstención, el voto a los extremos, la desafección generalizada, son síntomas de una enfermedad que los dos grandes partidos se niegan a diagnosticar.

Mientras sigan enredados en su pelea de gallos, mientras sigan utilizando las instituciones como botín, mientras sigan considerando que el país es su cortijo, la brecha entre la ciudadanía y la clase política no hará sino ensancharse. Y llegará un momento, quizá no tan lejano, en que esa brecha se trague a todos. Incluidos ellos.

Porque, como advierte un reciente análisis, «el bipartidismo, al alimón, tiene parte de responsabilidad en lo que ocurre: el relato triunfalista de Sánchez en lo económico no será tan cierto para muchos hogares cuando Feijóo —que encarna la alternativa— está hoy acorralado por el malestar de aquellos ciudadanos a quienes el supuesto ‘cohete económico’ no les está llegando». Y mientras tanto, los dos líderes siguen representando su función, ajenos a que el público ya está abandonando la sala.

La estafa bipartidista tiene los días contados. El problema es que todavía no sabemos cuando y qué vendrá después.

 

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