Si la noticia publicada por los medios de comunicación es cierta —y todo apunta a que lo es—, estamos ante el esperpento más bochornoso de la historia de la democracia española. Mientras 45 familias lloran a sus muertos, dos ministros del Gobierno de España se enzarzan como chiquillos en un patio de colegio, filtrando basura a la prensa para ver quién lava antes su imagen. Pero no nos engañemos: esto no es una simple pelea de egos. Esto es un ENCUBRIMIENTO EN DIRECTO. Esto es un gobierno que, ante la mayor tragedia ferroviaria en décadas, ha decidido que lo prioritario no es saber qué pasó, sino TAPAR SUS PROPIAS VERGÜENZAS a costa de lo que sea. Incluso a costa de que los restos del tren, las PRUEBAS CLAVE, desaparezcan como por arte de magia.
Vamos a poner las cartas sobre la mesa, porque la situación es tan grave que debería provocar no solo la dimisión de los dos ministros implicados, sino una moción de censura. El guion es sencillo y asquerosamente previsible:
El 18 de enero, un tren descarrila en Adamuz. 45 personas mueren. Más de cien heridos. Dolor. Luto. Consternación. Y entonces, cuando los focos de la prensa se apartan y las familias comienzan su particular vía crucis, empieza el segundo accidente: el de la VERGÜENZA institucional.
Resulta, según las filtraciones, que la Guardia Civil (dependiente de Marlaska) advirtió a Adif y a Transportes (dependientes de Puente) de que NO SE TOCARA NADA. Que los raíles, las soldaduras, los restos del tren, son piezas clave para la investigación. ¿Y qué hace el equipo del ministro Puente? Pues mira por dónde, en un alarde de eficacia sospechosa, deciden que es mejor levantar las pruebas y llevárselas a una base. ¿La excusa? Que estaban «a la intemperie», «sin precintar» y «abandonadas» .
¡Ah, claro! O sea, que mientras Interior dice que había advertencias de no tocar, desde Transportes acusan a Interior de dejar las pruebas tiradas como si fueran escombros. Es el cuento de la buena pipa llevado al extremo: «Yo no fui, tú dejaste la puerta abierta». Pero lo que subyace es mucho más turbio: si las pruebas han sido retiradas sin el control de la autoridad judicial ni de la comisión de investigación, ¿qué garantías tenemos de que no se han manipulado? ¿Qué garantías tenemos de que las soldaduras que ahora están en un almacén de Adif son las mismas que estaban en la vía? ¿Qué garantías tenemos de que alguien, con muy mala intención, no ha aprovechado el caos para hacer desaparecer la prueba del crimen?
Y mientras tanto, el ministro Puente, en lugar de dar la cara y explicar por qué sus subordinados desobedecieron las instrucciones de la Guardia Civil, se dedica a lo que mejor sabe hacer: dar la brasa en redes sociales, publicar informes sesgados y acusar a la «fachobulosfera» de difundir mentiras . ¿Pero qué credibilidad puede tener un ministro que, cuando se le pregunta por el estado de las vías, admite que hay raíles con soldaduras de 1989 y de 2023 conviviendo en la misma línea? . ¡Claro, como si eso no fuera una bomba de relojería!
Del otro lado, tenemos a Marlaska. El mismo que, según el PP, impidió que la Policía Nacional auxiliara a los heridos en los primeros momentos del rescate . El mismo que ahora, a través de sus filtraciones, intenta desviar el foco hacia Puente para que no se hable de la presunta descoordinación inicial. ¿Y saben qué es lo más grave? Que probablemente ambos tengan razón en sus recriminaciones, pero la única verdad es que ninguno de los dos está haciendo su trabajo: GARANTIZAR QUE SE HAGA JUSTICIA.
Este gobierno, liderado por un Pedro Sánchez que brilla por su ausencia en esta crisis, ha demostrado una vez más que la política de gestos y titulares se impone a la gestión de lo público. Mientras los ministros se lanzan los trastos a la cabeza a través de medios afines, las familias de las víctimas siguen sin respuestas. Y no las tendrán. Porque cuando la lucha partidista se impone a la búsqueda de la verdad, la verdad siempre acabe enterrada bajo los escombros de la incompetencia y la mala fe.
Lo peor de todo es la sensación de indefensión que esto genera en la ciudadanía. Si ni siquiera en una tragedia nacional son capaces de coordinarse; si mientras unos dicen «no toquéis», otros tocan y trastean; si mientras unos filtran que la culpa es del otro, el otro filtra que la culpa es del de más allá… ¿cómo vamos a confiar en que la investigación será limpia, transparente y objetiva?
No nos engañemos: esto ya no es una bronca política. Esto es un posible delito. Obstaculizar la acción de la justicia, manipular la escena de un crimen (porque un accidente con 45 muertos es, judicialmente, una escena del crimen) y poner en riesgo el esclarecimiento de los hechos debería tener consecuencias penales. Pero en este país, los ministros son intocables. Se pelean, se insultan, se filtran basura, y al final, todo queda en casa. Mientras, los muertos, al hoyo.
La pregunta es sencilla y directa: ¿qué están escondiendo? ¿Por qué las prisas por retirar los restos? ¿Por qué la falta de coordinación? ¿Por qué las filtraciones contradictorias? ¿Miedo a que aparezca una soldadura podrida de los años 80 que demuestre que la falta de inversión en mantenimiento es la verdadera responsable? ¿Miedo a que se demuestre que el rescate fue un caos y que se pudieron salvar vidas si la policía hubiera actuado antes?
El espectáculo es bochornoso. Y mientras Marlaska y Puente se enzarzan, el gobierno hace oídos sordos. Pero la sociedad no es tonta. Sabemos que cuando un gobierno se preocupa más por controlar el relato que por esclarecer la verdad, es porque la verdad les incrimina. Exigimos responsabilidades. Exigimos dimisiones. Exigimos que la justicia actúe con independencia y que, si hay responsables políticos, paguen por ello. Porque 45 muertos no merecen ser el telón de fondo de una pelea de gallos en el Consejo de Ministros.
Señores Marlaska y Puente: si tienen vergüenza, dimitan. Y si no la tienen, que los echen. Porque gobernar no es echarse los trastos a la cabeza mientras el país se quema. Gobernar es asumir responsabilidades. Y aquí, señores, las responsabilidades son enormes. Y ustedes, sencillamente, no están a la altura. Ninguno de los dos.









