«Yo sí te creo hermana»: El milagro laico que se desvanece ante el altar del poder

Feb 19, 2026

Sucesos España - Portada 5 OPINIÓN 5 «Yo sí te creo hermana»: El milagro laico que se desvanece ante el altar del poder

Las células grises de un ciudadano perplejo

Desde que el mundo es mundo, la humanidad se ha enfrentado a enigmas capaces de descoyuntar el intelecto: ¿Quién construyó realmente las pirámides? ¿Fue primero el huevo o la gallina? ¿Existe vida inteligente en la política española? Sin embargo, en las últimas semanas, mis neuronas, obligadas a hacer un sobreesfuerzo dignas de un crossfit mental, se enfrentan al misterio más insondable de la termodinámica social contemporánea: ¿dónde diablos queda el «yo sí te creo hermana» cuando el acusado responde al alias de «el DAO»?

Observo el panorama con la perplejidad de un astronauta al que se le ha olvidado la nave. Por un lado, tenemos una acusación grave, de esas que, según el catecismo del progresismo imperante, debería hacer temblar los cimientos del Estado y activar todos los protocolos de la Santa Inquisición Feminista. Y por el otro, tenemos al presunto responsable, que, lejos de disfrutar de una suite con vistas en el calabozo local, sigue campando a sus anchas, eso sí, con la dimisión bajo el brazo y, por si acaso, con escolta y coche oficial pagado por todos nosotros. Porque dimitir está muy feo, pero renunciar a las prebendas del cargo sería de mala educación.

Bienvenidas al gran milagro de la doble vara de medir. Un instrumento de precisión ideológica capaz de convertir la sólida roca de la sororidad en un fino papel de fumar que se desintegra al primer contacto con el poder.

Vivimos en la era del «yo sí te creo». Una era maravillosa, un acto de fe laico donde la palabra de una mujer es un escudo y una espada, capaz de derribar gobiernos, carreras y la tranquilidad de cualquier «hijo de vecino» que ose tener una afiliación política equivocada. Hemos visto cómo el mecanismo se activa con la precisión de un reloj suizo: denuncia, detención, y a disposición judicial. Y no importa si luego la denuncia se desinfla; para entonces, el escarnio público ya ha hecho su agosto y el linchamiento mediático ha sido un éxito de audiencia.

Pero he aquí que la vara de medir, ¡oh, misterio!, se ha extraviado en los pasillos del poder. Se nos pide un acto de fe ciega, pero cuando el presunto es un pez gordo, un «DAO» con carné y contactos, la fe se transmuta en una duda metódica y cartesiana digna del mejor filósofo. «Habrá que investigar, no seamos precipitados», «hay que esperar a las pruebas», «nosotros no sabíamos nada». Es decir, lo que viene siendo un: «A ti, hermana, no te creo una mierda, no sea que me compliques la tarde y me desbarates el relato».

Y entonces, mis queridas células grises, surge la pregunta que quema: ¿Dónde están las hordas? ¿Dónde están esas mareas moradas que, con la furia de mil soles, toman las calles cuando el gobierno es de derechas? ¿Dónde están los comunicados urgentes, los lazos en las solapas, los programas especiales en las televisiones públicas, las columnas de opinión encendidas? Si el presunto acusado llevara en la solapa un clavel o una bandera de España (según les convenga), las calles serían un hervidero de pancartas denunciando el patriarcado. Pero como el escenario cambia y el acusado viste de «progre» y tiene el carné en regla, el silencio es tan ensordecedor que hasta los peces se tapan los oídos con las aletas.

La conclusión es tan simple como indignante: el «yo sí te creo» no es un principio, es un arma arrojadiza. Un instrumento político que se esgrime con fervor contra el adversario y se guarda en el funda cuando el incómodo es un compañero de viaje. La sororidad, ese hermoso concepto de hermandad entre mujeres, se convierte en una membrecía de club selecto con cláusulas en letra pequeña: «Solo válida para víctimas cuyos agresores sean de derechas o, en su defecto, resulten incómodos para nuestra causa. Queda excluida cualquier denuncia que pueda salpicar a un miembro de la tribu».

Así que, mientras la justicia (esa que, según nos venden, es igual para todos, pero que todos sabemos que es más igual para unos que para otros) decide si mueve ficha, aquí seguimos, esperando. Esperando que las que siempre claman contra la violencia machista expliquen por qué esta vez no claman. Esperando que nos aclaren si el «yo sí te creo» tiene una letra pequeña que rece: «*Sujeto a condiciones. Consulte con su estructura de partido antes de creer».

Porque al final, la lección es clara: el poder todo lo corrompe, incluso la fe. Y la víctima se queda sola, con su acusación grave y una pregunta resonando en el vacío: ¿de qué sirve que «me crean» si al final, al que protegen es a él? El misterio, queridas células grises, no es quién construyó las pirámides. El misterio es cómo se las apaña el poder para hacer desaparecer la sororidad sin que nadie pida explicaciones.

 

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